Portada » Filosofía » Platón y Aristóteles en el Siglo XXI: Reflexiones sobre Democracia, Ética y Tecnología
Aristóteles nos dice que somos animales políticos, es decir, seres vivientes de la polis donde podemos desarrollarnos plenamente, por lo que se necesita un buen sistema político. Somos animales sociables por naturaleza y usamos el logos para definir lo justo, lo injusto, el bien y el mal.
Platón, por su parte, critica la democracia porque se basa en la opinión (doxa) y no en el conocimiento verdadero (episteme). En un mundo sobrecargado de información y redes sociales, donde la opinión se propaga rápido y puede manipular al pueblo, surge la siguiente pregunta:
En esta disertación, se analiza cómo la opinión, la desinformación y la política actual afectan a la justicia en la democracia, y cómo podemos proteger la verdad.
Para Platón, la democracia deja de ser justa cuando la opinión pública se manipula, como ocurría en Atenas con los sofistas. Solo los filósofos-reyes, guiados por la razón y el conocimiento verdadero, podrían garantizar decisiones justas. Está claro que la manipulación de la opinión genera injusticia porque se basa en persuasión y emociones, no en conocimiento. Actualmente, vivimos rodeados de sobreinformación y fake news, lo que hace que la doxa domine.
Aristóteles recuerda que somos seres sociales y que nuestra capacidad de razonar nos permite vivir bien y dialogar sobre lo justo y lo injusto. La democracia funciona solo si los ciudadanos desarrollan su pensamiento crítico y los gobernantes ponen como prioridad al pueblo. Si los ciudadanos se dejan llevar por la manipulación mediática o la sobreinformación, se pierde la democracia y se genera un ámbito injusto y muchas veces hostil.
Hemos visto cómo muchos políticos no actúan con virtud y se dejan llevar por la ambición, con ejemplos tan claros como la corrupción o la dictadura. Platón y Aristóteles estarían enfadados con esos sistemas que carecen de un equilibrio virtuoso.
No se puede prohibir la libertad de expresión, pero sí podemos proteger la verdad, aunque cueste. Debemos informarnos en artículos fiables, en libros y, si es posible, en la experiencia de quienes conocen un tema. Pues la experiencia hace al sabio, y solo así podemos equilibrar la opinión y el conocimiento. La educación y el pensamiento crítico son herramientas importantes para que cada ciudadano pueda diferenciar entre lo que es opinión y lo que es conocimiento.
La democracia solo será justa si los ciudadanos desarrollan este juicio crítico y los gobernantes actúan con razón, virtud y con la idea de que ellos fueron gobernados una vez, para que no se dejen llevar por la ambición. La democracia pierde su justicia cuando está dominada por la doxa, ya nos lo advertía Platón. Para mantener una democracia justa y sólida, es necesario fomentar el pensamiento crítico, la información fiable y la virtud en los gobernantes, equilibrando opinión y conocimiento objetivo. Esta es la única manera de reconocer la manipulación de la opinión pública y garantizar decisiones justas para todos.
Platón defiende la educación (paideia) como base para formar ciudadanos y gobernantes justos y virtuosos. Aristóteles afirma que somos zoon politikón, seres sociales que razonamos sobre lo justo y lo injusto. En la actualidad, con tanta sobreinformación, manipulación mediática e ideológica, surge una pregunta importante:
Platón afirma que la educación debía guiar el alma hacia el bien y la verdad, evitando que el ciudadano se dejara llevar por la opinión o la manipulación. Si esta falla, la ciudad queda dominada por la doxa y se pierde la justicia. Para Platón, un ciudadano sin pensamiento crítico es fácil de manipular. Esto se nos muestra en su famoso mito de la caverna, que explica cómo las personas del fondo de la caverna piensan que la realidad son las sombras que ven, cuando estas están siendo manipuladas por otros.
Aristóteles dice que somos animales sociales por naturaleza porque nacemos viviendo en sociedad y desarrollamos el logos, la capacidad de hablar sobre lo justo e injusto. Para él, la educación es necesaria para formar ciudadanos virtuosos capaces de convivir de forma justa en la ciudad (polis), sin creernos mejores ni peores que nadie. Si no nos enseñan a razonar ni a desarrollar un juicio, la sociedad entenderá las opiniones como la verdad absoluta.
