Portada » Filosofía » Filosofía moderna: Descartes, Hume, Rousseau y Kant — ideas clave sobre Dios, ética y política
Fue un filósofo y matemático francés. Estudió con los jesuitas. Se graduó en Derecho y participó en la guerra de los Treinta Años. Tras unos sueños decisivos, se dedicó a la filosofía y la ciencia.
Es el principal representante del racionalismo, corriente que confía en la razón y en las ideas innatas, tomando a las matemáticas como modelo de conocimiento y rechazando la experiencia sensible. Con él surge la importancia del método, y el conocimiento se centra en el sujeto.
Partiendo del cogito, ergo sum, Descartes asegura que solo puede estar seguro de su propia existencia. Para dudar de todo lo demás plantea la hipótesis del genio maligno, que podría engañarlo sobre la realidad. Para superar esta duda busca demostrar la existencia de Dios a partir de las ideas presentes en la mente, distinguiendo tres tipos:
A partir de las ideas innatas desarrolla varios argumentos para demostrar la existencia de Dios, como el argumento de la perfección y el argumento ontológico. La existencia de un Dios bondadoso garantiza la verdad del conocimiento, ya que no nos engañaría, lo que permite considerar como verdaderas las percepciones claras y distintas. Así, Descartes también puede deducir la existencia del mundo exterior y de las cosas corpóreas.
Para Descartes, el ser humano es principalmente un sujeto pensante: su esencia está en la capacidad de dudar, pensar y razonar, no en el cuerpo ni en los sentidos.
Está compuesto por mente (res cogitans) y cuerpo (res extensa); la mente es la fuente del conocimiento verdadero, mientras que los sentidos pueden engañar. Así, el ser humano es esencialmente un ser racional capaz de alcanzar la verdad mediante la razón.
David Hume (1711-1776), filósofo escocés, defendió que todo conocimiento proviene de la experiencia, llevando al extremo el empirismo de Locke y sentando las bases del escepticismo moderno. Buscó una ciencia del ser humano que abarcara conocimiento, moral, política y religión, analizando cómo las emociones y la experiencia influyen en nuestras ideas y acciones. Su obra influyó en la filosofía anglosajona y anticipó debates sobre lógica, lenguaje y epistemología. Entre sus principales escritos destacan Tratado de la naturaleza humana e Investigación sobre el entendimiento humano.
Para Hume, Dios no puede ser conocido a través de la razón ni de la experiencia, y los argumentos tradicionales sobre su existencia carecen de evidencia empírica. Considera que las creencias religiosas surgen de emociones, costumbres y miedo a lo desconocido, y que la teología refleja más la naturaleza humana que un conocimiento real de la divinidad. En sus Diálogos sobre la religión natural, Hume adopta un enfoque escéptico y crítico, mostrando que la idea de Dios se basa en la imaginación y no en pruebas racionales.
Para Hume, el ser humano es un ser naturalmente limitado y sensible, cuyo conocimiento y conducta dependen de la experiencia y las percepciones. No existe una razón pura que determine la acción moral; en cambio, las emociones y los sentimientos son el fundamento de nuestra conducta, la ética y los juicios morales. La moralidad surge de nuestra naturaleza humana y de la capacidad de sentir empatía y simpatía hacia los demás, no de la lógica o la religión.
En cuanto a la ética y la moral, Hume sostiene que lo moral no se basa en leyes universales ni en la razón, sino en cómo nuestras acciones afectan el placer o el dolor de nosotros y de los demás. Las acciones se consideran buenas o malas según provoquen bienestar o sufrimiento, anticipando así ideas que influirán en el utilitarismo. La ética, por tanto, es inseparable de la moral humana y de nuestras emociones.
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) nació en Ginebra y fue uno de los pensadores más influyentes de la Ilustración. Su vida estuvo marcada por la inestabilidad y los viajes por Europa, lo que le permitió relacionarse con filósofos, escritores y artistas de su época. Aunque recibió educación básica en Ginebra, fue autodidacta en gran parte de su formación intelectual.
Rousseau destacó por su crítica a la sociedad y la civilización, defendiendo la importancia de la naturaleza humana y la libertad individual. Su obra influyó profundamente en la política, la educación y la filosofía moral, anticipando ideas del romanticismo y del contrato social. Fue amigo de filósofos como Diderot y Hume, con quien mantuvo una relación personal y polémica.
Para Rousseau, el ser humano es bueno por naturaleza, pero la sociedad y la civilización lo corrompen. En su estado natural, el hombre vive libre, igual y en armonía con sus necesidades y emociones, guiado por la compasión y la razón práctica. La desigualdad, la propiedad privada y las instituciones sociales generan egoísmo, dependencia y conflictos. Por ello, Rousseau propone que el ser humano recupere su libertad y autenticidad mediante un contrato social que organice la vida colectiva respetando la voluntad general y la igualdad de todos.
Rousseau sostiene que la política debe basarse en la voluntad general, que representa el interés común por encima de los intereses individuales. Propone el Contrato Social, mediante el cual los individuos renuncian a parte de su libertad natural para vivir en sociedad bajo leyes que garanticen igualdad y libertad. Para él, la verdadera autoridad política no proviene de la fuerza ni de la tradición, sino del consentimiento de los ciudadanos, y el objetivo del Estado es proteger la libertad y la igualdad de todos, promoviendo la justicia y la armonía social.
Para Kant, Dios es un noúmeno, algo que podemos pensar pero no conocer, y en la razón teórica sirve solo como ideal regulativo que orienta la investigación y la búsqueda de explicaciones más completas, sin poder demostrar su existencia ni su inexistencia. En la razón práctica o moral, Dios actúa como postulado, garantizando que la virtud conduzca a la felicidad y proporcionando un ideal ético que guía la acción y da sentido a la vida moral del ser humano, orientando su conducta y sus expectativas sobre el Bien Supremo.
Kant sostiene que la moral se basa en la buena voluntad y el deber, no en intereses o fines externos. Propone el imperativo categórico, que obliga a actuar según máximas universales y a tratar a los demás como fines, lo que hace al ser humano libre y autónomo. La ética incluye los postulados de la razón práctica: libertad, inmortalidad del alma y existencia de Dios, que orientan la acción moral y garantizan que la virtud conduzca al Bien Supremo.
Kant sostiene que las personas son fines en sí mismas, iguales y dignas de respeto, lo que fundamenta un «reino de los fines» como ideal de convivencia humana. La historia y la política avanzan gracias a la «insociable sociabilidad», tensión entre egoísmo y razón que impulsa al ser humano a crear sociedades justas y leyes que desarrollen sus capacidades.
Para lograrlo, propone una constitución republicana basada en libertad, igualdad y leyes comunes dentro del Estado, y una paz perpetua a nivel internacional mediante una federación de estados libres. La historia humana, según Kant, progresa hacia un orden universal donde la naturaleza y la razón moral permitan el pleno desarrollo de la humanidad.
