Portada » Filosofía » Comparativa Filosófica: Metafísica, Ética y Epistemología de Platón, Aristóteles, Descartes y Hume
La filosofía de Platón se articula en torno a una visión dualista de la realidad, del ser humano y de la organización política, donde todo gira en torno a la búsqueda de la verdad y del bien.
En relación con el ser humano, Platón sostiene que está compuesto por cuerpo y alma, dos realidades distintas y desiguales. El cuerpo pertenece al mundo sensible, es material, corruptible y fuente de deseos, mientras que el alma es inmortal y racional, y está emparentada con el mundo inteligible. Para Platón, el alma es la verdadera esencia del ser humano y debe gobernar al cuerpo.
Además, distingue en el alma tres partes:
La justicia en el individuo consiste en el equilibrio entre estas partes, bajo el dominio de la razón.
Platón defiende la existencia de dos niveles de realidad claramente diferenciados:
Estas Ideas son la verdadera realidad y solo pueden ser conocidas por la razón, dando lugar al verdadero conocimiento o ciencia (*episteme*). Según Platón, conocer no es aprender algo nuevo, sino recordar lo que el alma contempló antes de encarnarse en el cuerpo, lo que se conoce como teoría de la reminiscencia. Esta concepción del conocimiento se explica simbólicamente en el Mito de la Caverna, donde el filósofo describe el proceso de liberación del ser humano desde la ignorancia hasta el conocimiento de la verdad.
La filosofía política de Platón está íntimamente relacionada con su antropología y su teoría del conocimiento. Platón entiende la política como una aplicación de la justicia al conjunto de la ciudad (*polis*). Al igual que el alma tiene tres partes, la sociedad también se divide en tres grupos sociales:
Una ciudad será justa cuando cada grupo cumpla su función sin entrometerse en la de los demás. La mejor forma de gobierno es, por tanto, la aristocracia filosófica, ya que solo los filósofos, al conocer el Bien en sí, pueden gobernar de manera justa y orientada al bien común.
Aristóteles sostiene que el ser humano está compuesto de cuerpo y alma, pero no como dos realidades separadas, sino como una única sustancia. El alma es la forma del cuerpo, es decir, aquello que le da vida y organización. Por ello, no puede existir separada del cuerpo. Aristóteles distingue tres tipos o niveles de alma:
En cuanto al problema del conocimiento y de la realidad, Aristóteles rechaza la teoría platónica de las Ideas separadas. Para él, no existen dos mundos distintos, sino una única realidad compuesta por sustancias individuales. Cada sustancia está formada por materia y forma, según la teoría hilemórfica.
El conocimiento comienza con los sentidos, que captan los objetos particulares, y a partir de esa experiencia sensible el entendimiento abstrae lo universal. De este modo, Aristóteles defiende un conocimiento empírico-racional: los sentidos aportan los datos y la razón los organiza y comprende. Además, explica el cambio y el movimiento mediante la teoría del acto y la potencia, y sostiene que todo ser tiende a realizar su forma y su fin, lo que se conoce como teleología.
El fin último del ser humano es alcanzar la felicidad (*eudaimonía*), que se logra mediante el ejercicio de la razón y la práctica de la virtud. La ética de Aristóteles es una ética teleológica, ya que entiende que toda acción humana se dirige hacia un fin. La felicidad es concebida como una vida plena y lograda, no como un simple placer. Esta felicidad consiste en la actividad del alma conforme a la virtud y, sobre todo, conforme a la razón, que es lo propio del ser humano.
La virtud es entendida como un hábito adquirido que consiste en el justo término medio entre dos extremos viciosos (uno por exceso y otro por defecto), determinado por la razón y según cada situación.
Aristóteles reconoce que la felicidad necesita ciertos bienes externos, como la salud o la amistad, aunque la vida más perfecta es la vida contemplativa, dedicada al ejercicio de la razón.
El ser humano es por naturaleza un “animal político”, es decir, un ser social que solo puede desarrollarse plenamente dentro de la comunidad (*polis*). La *polis* existe para garantizar no solo la supervivencia, sino la vida buena de los ciudadanos. Aristóteles estudia las distintas formas de gobierno y distingue entre:
Defiende como forma más equilibrada la *politeia*, una mezcla de democracia y aristocracia, basada en el predominio de la clase media y en el respeto a las leyes.
