Portada » Historia » Segunda República y Guerra Civil Española: Historia, Etapas y Consecuencias
El 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales en España mediante sufragio universal masculino. La victoria de los candidatos republicanos en las grandes ciudades dio paso a la proclamación de la Segunda República el 14 de abril y a la renuncia del rey, creándose un gobierno provisional. Estaba compuesto por republicanos conservadores, de izquierda y radicales, además de socialistas y nacionalistas catalanes y gallegos. Quedaron fuera la derecha monárquica, los nacionalistas vascos y el obrerismo revolucionario anarquista y comunista.
El gobierno provisional convocó para el 28 de junio elecciones a Cortes Constituyentes y el triunfo fue para una coalición republicano-socialista. La jefatura de gobierno recayó en Niceto Alcalá Zamora. Las Cortes nombraron inmediatamente una comisión encargada de elaborar una nueva constitución, que fue aprobada en diciembre de 1931, después de intensos debates, sobre todo en lo referente a la cuestión religiosa y a la autonómica. La Constitución de 1931 fue muy avanzada para su tiempo, con un marcado carácter democrático y progresista:
Las elecciones se celebraron el 18 de noviembre de 1933 (las primeras en las que votaron las mujeres). En ellas la izquierda se presentó desunida, mientras que la derecha se presentó en alianzas electorales. Vencieron los partidos de centro y derecha, aglutinados en torno al Partido Radical de Lerroux y la CEDA de Gil Robles, con programas políticos basados en la reforma de la Constitución y de la legislación reformista del periodo anterior.
A pesar de ser el partido más votado (115 diputados), la CEDA no recibió el encargo de formar gobierno. La izquierda y el presidente de la República acusaban a esta coalición derechista de antirrepublicana, fascista y totalitaria. Alcalá Zamora prefirió confiar el gobierno a Lerroux, del Partido Radical. El nuevo gobierno presidido por Lerroux inició su mandato paralizando buena parte del proyecto reformista del bienio anterior, inaugurando así dos años de gobierno conservador:
Las elecciones de 1933 y la entrada de la derecha en el gobierno fueron vistas desde la izquierda como el fin de la República y el inicio de un camino hacia una dictadura fascista al estilo italiano y portugués. Cuando varios ministros de la CEDA entraron en el gabinete de gobierno, la izquierda socialista, junto con anarquistas y comunistas, declararon una guerra abierta contra el nuevo gobierno, que se materializó en la proliferación de huelgas y conflictos.
Convocaron una huelga general en España el 5 de octubre de 1934, de seguimiento irregular, reprimida militarmente por el gobierno al declarar el estado de guerra. La revolución fue especialmente activa en Asturias donde se unieron socialistas, anarquistas y comunistas. El gobierno envió a las tropas de África (al mando del general Franco) para reprimir la rebelión. La represión fue durísima: más de mil mineros muertos, dos mil heridos y cinco mil detenidos.
Paralelamente, en Cataluña, Companys, presidente de la Generalitat, dirigió una insurrección de carácter independentista, que fue reprimida por el Ejército y que tuvo como consecuencia la suspensión del estatuto de Cataluña. Las consecuencias de esta revolución fueron notables y la CEDA aumentó su influencia en el gobierno. Esta presentó un proyecto para modificar la constitución, pero no llegó a ser votado debido a una grave crisis gubernamental que estalló en el otoño de 1935. El Partido Radical se vio afectado por una serie de escándalos de corrupción como el del “estraperlo” y la malversación de fondos de varios ministros radicales. En estas circunstancias, Gil Robles intentó que le nombraran jefe de gobierno, pero Alcalá Zamora se negó y decidió disolver las Cortes y convocar elecciones para febrero de 1936.
Para estas elecciones los partidos de izquierda (republicanos, socialistas y comunistas) se agruparon en una coalición electoral denominada Frente Popular. La CNT, a pesar de que no firmó el pacto, recomendó a sus afiliados votar a la coalición. El programa común defendía la amnistía para los encarcelados (unos 30.000 presos en toda España) y represaliados de octubre de 1934, la recuperación de la legislación reformista del primer bienio y el restablecimiento de la autonomía en Cataluña. Por su parte, los partidos de derecha no lograron confeccionar una candidatura única ni establecer un programa consensuado.
El Frente Popular ganó las elecciones por un escaso margen, con el 48% de los votos, y Alcalá Zamora fue sustituido en la presidencia de la República por Manuel Azaña el 10 de mayo. El nuevo gobierno, con Casares Quiroga como jefe de gobierno, estuvo formado solamente por republicanos, pero con el respaldo parlamentario socialista. El nuevo gobierno aplicó el programa electoral y reanudó la legislación reformista del primer bienio, sobre todo en lo relativo a la Reforma agraria.