Hemos tenido la oportunidad de educarnos gracias al sistema educativo. Pero surge la duda: ¿nos enseñan a desarrollar nuestro pensamiento crítico o nos adoctrinan según sus ideologías? Hay que tener en cuenta que es difícil no persuadir al otro cuando se trata un tema mediático, porque todos tenemos opiniones diferentes. Ya Aristóteles hablaba de que es totalmente natural y humano el querer convencer.
Sin embargo, en el ámbito de una clase (profesor y alumno), normalmente, el profesor conoce más y muchas veces termina persuadiendo con su opinión sin explicar primero los hechos objetivos. Pese a que esta conducta sea natural, puede limitar el pensamiento crítico del alumno y acabar siendo «un esclavo de la sociedad». Los profesores deberían aprender a evitar persuadir y a informar de forma objetiva. Por ejemplo, en temas políticos, no hace falta que nos digan qué bando es mejor o peor, sino cuál es el objetivo real de cada uno, y a partir de ahí, que cada uno desarrolle su opinión personal.
Hoy la manipulación de información está a la orden del día por una simple razón: controlar al rebaño. Por eso la escuela debe enseñarnos a contrastar, analizar y pensar por nosotros mismos.
Tanto Platón como Aristóteles coinciden en que la educación es esencial para formar ciudadanos capaces de vivir en una comunidad justa. De todo lo anterior se sigue que la escuela debe centrarse en enseñar pensamiento crítico, objetividad y razonamiento, no en transmitir opiniones interesadas. Solo así podremos resistir la manipulación mediática y convertirnos en ciudadanos responsables, capaces de entender el mundo en lugar de repetir lo que otros quieren que pensemos.
Aristóteles afirma que el ser humano es zoon politikón, un animal político y social por naturaleza. Solo en la polis podemos desarrollarnos plenamente y alcanzar la felicidad. Esta idea sigue siendo relevante hoy, en un mundo donde el individualismo está en auge y muchas personas recurren al aislamiento.
En esta disertación se analiza la visión aristotélica sobre la vida en comunidad y se reflexiona sobre cómo equilibrar la libertad individual y la responsabilidad colectiva en la sociedad actual.
Aristóteles sostiene que “es más importante la ciudad que el individuo”, no porque nos considere inútiles, sino porque sin sociedad no hay desarrollo evolutivo. La polis (ciudad) es el lugar donde aprendemos a vivir bien, donde usamos la razón para distinguir lo justo de lo injusto y donde desarrollamos nuestras virtudes. Para este filósofo, la felicidad depende de la convivencia en la comunidad, no de aislarnos o de vivir centrados únicamente en nosotros mismos.
Estoy de acuerdo con Aristóteles en que necesitamos de los demás para evolucionar como individuos. Pero hoy en día, muchos recurren al aislamiento temporal. Debemos buscar el origen de estos aislamientos: sus causas pueden ser traumas sociales, depresión, ansiedad, estrés crónico o simplemente una ideología más individualista basada en el “yo puedo solo”. Sea lo que sea, es peligroso, porque estamos negando nuestra naturaleza humana.
No me refiero a que no podamos aislarnos unos días, pues es normal que el cuerpo pida un descanso en esta sociedad acelerada y llena de estímulos. Pero cuando se convierte en hábito, hay que buscar una solución. Estudios científicos señalan que el aislamiento crónico aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo 2, depresión, ansiedad y deterioro cognitivo como la demencia. También afecta la memoria, la concentración y la capacidad de resolver problemas.
El individuo es libre por sí mismo y puede encontrar la felicidad realizando la actividad que le es propia, igual que el músico es feliz tocando su instrumento. Pero a nivel colectivo debemos actuar sin creernos mejor ni peor que nadie. Aristóteles defiende que la virtud consiste en un término medio (mesótes), un equilibrio entre extremos viciosos. Entre ser borde y adular, existe la amabilidad. Lo mismo ocurre con la vida en sociedad: ni aislamiento total ni dependencia absoluta. Por lo que el equilibrio entre la libertad individual y la responsabilidad colectiva se encuentra en esa virtud en término medio.