El punto de partida de la filosofía de Descartes es la búsqueda de un conocimiento absolutamente seguro que sirva como fundamento para la ciencia. Para lograrlo, propone el método de la duda metódica, que consiste en dudar de todo aquello que pueda ser puesto en cuestión, aunque solo sea de manera hipotética.
Descartes duda de:
Tras aplicar esta duda radical, Descartes encuentra una primera verdad absolutamente indudable: “pienso, luego existo” (*cogito ergo sum*). Aunque dude de todo, no puede dudar de que está dudando y pensando, por lo que existe como sustancia pensante (*res cogitans*). Esta es la primera certeza y el fundamento de todo el conocimiento. A partir de ella, Descartes establece el criterio de verdad, según el cual todo aquello que se percibe de manera clara y distinta por la razón es verdadero.
En su concepción de la realidad, Descartes distingue entre tres tipos de sustancias:
El mundo material puede ser conocido de manera científica gracias a la razón y a las matemáticas, pero su existencia solo queda plenamente garantizada cuando se demuestra la existencia de Dios. Así, el conocimiento verdadero no procede de los sentidos, sino del uso correcto de la razón y de las ideas innatas.
El problema de Dios es fundamental en la filosofía de Descartes, ya que sin su existencia no sería posible asegurar la validez del conocimiento humano. Descartes intenta demostrar racionalmente la existencia de Dios a partir de la propia razón. Sus argumentos principales son:
Dios es definido como un ser infinito, omnipotente y perfectamente bueno, que no puede engañarnos. La existencia de Dios cumple una función decisiva: garantiza que nuestras ideas claras y distintas son verdaderas y que no estamos siendo engañados por un genio maligno. Gracias a Dios, Descartes puede afirmar con certeza la existencia del mundo exterior y la validez objetiva del conocimiento científico. De este modo, Dios se convierte en el fundamento último tanto del conocimiento como de la realidad.
El pensamiento de Hume se sitúa dentro del empirismo, corriente que defiende que todo conocimiento procede de la experiencia sensible. Para Hume, los contenidos de la mente se dividen en:
Toda idea válida debe poder remitirse a una impresión correspondiente; si no es así, la idea carece de significado. Este criterio sirve a Hume para criticar muchas nociones de la metafísica tradicional.
Hume distingue entre dos tipos de proposiciones:
Esto conduce a un profundo escepticismo, ya que no podemos justificar racionalmente muchas de nuestras creencias sobre la realidad, aunque sean útiles para la vida cotidiana y la ciencia.
El principio de causalidad es uno de los aspectos centrales y más críticos de la filosofía de Hume. Tradicionalmente se había entendido la causalidad como una conexión necesaria entre causa y efecto. Sin embargo, Hume sostiene que esta conexión necesaria no es percibida por los sentidos ni puede ser conocida por la razón.
Cuando observamos dos acontecimientos, solo percibimos que uno sucede antes que otro y que ambos se dan de manera constante, pero nunca percibimos una fuerza necesaria que los una. Según Hume, la idea de causalidad no tiene un origen racional ni metafísico, sino psicológico.
Tras observar repetidamente que un tipo de fenómeno sigue a otro, la mente adquiere el hábito de esperar que el segundo ocurra cuando aparece el primero. Esta costumbre genera en nosotros la creencia en la causalidad. Por tanto, la causalidad no es una ley objetiva de la naturaleza conocida con certeza, sino una expectativa subjetiva basada en la experiencia pasada. Esto refuerza su postura escéptica respecto al conocimiento de la realidad.
El escepticismo en Hume consiste en reconocer los límites del conocimiento humano. Hume sostiene que no podemos alcanzar un conocimiento necesario y universal sobre la realidad, ya que nuestras creencias sobre el mundo se basan en la experiencia y en el hábito, no en la razón. Sin embargo, no es un escepticismo radical, ya que admite que estas creencias son inevitables y útiles para la vida cotidiana.
El fenomenismo es la postura según la cual solo conocemos fenómenos, es decir, nuestras percepciones (impresiones e ideas), y no una realidad objetiva que exista más allá de ellas. Para Hume, la mente humana no tiene acceso directo a las cosas en sí mismas, sino únicamente a lo que aparece ante nosotros a través de la experiencia sensible. Por eso, no podemos afirmar con certeza la existencia de sustancias materiales o espirituales, sino solo de percepciones cambiantes. La realidad queda reducida a lo que se manifiesta en la experiencia.
