Portada » Historia » Historia y Evolución del Franquismo en España (1939-1975)
Durante estos años se consolidó la organización política del Estado mediante las Leyes Fundamentales y la llamada democracia orgánica. En el ámbito económico se mantuvo la autarquía, basada en la autosuficiencia económica, lo que provocó escasez de productos, racionamiento y un importante atraso económico. A nivel social continuaron la censura, la propaganda y el control ideológico ejercido por el Estado y la Iglesia.
A partir de 1959 comenzó la última etapa del franquismo. El Plan de Estabilización puso fin a la autarquía y abrió la economía española al exterior. Esto permitió un importante crecimiento económico durante los años sesenta, conocido como desarrollismo, favorecido por la industrialización, el turismo y la emigración. Sin embargo, el régimen siguió siendo una dictadura y no introdujo cambios democráticos. Al mismo tiempo aumentó la oposición de estudiantes, trabajadores y movimientos nacionalistas, lo que debilitó progresivamente al sistema.
Finalmente, la muerte de Franco en 1975 puso fin a la dictadura. A partir de ese momento se inició la Transición democrática, durante la cual se recuperaron las libertades políticas, se legalizaron los partidos y sindicatos y se aprobó la Constitución de 1978. Como resultado, España pasó de una dictadura a una monarquía parlamentaria democrática.
El franquismo fue el régimen dictatorial que gobernó España desde el final de la Guerra Civil en 1939 hasta la muerte de Francisco Franco en 1975. Durante este periodo desapareció el sistema democrático, ya que Franco acumuló todos los poderes políticos y gobernó de forma autoritaria. En sus primeros años, el régimen mostró una clara influencia de los modelos fascistas europeos, aunque después de la Segunda Guerra Mundial adoptó una imagen más vinculada al catolicismo y a los valores tradicionales. La falta de libertades, la censura y la persecución de la oposición fueron algunas de sus principales características.
La dictadura se sostuvo gracias al apoyo de distintos sectores:
Dentro del franquismo convivían diversos grupos, como militares, falangistas, católicos y monárquicos, entre los que Franco mantenía el equilibrio para asegurar su control absoluto.
El régimen ejerció un importante control sobre la sociedad. Los medios de comunicación estuvieron sometidos a censura y la propaganda se difundió mediante la radio, el cine y organizaciones juveniles como el Frente de Juventudes o la Sección Femenina. Asimismo, la educación quedó bajo la supervisión del Estado y de la Iglesia, transmitiendo valores de disciplina, obediencia y religión. La asignatura de Formación del Espíritu Nacional servía para inculcar los principios del régimen, y la enseñanza mantenía una clara separación entre alumnos y alumnas.
Tras la victoria franquista en la Guerra Civil, miles de personas relacionadas con la República se vieron obligadas a abandonar España para evitar las represalias del nuevo régimen. Aunque el exilio comenzó durante la guerra, alcanzó su punto máximo en 1939, cuando alrededor de medio millón de personas cruzaron la frontera. La mayoría se instaló en Francia, donde muchos fueron internados en campos de refugiados en condiciones muy precarias. Otros se trasladaron al norte de África o a diversos países americanos, especialmente México, que acogió a numerosos intelectuales, profesores y científicos. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos exiliados colaboraron en la lucha contra el nazismo y otros acabaron deportados a campos de concentración alemanes.
La represión franquista en la posguerra fue intensa y organizada. El régimen aprobó leyes destinadas a perseguir a los vencidos, como la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 o la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo de 1940. Además, se llevaron a cabo juicios militares, encarcelamientos, ejecuciones y trabajos forzados. También se realizaron depuraciones de funcionarios y docentes considerados contrarios al régimen. A todo ello se sumaron la censura, la vigilancia policial y la prohibición de las lenguas cooficiales, creando un clima de temor y control sobre la población.
En los primeros años del franquismo la oposición tuvo pocas posibilidades de actuación. Destacó la actividad del maquis, formado por antiguos combatientes republicanos que desarrollaron acciones guerrilleras en áreas rurales entre 1939 y la década de 1950, aunque sin lograr debilitar al régimen. También fracasaron intentos como la invasión de la Vall d’Aran en 1944. A partir de los años cincuenta, la oposición fue adoptando nuevas formas de protesta mediante huelgas obreras, movilizaciones estudiantiles y reivindicaciones sociales en ciudades como Madrid, Barcelona o Asturias. Sin embargo, la falta de libertades y la continua represión permitieron al régimen mantener el control político durante muchos años.