Esperanzados por las nuevas perspectivas de cambio, los partidos de izquierda, los sindicatos, el socialismo más radical y los anarquistas se lanzaron a una movilización popular: huelgas pidiendo mejoras laborales, ocupación de tierras en Andalucía y Extremadura adelantándose a la legislación. La nueva situación fue recibida por las derechas con absoluto rechazo: muchos empresarios cerraron fábricas y expatriaron capitales; la Iglesia volvió a lanzar campañas contra la República. Falange Española fomentó un clima de enfrentamiento civil y crispación política utilizando su llamada “dialéctica de los puños y las pistolas”, como animaba José A. Primo de Rivera. Los enfrentamientos callejeros se acentuaron en esos meses.
La creación de un clima de violencia era una estrategia que favorecía a los sectores político-militares que, desde el momento del triunfo electoral de la izquierda, estuvieron decididos a organizar un golpe de estado militar contra la República. Al frente del alzamiento y de su organización se puso el general Mola y contó con el apoyo civil de los partidos de derecha: la CEDA, monárquicos, milicias carlistas y falangistas, así como también se mantuvieron contactos con la Italia fascista y la Alemania nazi. Pero las discrepancias entre los conspiradores sobre el régimen político que debía instaurarse tras el golpe hicieron que se fuese retrasando la fecha.
El detonante que aceleró los preparativos para la insurrección militar sucedió el 14 de julio cuando moría asesinado José Calvo Sotelo, líder político de la derecha monárquica. Este asesinato fue una represalia por la muerte del teniente Castillo (un guardia de Asalto e instructor de las milicias socialistas). Siguiendo lo previsto, el levantamiento se inició en Marruecos la tarde del 17 de julio de 1936, y al día siguiente, 18 de julio, se extendió a toda la península. El fracaso del golpe de Estado, que no logró triunfar en las principales ciudades españolas, trajo una guerra civil de tres años, la victoria de los rebeldes y su prolongación en la dictadura franquista hasta 1975.
El 17 de julio del 36 se inició el golpe militar contra la República en Marruecos. En los dos días siguientes muchas guarniciones militares del resto de España se unieron al golpe de Estado con el apoyo civil de falangistas y requetés (carlistas). El general Franco, al mando del ejército de África, inició el paso de las tropas a la Península. El 19 de julio Casares Quiroga será sustituido por José Giral como jefe del gobierno y comenzó la entrega de armas a los sindicatos y a los partidos del Frente Popular, que junto con los sectores del ejército y de las fuerzas del orden que se mantuvieron fieles a la República, lograrán que el golpe fracase en buena parte de España.
La sublevación triunfó principalmente en la España interior, Galicia, las ciudades andaluzas de Sevilla, Córdoba o Granada y parte de Aragón. Los apoyos sociales del bando sublevado eran militares conservadores, monárquicos, grupos católicos, falangistas y carlistas, es decir, aquellos que se habían opuesto a las reformas de la República y se autodenominaron “los nacionales” (los rebeldes, los sublevados, los insurgentes).
Por el contrario, el golpe fracasó en la periferia española y en las áreas industrializadas, como el País Vasco, Asturias, Madrid, Cataluña, Levante, parte de Castilla y Andalucía. En este bando los apoyos sociales procedían de las clases populares: obreros, trabajadores urbanos, pequeña y mediana burguesía y campesinado sin tierra, así como un nutrido grupo de intelectuales y artistas. Muchos pertenecían a sindicatos y partidos de izquierda y pronto fueron denominados por el otro bando como “los rojos” (los leales, el bando republicano).
Desde el inicio de la guerra hasta su finalización el 1 de abril de 1939, se pueden distinguir las siguientes fases:
La España republicana se caracterizó por todo lo contrario que la nacional, sobre todo en los primeros meses de la guerra. Frente a la concentración del poder, disgregación y disputas políticas; frente al orden y la disciplina militar, el desorden y el movimiento asambleario; frente a la unión, la división; frente a la contrarrevolución, la revolución. El fracaso del golpe militar desencadenó en la zona republicana una verdadera revolución social, mientras el gobierno se limitaba a ratificar legalmente lo que los comités hacían de hecho.
En el campo, tuvo lugar una ocupación masiva de fincas, con la socialización de la tierra en zona de predominio socialista y la colectivización en territorios con hegemonía anarquista. El gobierno de la República se mantuvo con Azaña como Presidente y Giral como jefe del gobierno, hasta septiembre de 1936 cuando se estableció un gobierno de unidad presidido por Largo Caballero, que incorporó a la anarquista Federica Montseny como la primera ministra. El gran desafío del nuevo gobierno era recuperar el control de la situación y crear una estructura de poder centralizada que pudiera dirigir de forma eficiente el esfuerzo de guerra, aunque la tarea era difícil ya que el poder estaba en manos de comités obreros y milicias.
