Portada » Filosofía » Aristóteles: contexto sociopolítico, metafísica, ética, alma y teoría del conocimiento
Aristóteles fue un filósofo macedonio nacido en Estagira en el 384 a.C. A los dieciocho años fue enviado por sus padres a Atenas, donde estudió veinte años en la Academia platónica hasta la muerte de su fundador. Tras ello, atendió la llamada de Filipo II de Macedonia para ser tutor de su hijo, Alejandro Magno. Cuando su periodo de instrucción terminó, regresó a Atenas y fundó su propia escuela: el Liceo, cuyos discípulos fueron llamados peripatéticos. Sin embargo, la muerte de Alejandro Magno provocó una reacción anti-macedónica en Atenas, por lo que Aristóteles tuvo que huir de la ciudad y refugiarse en Eubea, donde finalmente murió en el 322 a.C.
Aristóteles vivió al final del periodo helénico y al inicio del helenístico, periodo que se caracteriza por el descubrimiento del individuo y el giro del interés hacia sí mismo, la disolución de prejuicios etnocentristas, la propagación de ideales cosmopolitas y la transformación de la cultura helénica en helenística.
Aristóteles consideró la metafísica, o «filosofía primera», como la ciencia que estudia al ente en cuanto ente, además de sus propiedades, causas y principios. Se diferencia de las restantes ciencias en que éstas se centran en el estudio de aspectos particulares del ente, mientras que la metafísica es una ciencia general.
Aristóteles afirma que el término «ser» puede predicarse de muchas maneras: no es ni totalmente equívoco ni totalmente unívoco. Al hablar de ser nos referimos al ser en cuanto ser y también a sus accidentes. Los distintos usos del verbo «ser» comparten algo que les da unidad; hacen referencia a un mismo sentido. El ser se presenta en dos categorías principales: la sustancia y los accidentes.
Sustancia: todo aquello que existe de forma independiente y sirve de soporte a las propiedades. Accidentes: aquello que se predica de la sustancia y necesita de ésta para existir. Además, Aristóteles distingue dos clases de sustancia:
El hilemorfismo es la doctrina aristotélica según la cual todo ser natural está compuesto de materia y forma. La materia (hylé) es aquello de lo que está hecha una cosa; el sustrato físico, que espera la recepción de una forma. La forma (morphé) es lo que hace que algo sea lo que es: organiza la materia y es considerada la esencia. Ambas deben existir conjuntamente, salvo en el caso de las esencias puras.
Aristóteles distingue dos niveles de materia:
Un ente puede ser algo actualmente o solo tener la posibilidad de serlo. El ser en acto (energeia / entelequia) es lo que una cosa es actualmente; es el ser que ha adquirido una forma. El ser en potencia (dynamis) es lo que una cosa no es pero podría ser; la capacidad de recibir una forma. El movimiento se explica como el tránsito de la potencia al acto: la actualización de la potencia.
La potencia de un ente viene definida por su esencia. El acto prevalece sobre la potencia en cuanto realización de una determinada realidad. Además, la potencia puede identificarse con la materia, ya que ésta está a la espera de adquirir una forma; el acto puede identificarse con la forma, pues es la actualización máxima de la potencia, la esencia del ente. A menor potencia, mayor perfección del ente y viceversa.
El acto puro corresponde a Dios, puesto que es el acto perfectísimo, sin potencia: la forma pura. Es el pensamiento que se piensa a sí mismo. La causa es aquello sin lo que el efecto no se produciría; el acto puro es la causa final que mueve al mundo, del mismo modo que lo que es amado atrae al amante. Esta idea explica también la imposibilidad de una serie infinita de causas y efectos: si existiera una serie infinita, el primer motor inmóvil no sería causa sino efecto.