El régimen franquista se fue consolidando mediante un conjunto de Leyes Fundamentales aprobadas entre 1938 y 1967, ya que no existía una constitución democrática. Entre estas leyes destacaron el Fuero del Trabajo, el Fuero de los Españoles y la Ley Orgánica del Estado. Franco acumuló todos los poderes del Estado y suprimió el pluralismo político, prohibiendo los partidos políticos y las elecciones libres.
El régimen se definía como una «democracia orgánica», en la que la participación de los ciudadanos no se realizaba a través de partidos, sino mediante tres instituciones consideradas básicas: la familia, el municipio y el sindicato. En 1942 se crearon las Cortes franquistas, un órgano de carácter consultivo sometido totalmente a la autoridad de Franco. Sus miembros, llamados procuradores, pertenecían al Movimiento Nacional o eran designados por el propio régimen, por lo que no representaban la voluntad popular. Más adelante, la Ley Orgánica del Estado de 1967 reforzó esta estructura política.
Se implantó el sindicato vertical, integrado en la Organización Sindical Española (OSE), que agrupaba en una misma organización a empresarios y trabajadores bajo el control del Estado y de la Falange. Los sindicatos independientes fueron prohibidos, así como el derecho de huelga y la negociación colectiva libre. Aun así, el régimen impulsó algunas medidas de carácter social, como seguros laborales y universidades laborales destinadas a formar trabajadores cualificados, aunque sin reconocer auténticas libertades sindicales.
Tras el final de la Guerra Civil, el franquismo implantó una política económica basada en la autarquía, es decir, en la búsqueda de la autosuficiencia económica y en una fuerte intervención del Estado en todos los sectores productivos. El gobierno controlaba el comercio exterior, fijaba precios y regulaba la producción, lo que generó frecuentes problemas de abastecimiento y una escasez constante de productos básicos.
Con el objetivo de impulsar la industrialización, en 1941 se creó el Instituto Nacional de Industria (INI), encargado de promover sectores considerados estratégicos. Gracias a este organismo surgieron importantes empresas públicas, entre ellas SEAT y RENFE. En el sector agrario se fundó el Instituto Nacional de Colonización (INC), que buscaba aumentar la producción mediante la ampliación de los regadíos y la creación de nuevos asentamientos rurales. Además, se llevaron a cabo importantes obras hidráulicas, especialmente la construcción de embalses.
Las consecuencias de esta política fueron, en general, negativas. El nivel de vida de la población descendió y la recuperación económica fue muy lenta. Para controlar la distribución de los productos se implantaron las cartillas de racionamiento entre 1939 y 1952. Al mismo tiempo, se extendió el estraperlo, un mercado negro donde los productos se vendían a precios muy elevados. Esta situación favoreció la corrupción, provocó la emigración hacia América Latina y permitió al régimen utilizar la escasez como un instrumento de control social.
El franquismo comenzó en 1939 como una dictadura personalista y autoritaria. En su etapa inicial (1939-1945), adoptó rasgos fascistas y se apoyó en el nacionalcatolicismo. Franco actuó como árbitro entre las distintas «familias» del régimen para mantener el poder absoluto. Esta posguerra estuvo marcada por una represión brutal que provocó ejecuciones y cárceles llenas.
En su etapa de desarrollo (1945-1959), tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen se alejó del fascismo para sobrevivir al aislamiento, definiéndose como católico y anticomunista. El Estado se institucionalizó bajo el sistema de democracia orgánica, con unas Cortes subordinadas a Franco creadas en 1942. En el plano laboral se impuso el sindicato vertical, prohibiendo las huelgas.
La fase final del franquismo (1959-1975) arrancó con el Plan de Estabilización de 1959, que puso fin a la autarquía abriendo la economía al exterior. Esto generó el «desarrollismo» de los años sesenta, caracterizado por un gran crecimiento industrial, el bum del turismo y la emigración hacia Europa. A pesar de la modernización social, la dictadura mantuvo la falta de libertades, desgastando el régimen. La oposición se trasladó a las ciudades mediante protestas estudiantiles y huelgas obreras que sufrieron una dura represión.
Como consecuencias globales, el franquismo supuso el exilio de 500.000 personas, el hundimiento de la natalidad y una sociedad dividida. Culturalmente se impuso un control educativo que separaba por sexos e implantaba la Formación del Espíritu Nacional. Tras la muerte de Franco en 1975, la gran consecuencia final fue el inicio de la Transición, que devolvió las libertades, legalizó los partidos y aprobó la Constitución de 1978.
