Portada » Filosofía » La Justicia Platónica en La República: Fundamentos Ético-Políticos del Estado Ideal
Para Platón, la justicia, argumento central del texto y que va a ocupar un puesto fundamental en la concepción ético-política platónica, es el principio que rige la armonía y el orden en el Estado y en el alma del individuo. Se manifiesta cuando cada parte (sea una clase social o una parte del alma) cumple la función para la que está naturalmente capacitada, sin usurpar las funciones de las otras.
En el Estado ideal, los gobernantes (razón), los guardianes (espíritu) y los productores (apetito) deben cumplir sus roles respectivos. De manera análoga, en el individuo, la razón debe gobernar sobre el espíritu y el apetito.
Sin lugar a dudas, el Libro IV de La República constituye la sede de las más sistemáticas reflexiones acerca de la justicia. Platón lo establece claramente:
«Hemos observado ya tres cualidades en el Estado; al menos así creo. En cuanto a la especie que queda para que el Estado alcance la excelencia, ¿cuál podría ser? La justicia, evidentemente» (l. 1-2).
En este libro no solo se realiza una aproximación general del problema, sino que también se concentran importantes esfuerzos en abordar temáticas directamente vinculadas a aquella, como son la educación y el rol de la ley.
Platón fue un fiel discípulo de Sócrates incluso tras su muerte, siguiendo siempre las bases que aprendió de él, lo que le convierte en su mayor y más obvia influencia. De Sócrates, Platón heredó:
Pero no solo recogió ideas de Sócrates, sino que adaptó y unió ideas de pensadores presocráticos, destacando una cierta influencia pitagórica en su defensa de la inmortalidad y reencarnación del alma o en la explicación matemática de la realidad.
Platón nació en Atenas en el año 427 a. C. en una familia aristocrática. Desde muy joven sintió interés por la política, a la que pretendía dedicarse, pero al hacerse discípulo de Sócrates y conocer las injusticias del régimen de los Treinta Tiranos, abandonó la idea de la práctica política y descubrió su vocación filosófica, aunque mantuvo su interés en la política.
La filosofía platónica, de enfoque antropológico, tiene una finalidad política clara: el diseño de un tipo ideal de sociedad y gobierno justos en el que las personas puedan vivir en armonía. Para ello era necesario encontrar los fundamentos metafísicos, antropológicos y éticos de la vida política, de manera que un gobierno no dependiera del capricho de cualquier tirano.
Frente a la realidad que le tocó vivir, Platón plantearía una utopía política cuyo objetivo debía ser el perfeccionamiento y la felicidad de todos los ciudadanos. En ella, el concepto de justicia tendría un papel central. Como se expone en su obra La República, el Estado de justicia está ligado a su concepción antropológica.
El alma del ser humano, procedente del Mundo de las Ideas, tiene tres dimensiones (o «géneros»): la racional, la irascible y la apetitiva. En el diseño político platónico, el rol social de un individuo se determina en función de cuál sea la dimensión dominante en su alma, no en función del origen familiar.
El paralelismo entre la moral individual y la moral del Estado es fundamental:
«Tampoco un hombre justo diferirá de un Estado justo en cuanto a la noción de la justicia misma, sino que será similar» (l. 22-23).
| Parte del Alma Dominante | Clase Social | Virtud Característica |
|---|---|---|
| Racional | Guardianes Gobernantes (Filósofos) | Sabiduría |
| Irascible | Guerreros o Auxiliares | Valentía o Coraje |
| Apetitiva (Concupiscible) | Artesanos o Productores | Templanza (Disfrute moderado de bienes) |
Habiendo determinado la virtud que corresponde a cada clase social, estamos en condiciones de determinar en qué consiste la justicia en la ciudad ideal. La justicia, entonces, como dice el texto, «ha de consistir en hacer lo que corresponde a cada uno, del modo adecuado» (l. 6).
La injusticia, por el contrario, consistirá en la injerencia arbitraria de una clase social en las funciones de otra (por ejemplo, que los auxiliares o los artesanos pretendan gobernar).
Los expertos que Platón quería al timón del Estado eran filósofos especialmente entrenados, escogidos por su incorruptibilidad y por tener un conocimiento de la realidad más profundo que el común de la gente. Esta forma de gobierno era la aristocracia —«el gobierno de los mejores»—, donde unos pocos, que se pasarían la vida preparándose para el liderazgo, serían los encargados de dirigir La República, de modo que pudieran tomar decisiones sabias para la sociedad.
Aunque sus puntos de vista eran indiscutiblemente clasistas, Platón creía que estos aristócratas gobernarían desinteresada y virtuosamente. Sin embargo, anticipó que esta sociedad ideal estaría en constante peligro de derrumbarse. Los hijos de los hombres sabios y educados se corromperían con el tiempo por los privilegios y el ocio, preocupándose únicamente por la riqueza, y la aristocracia se convertiría en una oligarquía (el gobierno de unos pocos).
En el escenario ético-político trazado en La República, la ley no ocupa rol alguno significativo. Platón argumenta que una polis conformada por la justicia no requiere un orden jurídico que imponga lo ya logrado, y en una polis enferma, la ley carece de eficacia.
Por lo tanto, la función de formación de la ciudadanía, que en la polis griega clásica era encomendada a la ley, es sustituida por la educación como herramienta paradigmática de generación y corroboración de la justicia.
El tema de la educación no tendrá una continuidad evidente en el hacer filosófico occidental posterior. Esto se debe, fundamentalmente, a que a partir del Helenismo y, sobre todo, a través del esfuerzo filosófico cristiano, el concepto de individuo sustituye al de ciudadano. Las exigencias a las que este se ve sometido tendrán su fin en Dios y no en la polis, por lo que la paideia (como construcción del ser humano en sociedad) desaparecerá, al menos desde un enfoque teleológico platónico.
Será en el siglo XIX, tras pasar por un cambio hacia el antropocentrismo (siglos XVI-XVIII) y una Revolución Industrial que obliga a repensar el papel del hombre en el mundo, cuando Marx hable de nuevo de la necesidad de educar al ciudadano, aunque en Marx la idea de educación estará más ligada a la de doctrina que a la de justicia platónica.
Platón probablemente fue un idealista —no en vano introdujo el concepto de Idea— y, obviamente, su pensamiento ético-político está profundamente marcado por la sociedad que vivió y conoció. Sin embargo, dejó impresa en la cultura occidental:
La sabiduría era para Platón el faro que iluminaba esa experiencia humana.
En el presente, con la apuesta por un conocimiento meramente utilitarista, la sociedad parece que se acerca más a la concepción que los últimos sofistas tenían de la misma (estructura de convivencia guiada por convenciones). Pero no es menos cierto que el encumbramiento de las ideas, relegando con ello los aspectos más vitalistas del ser humano a un segundo plano, continúa. Las corrientes ideológicas de tipo social y político han intervenido en la sociedad occidental de tal modo que hemos sido capaces de construir todo un sistema de vida de espaldas a la creación. Es la gran paradoja de la cultura occidental.
Quizás la afirmación del filósofo Whitehead: «Toda la filosofía europea ha sido notas a pie de página de Platón» pueda resultar exagerada, pero no hay duda de que Platón sentó las bases del sistema filosófico occidental. No en vano fue el primero que de una manera organizada pensó sobre lo pensado, sobre nuestra manera de construir e interpretar la realidad, y colocó a la filosofía en un espacio clave sin el cual no podríamos entender nuestro pasado.