La física es la ciencia que estudia al ser natural. Aristóteles ofrece distintos sentidos de la noción de naturaleza o phýsis:
Antes de Aristóteles se había negado la posibilidad del cambio, pues no era evidente cómo transitar del ser al no-ser. Aristóteles postuló que existen dos modos de ser: el ser relativo y el ser absoluto, y que el cambio es el tránsito de la potencia al acto; del ser relativo al ser absoluto. Es la actualización de lo que está en potencia en cuanto tal.
Asimismo, distingue dos tipos de cambio:
Aristóteles distingue causas intrínsecas y extrínsecas. A grandes rasgos:
Para Aristóteles el cosmos es un sistema finito, eterno y teleológicamente ordenado. Está formado por esferas y dividido por el orbe lunar, que separa el mundo sublunar del mundo supralunar. El primer motor atrae a la esfera de las estrellas fijas; ésta mueve a la esfera de Saturno y así sucesivamente hasta el orbe lunar. El movimiento del orbe supralunar es circular y su composición es el éter.
El mundo sublunar está formado por los cuatro elementos, que se encuentran mezclados. El movimiento en este mundo es «natural» y orientado a una finalidad: volver al orbe al que pertenecían en su origen. Por ello el fuego y el aire ascienden (son ligeros), mientras que el agua y la tierra descienden.
Aristóteles sostiene que el ser humano está compuesto por alma y cuerpo; su unión es necesaria, análoga a la unión de materia y forma. El alma es la parte sustancial humana, el acto que da vida al cuerpo. Otorga al cuerpo el principio de movimiento y necesita del cuerpo para existir; por ello se considera mortal en sentido general. Asimismo, no sólo los seres humanos poseen alma: todos los seres vivos requieren de un alma que actualice la vida en su cuerpo.
Aristóteles distingue tres tipos de alma:
Aristóteles fue uno de los primeros empiristas: defendió que el conocimiento se origina en la experiencia sensible. El verdadero conocimiento se alcanza mediante el estudio de los entes físicos.
El conocimiento, según Aristóteles, debe apoyarse en:
La ética se ocupa del carácter humano y propone la felicidad como fin al que se dirige la acción humana. Aristóteles entiende la felicidad (eudaimonía) como una actividad: nace de la actividad y es el resultado de los hábitos.
Distingue las virtudes dianoéticas de las virtudes éticas. Las virtudes dianoéticas se alcanzan gracias al cultivo de la razón: destacan la sabiduría, la prudencia y el arte. La prudencia (phronésis) es el ejercicio correcto de la razón que ayuda a determinar racionalmente la conducta virtuosa. La sabiduría es la virtud que se alcanza cuando se conocen las realidades superiores al ser humano; al alcanzarla, se llega a la felicidad y a rozar lo divino.
Las virtudes éticas se logran mediante el dominio y sometimiento del deseo a la razón. No se obtienen con una sola acción, sino por la repetición habitual (hábitos). Mientras los hábitos positivos nos encaminan hacia la virtud, los hábitos negativos nos llevan al vicio. Por tanto, debe encontrarse un término medio (mesotés) entre los extremos, apropiado a las capacidades de cada persona. Cuando la razón no modera los impulsos, surgen conductas viciosas que nos alejan de la virtud. Ejemplos de virtudes son la valentía, la generosidad y la templanza; sus vicios correspondientes son la cobardía y la temeridad, la tacañería y la prodigalidad, y la abstinencia extrema y el desenfreno, respectivamente.
La política se ocupa del bien común, que según Aristóteles es el bien más noble y prioritario. El ser humano es un animal social: necesita formar parte de una comunidad. Por tanto, la naturaleza humana exige la existencia del Estado. Sin un Estado que persiga el bien común no habría condiciones suficientes para que los individuos logren plenamente su propio bien.
Los gobiernos justos persiguen el bien común: si gobierna una sola persona es una monarquía, si gobiernan unos pocos es una aristocracia y, si gobiernan todos, una democracia. Los gobiernos desviados persiguen el interés particular del gobernante: si gobierna uno es tiranía, si gobiernan unos pocos es oligarquía y, si gobiernan todos, demagogia.
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