La vida humana es social y la felicidad solo puede desarrollarse plenamente en comunidad. El individualismo extremo o el aislamiento habitual van contra nuestra propia naturaleza y perjudican tanto al individuo como a la sociedad. La clave está en encontrar un término medio: ser libres para desarrollar lo que nos hace felices, pero manteniendo vínculos sanos y cercanos con los demás para el progreso tanto social como individual.
Aristóteles defendía que la felicidad (eudaimonía) consiste en vivir conforme a la razón y ejercer la actividad que nos es propia. Sin embargo, actualmente vivimos en una sociedad tecnificada donde las pantallas y el bienestar digital ocupan gran parte de nuestro tiempo. Esto me hace preguntarme lo siguiente:
Para Aristóteles, la felicidad se trata de realizar aquello que nos perfecciona como seres humanos. Igual que el músico encuentra su felicidad tocando su instrumento, nosotros alcanzamos la eudaimonía cuando desarrollamos nuestras capacidades racionales y nuestras virtudes. La felicidad, por tanto, es una forma de vivir que exige práctica y reflexión.
Creo que hoy mucha gente ha sustituido accidentalmente la vida virtuosa por el bienestar digital. No hace falta separar una cosa de la otra, porque la tecnología puede ser útil si se usa bien. El problema es que cada vez más vemos a personas que no saben cuál es el sentido de su vida, qué les da felicidad… En definitiva, se sienten perdidos. Esto se debe a la sobreestimulación: ya casi no podemos ver un vídeo de quince segundos sin adelantarlo.
Esta «dopamina rápida» que nos dan los móviles nos está quitando la paciencia, el aburrimiento y la capacidad de pensar con claridad. El aburrimiento, que antes ayudaba a la creatividad y a la introspección, ahora parece inviable porque hemos caído en esta «droga» digital. Si vivimos pegados al móvil, no desarrollamos la felicidad aristotélica, porque no sabemos cuál es nuestra actividad propia ni tenemos tiempo para reflexionar. Esto explica por qué muchas personas se sienten perdidas, desmotivadas o infelices.
No digo que se deba eliminar la tecnología, sino que debemos usarla de forma responsable y consciente sin que sustituya nuestra vida personal. Si queremos sentirnos felices de verdad, debemos dedicar tiempo a descubrir qué actividad nos hace sentir bien, qué nos da sentido y qué habilidades queremos desarrollar. La dopamina rápida del móvil es un círculo vicioso que esclaviza, y al final nos aleja de la verdadera eudaimonía. La tecnología puede acompañarnos, pero no puede darnos el sentido de nuestra vida.
Aristóteles entendería que la tecnología puede aportar comodidad, pero nunca sustituir la felicidad auténtica. De todo lo anterior se sigue que la verdadera felicidad requiere equilibrio: usar la tecnología sin dejar que controle nuestra vida, y dedicar tiempo a desarrollar nuestras capacidades racionales. Solo así podemos encontrar sentido en una sociedad tecnificada y vivir una vida que realmente nos haga felices.
Platón defendía que debían gobernar los filósofos-reyes, pues solo quienes conocen el Bien pueden actuar con justicia. Aristóteles, en cambio, valoraba que los gobernantes representaran a la comunidad y buscaran el bien común. En la actualidad surge un debate parecido:
En esta disertación se analizan ambas posturas y se plantea quién debería gobernar hoy en día.
Platón pensaba que la política debía estar en manos de quienes conocen la Idea del Bien. El filósofo-rey no se deja llevar por la ambición y gobierna según la razón. Para él, los sistemas que dependen de la opinión, como la democracia, son injustos, porque la gente puede ser manipulada con facilidad. Un gobernante sin sabiduría actúa según intereses personales y no según lo justo.
