Portada » Filosofía » Antropología Filosófica Clásica: Sócrates, Platón y Aristóteles sobre el Alma y la Ética
En el siglo V a. C., con el auge de la democracia ateniense, la filosofía experimenta un profundo cambio conocido como el giro antropológico: el interés deja de centrarse en el cosmos para dirigirse al propio ser humano (ánthropos). En el contexto de la polis, donde la participación política exige el uso del logos, surge la pregunta fundamental: ¿qué es el hombre y qué lo distingue del resto de los seres de la naturaleza? La respuesta se vincula estrechamente con la areté (virtud) y con la capacidad racional y moral del ser humano.
Este giro se produce en un contexto de crisis histórica y política: tras el esplendor democrático de Atenas, la derrota en la Guerra del Peloponeso (431–404 a. C.), la victoria de Esparta, el gobierno de los Treinta Tiranos y, finalmente, la ejecución de Sócrates en 399 a. C. provocan una profunda crisis moral que impulsa la reflexión sobre la naturaleza humana y el sentido de la vida.
Sócrates inaugura esta nueva antropología filosófica con su defensa del cuidado del alma (epiméleia heautou) y su principio central: “conócete a ti mismo”. Para él, el alma es el principio vital y racional del ser humano y la sede de la moral. Defiende el intelectualismo moral, según el cual nadie obra mal a sabiendas y el mal es fruto de la ignorancia. Su método, basado en la ironía y la mayéutica, busca despertar la razón del interlocutor mediante el diálogo. Además, su daimónion actúa como guía interior, y su obediencia a las leyes hasta la muerte muestra la coherencia entre su filosofía y su vida.
Platón desarrolla una antropología de carácter dualista. A su dualismo ontológico entre mundo inteligible y mundo sensible corresponde un dualismo antropológico entre alma y cuerpo. El alma (psyché), simple e inmortal, preexiste al cuerpo y sobrevive a él, como explica la teoría de la reminiscencia. Su estructura es tripartita:
La armonía entre estas partes produce la justicia. El mito del carro alado simboliza la razón como guía del ser humano.
Aristóteles rechaza el dualismo platónico y afirma la unidad esencial de la persona mediante el hilemorfismo: toda sustancia es unión de materia (cuerpo) y forma (alma). Distingue tres tipos de alma:
La finalidad de la vida es la eudaimonía, alcanzada viviendo según la razón y la virtud.
En conclusión, Sócrates inaugura la reflexión ética sobre el alma, Platón afirma su inmortalidad y primacía, y Aristóteles defiende la unidad cuerpo–alma, fundamentando la dignidad del ser humano y la exigencia de una vida racional y virtuosa.
La ética nace con el giro antropológico de la filosofía griega, cuando la reflexión deja de centrarse en la naturaleza para ocuparse del ser humano y de su modo de vida. El problema fundamental pasa a ser: ¿qué es el bien y qué significa vivir bien y ser feliz? Desde este momento, la areté (virtud) se convierte en el criterio esencial de la conducta, y la ética se vincula directamente con la razón, la felicidad y la vida buena (ethos).
Sócrates es el punto de partida de esta reflexión moral. Su ética se basa en el intelectualismo moral, según el cual la virtud es conocimiento: quien conoce el bien, actúa bien, y nadie obra mal a sabiendas. El mal procede siempre de la ignorancia, no de una voluntad malvada. Por ello, la razón debe guiar la acción y la educación es el camino hacia la virtud. Sócrates defiende el cuidado del alma y sostiene que la vida virtuosa consiste en saber qué es el bien y actuar conforme a él. Su muerte ejemplar muestra que no se puede obrar contra la justicia sin traicionar la propia conciencia moral.
Platón profundiza en esta concepción y la hace más compleja. Para él, no basta con el autoconocimiento: es necesario ascender intelectualmente hasta la contemplación de la Idea del Bien, que solo los filósofos pueden alcanzar plenamente. La virtud se explica a partir de la estructura tripartita del alma:
Cuando estas tres partes actúan en armonía, surge la justicia, que es la virtud suprema. Esta concepción se proyecta también en la organización política de la polis.
Aristóteles ofrece una ética más realista y ligada a la experiencia. El fin último de la vida humana es la eudaimonía, entendida como felicidad lograda mediante el ejercicio constante de la virtud. La virtud es un hábito adquirido por la repetición y consiste en el término medio entre dos extremos viciosos. Distingue entre virtudes éticas y virtudes dianoéticas, ambas necesarias para una vida lograda.
En conclusión, Sócrates identifica virtud y saber, Platón concibe la virtud como armonía del alma gobernada por la razón y Aristóteles la entiende como hábito racional que conduce a la felicidad. De una ética ideal se pasa así a una ética práctica y humana, cuya vigencia sigue presente en la educación moral y en la búsqueda responsable de la felicidad.
