Portada » Filosofía » Descartes y el cogito: la duda metódica y su vigencia en la epistemología moderna
Nos encontramos ante un texto de René Descartes, filósofo racionalista del siglo XVII, perteneciente a la Edad Moderna y considerado el padre de la filosofía moderna. Su pensamiento surge en un contexto de profunda crisis del saber tradicional, marcado por la revolución científica, el cuestionamiento de la autoridad aristotélica y la necesidad de encontrar un nuevo fundamento seguro para el conocimiento tras veintiún siglos de asentamiento en el sistema aristotélico-tomista.
[El texto se sitúa en la Primera Meditación, en la que Descartes introduce la duda metódica como instrumento para eliminar todas las creencias que no sean absolutamente ciertas. / El texto pertenece a la Segunda Meditación, en la que Descartes descubre el cogito como primera verdad indudable y afirma la existencia del yo como sustancia pensante.]
Descartes se inscribe en el racionalismo moderno, corriente que defiende la razón como la principal fuente del conocimiento verdadero, frente al empirismo que confía en la experiencia sensible. Su argumentación es racional y deductiva, ya que parte de principios evidentes para construir el conocimiento de forma lógica y necesaria.
El problema filosófico que plantea el texto es cómo alcanzar un conocimiento absolutamente cierto y seguro frente a la posibilidad del error y el engaño. El tema del texto es la búsqueda de la verdad indudable que sirva como fundamento del conocimiento, concretada en el descubrimiento del cogito. La tesis defendida por Descartes es que la existencia del yo como ser pensante constituye la verdad absolutamente cierta e indudable, incluso cuando se duda de todo lo demás.
Para explicar la idea principal del texto es necesario recurrir a la duda metódica cartesiana, que consiste en poner en cuestión todo aquello que pueda ser dudoso con el objetivo de encontrar la verdad absolutamente cierta. Descartes duda de los sentidos, del razonamiento y de la existencia del mundo exterior, llegando incluso a plantear la hipótesis del genio maligno. Sin embargo, en el propio acto de dudar, Descartes descubre que no puede dudar de que está dudando y pensando. De este modo surge el cogito ergo sum (“pienso, luego existo”), primera verdad indudable que no se deduce, sino que se intuye de forma inmediata.
De este modo, Descartes fundamenta el conocimiento en la razón y en las ideas claras y distintas, estableciendo un nuevo modelo filosófico que rompe con la tradición anterior.
En la actualidad vivimos en un contexto caracterizado por la sobreabundancia de información, la dificultad para distinguir la verdad del error y la proliferación de opiniones carentes de fundamento racional. Ante esta situación, considero necesario preguntarme si el método cartesiano, formulado en el siglo XVII, sigue siendo útil hoy en día para alcanzar un conocimiento verdadero y fundamentado. ¿Cómo distinguir lo verdadero de lo falso en un mundo saturado de información y apariencias?
Desde mi punto de vista, el método cartesiano conserva plenamente su validez en la actualidad, ya que ofrece un criterio racional para distinguir lo verdadero de lo falso y evita aceptar como cierto aquello que no está suficientemente justificado desde el punto de vista de la razón. ¿No resulta necesario, precisamente hoy, un método que nos obligue a justificar racionalmente aquello que afirmamos como verdadero?
Desde una perspectiva ontológica, considero que la realidad no puede ser comprendida de manera inmediata ni superficial, puesto que no todo lo que se presenta como verdadero lo es realmente. En este sentido, el método cartesiano resulta especialmente útil, ya que exige fundamentar el conocimiento en principios claros y evidentes, evitando una concepción engañosa de la realidad basada únicamente en la apariencia o en la opinión. ¿Podemos afirmar que algo es verdaderamente real sin haberlo sometido previamente al examen de la razón?
La duda metódica no implica una negación de la realidad, sino un procedimiento racional que permite depurar el conocimiento, separando lo que es verdaderamente real de lo que solo parece serlo. Desde esta perspectiva, el método cartesiano contribuye a un acceso más riguroso a la naturaleza de las cosas, al exigir una reflexión racional previa a cualquier afirmación sobre el ser. ¿No es precisamente esta actitud crítica la que permite evitar el error y el engaño?
Asimismo, el criterio cartesiano de las ideas claras y distintas permite establecer qué puede considerarse verdaderamente real, ya que solo aquello que se presenta de forma clara y distinta al entendimiento puede afirmarse legítimamente como existente. De este modo, el método cartesiano adquiere una clara validez ontológica, al funcionar como criterio para determinar la realidad de las cosas.
En conclusión, defiendo que el método cartesiano sigue siendo útil en la actualidad desde un punto de vista ontológico, ya que permite fundamentar racionalmente la realidad, distinguir lo verdadero de lo aparente y ofrecer un acceso riguroso y crítico a la naturaleza de las cosas. ¿No sigue siendo esta, al fin y al cabo, una de las tareas fundamentales de la filosofía?
Platón afrontaría este mismo problema desde una perspectiva claramente distinta a la de Descartes. Para Platón, el conocimiento verdadero no se fundamenta en el sujeto pensante, sino en la existencia objetiva de un mundo inteligible compuesto por Ideas eternas, inmutables y universales, que constituyen la auténtica realidad.
El método platónico se basa en el diálogo y la dialéctica como forma de acceso al conocimiento, mientras que Descartes utiliza el método cartesiano, que adopta la forma de un monólogo interior mediante el cual el sujeto reflexiona por sí mismo. No obstante, ambos autores coinciden en considerar la razón como una facultad universal y común a todos los seres humanos.
Mientras Descartes busca la certeza en el cogito como primera verdad indudable, Platón distingue entre doxa (opinión) y epistéme (conocimiento verdadero), afirmando que solo mediante el uso de la razón y el ejercicio de la dialéctica el alma puede acceder al mundo de las Ideas.
En la teoría del conocimiento de Platón, el mundo sensible es cambiante, imperfecto y fuente de error, mientras que para Descartes las verdaderas ideas son aquellas que se presentan de forma clara y distinta y, por ello, no pueden ser puestas en duda. Ambos filósofos desconfían de los sentidos y se enfrentan al escepticismo con el objetivo de alcanzar verdades absolutas y universales.
En la antropología platónica, el alma es inmortal y eterna, existe con anterioridad a su unión con el cuerpo en el mundo de las Ideas y está compuesta por tres partes: racional, irascible y concupiscible. En cambio, para Descartes el alma es una sustancia pensante creada por Dios, cuya inmortalidad no se establece del mismo modo que en Platón.
La verdad suprema para Platón se encuentra en la Idea del Bien, que ilumina el conocimiento y garantiza la verdad y el ser de las demás Ideas, del mismo modo que Dios actúa en Descartes como garantía última de la verdad de las ideas claras y distintas.
Sin lugar a duda, la principal diferencia entre ambos autores reside en que la filosofía platónica se orienta fundamentalmente hacia la ética, la política y la justicia, culminando en su proyecto del Estado ideal. Por el contrario, la filosofía cartesiana se centra principalmente en el problema del conocimiento y en una moral provisional de carácter privado, subordinada al correcto uso del método racional.