Aristóteles, aunque también reconoce la importancia de la sabiduría para quien gobierne, considera que el sistema político debe tener en cuenta a la comunidad. Para él, la política busca el bien común, y un gobernante debe representar las necesidades reales de la polis. Por eso defiende la mezcla equilibrada entre los principios de cada forma de gobierno, para que exista un equilibrio entre sabiduría, virtud y participación ciudadana. Un gobernante que no representa a su pueblo, aunque sea muy sabio, es inútil, y uno que solo representa sin sabiduría, también.
Creo que debe gobernar el «sabio empático», alguien que no solo conoce la sabiduría, sino que es capaz de aplicarla de forma justa y beneficiosa para el pueblo. En definitiva, un término medio entre Platón y Aristóteles. Pues, ¿de qué sirve que gobierne el sabio si no sabe representar al pueblo? ¿O de qué sirve representar al pueblo si no se conoce la sabiduría?
El problema actual es que muchos gobernantes buscan ante todo la ambición y se olvidan de la sociedad. Por eso la democracia está en decadencia, porque aunque se represente al pueblo, muchas veces se persigue el beneficio personal. Aristóteles ya advertía de esto, diciendo que lo ideal sería un sistema equilibrado donde gobiernen personas virtuosas, capaces de controlar la ambición y de actuar por el bien común. En conclusión, debe gobernar quien sabe y quien al mismo tiempo puede gobernar al pueblo sin creerse superior, sino responsable.
Platón apuesta por el conocimiento y Aristóteles por la representación y el bien común. Desde mi punto de vista: el mejor gobernante sería alguien que use la sabiduría y la empatía, con capacidad para representar al pueblo y actuar con virtud. Solo así se puede superar la ambición y construir un gobierno estable y justo.
Platón defendía que solo quien conoce el Bien puede actuar justamente y Aristóteles afirmaba que la virtud se obtiene gracias a la experiencia, la razón práctica y los hábitos. En plena era tecnológica surge una pregunta clave:
En esta disertación se analiza por qué una máquina no puede alcanzar ni la virtud aristotélica ni el conocimiento moral del Bien platónico.
Para Platón, el filósofo actúa bien porque conoce la Idea del Bien, algo que una máquina no puede comprender. Y para Aristóteles, la virtud es un hábito adquirido mediante experiencias reales, emociones y educación en la polis. La ética, para ambos, implica un tipo de sabiduría que nace de vivir en comunidad y razonar sobre lo justo, no de procesar datos.
Creo que una máquina no puede actuar éticamente ni con el modelo aristotélico ni con el platónico. Pues una IA carece de comprensión ética y moral; simplemente sigue unas reglas programadas por humanos. Puede estar entrenada para tomar decisiones “éticas”, pero es incapaz de razonar el porqué esos principios son importantes, ya que no tiene experiencia, emoción ni intuición.
Tampoco puede actuar por la razón correcta, como exige Aristóteles, ni contemplar ningún Bien platónico porque no entiende nada: solo calcula siguiendo unos patrones establecidos. Una IA puede fingir carácter humano y simular consejos morales, pero no tiene esa sabiduría práctica de la que habla Aristóteles (phronesis), la cual se experimenta al vivir, sentir, equivocarse y aprender. Tampoco tiene ni diálogo interior, ni conciencia ni una polis que la forme. Básicamente, no tiene alma, ni cuerpo, ni vida. La idea de que una IA llegue a dominar el mundo o que llegue a sentir empatía real es totalmente utópica. El hombre ha creado estas máquinas y, por tanto, puede destruirlas o apagarlas. No tienen cerebro, ni corazón, ni cuerpo, ni alma. Solo reproducen patrones estadísticos.
La ética exige responsabilidad, libertad y comprensión profunda del bien y del mal, y eso solo lo puede tener un ser humano que vive en sociedad. Por eso la verdadera responsabilidad ética sigue estando en nosotros, no en las máquinas.
Ni según Platón ni según Aristóteles una IA puede actuar éticamente. De todo lo anterior se sigue que la virtud, la moral y la comprensión del Bien son capacidades exclusivamente humanas, nacidas de la experiencia, la razón y la vida en comunidad. La IA puede ayudarnos, pero no puede sustituir la ética ni el juicio humano. La responsabilidad moral sigue siendo nuestra.