En la zona republicana se enfrentaron básicamente dos modelos:
Las disensiones internas fueron continuas y llegaron a su momento clave en Barcelona en los sucesos de mayo de 1937, con el enfrentamiento de ambas tendencias. La crisis provocó la dimisión de Largo Caballero y su sustitución por el socialista Negrín, con un gobierno con ministros del PSOE y PCE. La ayuda soviética había hecho que los comunistas pasaran de ser un grupo minoritario a una fuerza muy influyente. Aunque ya era tarde para cambiar el signo de la guerra, a partir de ese momento se impuso una mayor centralización en la dirección de la economía y se terminó de construir el Ejército Popular, acabando con la indisciplina de las milicias de voluntarios armados de partidos obreros y sindicatos.
A partir de marzo de 1938 surgieron dos posturas enfrentadas. Por un lado la postura oficial, representada por el gobierno de Negrín, que seguía defendiendo la ‘resistencia a ultranza’; y por otro, la de algunos dirigentes anarquistas y socialistas que empezaron a ver la necesidad de negociar ante la perspectiva de la segura derrota. Los acontecimientos internacionales (la retirada de las Brigadas Internacionales o la disminución de la ayuda soviética) y los internos (la caída de Cataluña) reforzaron la idea de que la guerra estaba perdida. En marzo de 1939 el golpe del coronel Casado desalojó del poder a Negrín. La esperanza de negociar con Franco se disipó inmediatamente cuando el dictador exigió la rendición incondicional.
En la zona nacional el Estado de la República desapareció, pero progresivamente se va a crear otro distinto caracterizado por la concentración del poder, la militarización, la disciplina reinante y el nacional-catolicismo como ideología imperante. Sanjurjo iba a ser el líder de los nacionales, pero su muerte dejó a estos sin un jefe claro. Confirmado el fracaso pero no la derrota del golpe, se creó una Junta de Defensa Nacional integrada por los militares participantes en el golpe más importantes (Franco, Mola, Queipo de Llano, Cabanellas, Dávila y Saliquet).
La primera tarea de esta Junta de Defensa Nacional fue el nombramiento del jefe del mando militar, nombramiento que recayó en Franco por el avance de su ejército de África y las simpatías alemanas e italianas. Así la Junta de Defensa Nacional lo nombró Generalísimo de los ejércitos y jefe del gobierno y del Estado en septiembre del 36. Concentrados los poderes del Estado, Franco se dispuso a organizarlo, tomando dos iniciativas fundamentales: la unificación de las fuerzas políticas y el nombramiento de un Consejo de Ministros.
Unificó a falangistas, tradicionalistas (carlistas) y restos de la CEDA en un nuevo partido: Falange Española Tradicionalista de las Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas (FET de las JONS) y Franco se convertía en el jefe del partido o Movimiento Nacional. El gobierno inició un lento proceso de institucionalización del nuevo Estado y la vida política y social se militarizó, sentándose las bases del nuevo régimen.
La Guerra Civil fue el episodio más traumático que vivió la sociedad española durante el siglo XX: el odio entre los españoles se acrecentó; los que vencieron excluyeron y persiguieron a quienes no se habían sumado a su bando. En los últimos meses de la guerra millares de combatientes, intelectuales y familias enteras que habían defendido públicamente al gobierno legal tuvieron que abandonar España.
La guerra significó 500.000 muertos (en combate o asesinados en la retaguardia) y se produjo una pérdida de 550.000 nacimientos. Acabada la guerra, más de 250.000 personas ingresaron en prisiones o en campos de trabajo forzado. Las consecuencias en la cultura española fueron importantísimas. Fueron ejecutados o destituidos por el franquismo más del 60% de los maestros y profesores. Prácticamente la totalidad de miembros de la generación del 27 y notables científicos y artistas murieron o marcharon al exilio: García Lorca, Buñuel, Antonio Machado, Alberti, Picasso, Américo Castro…
En el terreno económico disminuyó la población activa, se destruyeron infraestructuras y viviendas y cayó el nivel de renta. La mayoría de la población hubo de sufrir en las décadas de 1940 y 1950 los efectos del racionamiento y la privación de bienes de consumo. Supuso el final de la experiencia más democrática que había tenido la España contemporánea y el inicio de un largo período de represión, de falta de libertad política y la supresión de derechos fundamentales. En el ámbito internacional, España inició veinte años de aislamiento político, con excepción del reconocimiento que obtuvo de algunos estados, como el Vaticano y Argentina. Quedó fuera del fuerte impulso de progreso que se inició en Europa después de 1945. España llegaba a la mitad del siglo XX sin haber solucionado sus problemas de convivencia política y sin conseguir la participación de todos sin exclusión.
La guerra civil española fue uno de los conflictos del siglo XX que más repercusión internacional provocó, por el enfrentamiento entre las grandes corrientes políticas del momento (democracia, fascismo y comunismo). Las potencias fascistas decidieron desde un primer momento ofrecer una ayuda importante a los rebeldes. Mussolini y Hitler no solo podían conseguir beneficios estratégicos sino que ayudaban a un aliado ideológico. Portugal (con un régimen dictatorial) se unió desde un principio a esta ayuda a Franco.
La URSS tuvo muy claro desde un principio su compromiso de ayuda a la República. No sólo se enfrentaba a la expansión del fascismo, sino que alejaba el centro del conflicto entre las potencias al otro confín de Europa, alejando el interés que Hitler tenía en sus fronteras. En cuanto a las democracias europeas, Gran Bretaña estaba decidida desde un principio a mantenerse neutral, no quería la expansión del fascismo en España pero tampoco le gustaba la orientación revolucionaria que tomaron los acontecimientos. Por su parte, el gobierno izquierdista del Frente Popular francés siguió lo marcado desde Londres. Finalmente se creó el Comité de No Intervención que buscaba una política de conciliación con Hitler (política de “apaciguamiento”). Otro ejemplo de esta actitud fue la política del gobierno norteamericano. Mientras el Congreso aprobaba la denominada Ley de Neutralidad, el gobierno de Roosevelt miraba para otro lado cuando las compañías petrolíferas vendían combustible a Franco.
La desigual ayuda exterior recibida por ambos bandos fue uno de los factores que explican la victoria de los nacionales. Tras recibir apoyo aéreo para pasar el Ejército de África a la península, Mussolini envió setenta mil soldados italianos y material de guerra; y Hitler mandó la Legión Cóndor que incrementó la superioridad aérea de Franco. La colaboración de Portugal permitió el paso de armas para el ejército de Franco. Por último, hay que señalar las tropas marroquíes del Ejército franquista y que a menudo fueron utilizadas como fuerzas de choque.
La única ayuda que recibió el bando republicano de las democracias fue las escasas armas enviadas desde Francia en los primeros momentos hasta la firma del Pacto de No Intervención. La ayuda soviética comenzó a llegar a tiempo para ayudar en la defensa de Madrid. Sin embargo, aunque fue importante fue más dispersa y de menor calidad que la que recibió Franco. La otra ayuda que recibió el gobierno de la República fue la de Las Brigadas Internacionales (entre 40.000 y 70.000 según las fuentes), constituidas por grupos de voluntarios de diversos países que acudieron a España para frenar el avance del fascismo (comunistas, socialistas, anarquistas…). Tuvieron un papel importante en la defensa de Madrid y en las batallas del Jarama y Teruel y a finales de 1938, cuando la situación ya era grave, Negrín decretó su salida de España. Unos 18.000 brigadistas quedaron enterrados aquí.
La Guerra Civil española es uno de los temas de la historia contemporánea que mayor debate historiográfico ha generado, no sólo en nuestro país, sino a nivel internacional. Asimismo, también han sido muy variados los enfoques e interpretaciones de este conflicto. Quizá uno de los aspectos que más interés ha suscitado sea precisamente el de explicar cuáles fueron las causas que llevaron a la guerra. La guerra civil fue el resultado de una serie de factores y conflictos internos antiguos que sacó a la luz la República y que provocarían una división en la sociedad española:
A la República le salieron muchos enemigos. Unos naturales (la derecha conservadora, la Iglesia y parte del ejército) y otros imprevistos (sectores más radicalizados del movimiento obrero, sectores del PSOE, la CNT y el PCE). Acabar con la República se convirtió en el objetivo de un amplio sector de la población española. Sin embargo, nada de lo anteriormente expuesto conducía necesariamente a una guerra civil. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde un sector del ejército que rompió el juramento de fidelidad en julio del 36. Pero el golpe de Estado del 17-18 de julio fracasa porque no logra hacerse rápidamente con el poder, debido a la división del ejército y de las fuerzas del orden y porque parte de la población española se moviliza a favor o en contra. Este fracaso es el que desencadena la guerra civil; una guerra que surge como un conflicto interno pero que pronto se internacionalizará (debido al temprano apoyo de las potencias fascistas –Alemania e Italia- al bando de los sublevados), insertándose dentro del conflicto internacional de los años 30 entre fascismo, democracia o comunismo.
