Portada » Lengua y literatura » Generación del 27 y la novela española (1939-1974): autores, etapas y obras clave
La Generación del 27 es el nombre que recibe un grupo de poetas que publicó sus obras más importantes entre 1920 y 1935 y que constituye la promoción poética más brillante del siglo XX español. Supieron unir la tradición literaria española con las corrientes vanguardistas europeas, logrando una poesía innovadora sin romper con el pasado. El nombre procede del homenaje a Góngora celebrado en 1927 en el Ateneo de Sevilla, que supuso la revalorización del Barroco y de la metáfora como eje del lenguaje poético.
El grupo se formó en torno a la Residencia de Estudiantes de Madrid y al Centro de Estudios Históricos. Compartieron amistad, formación universitaria, prestigio intelectual y, en general, una ideología liberal o republicana. Revistas como La Revista de Occidente difundieron sus obras.
Junto a ellos se vinculan diversas escritoras como Concha Méndez, Carmen Conde y Ernestina Champourcín.
Desde el punto de vista estético, buscan el equilibrio entre lo intelectual y lo emotivo, entre pureza formal y humanidad, entre lo culto y lo popular, y entre lo universal y lo español. Aunque cada autor posee una voz propia, comparten rasgos comunes.
Destaca la mezcla de tradición y modernidad: reciben influencias del romancero, Garcilaso, Bécquer, Fray Luis, San Juan, Quevedo o Lope de Vega, y especialmente de Góngora, junto al influjo de Juan Ramón Jiménez y de las vanguardias. Cultivan tanto estrofas clásicas (sonetos, romances) como el verso libre y las innovaciones tipográficas.
Otro rasgo esencial es el uso intenso de la imagen y la metáfora, con un lenguaje brillante y sugerente. Los temas son muy variados:
La evolución del grupo suele dividirse en tres etapas:
Marcada por la poesía pura, el influjo de Juan Ramón Jiménez y las vanguardias, con una tendencia a la deshumanización, al rigor formal y al hermetismo. Son representativas obras como Aire nuestro de Guillén o La voz a ti debida de Salinas, junto a libros ultraístas o surrealistas iniciales.
Supone una rehumanización de la poesía, impulsada por el surrealismo, las crisis personales y el contexto histórico. Se recuperan los sentimientos humanos, el tono neorromántico y la libertad expresiva, como en Sobre los ángeles de Alberti o Poeta en Nueva York de Lorca.
Se caracteriza por la dispersión del grupo: muerte de Lorca, exilio de muchos poetas y permanencia de otros en España. La poesía se vuelve más humana, existencial y social, marcada por el dolor, el exilio, la censura y la reflexión sobre el sentido de la vida. Destacan Hijos de la ira de Dámaso Alonso, la poesía del exilio de Cernuda o Alberti, y la obra final de Miguel Hernández, considerado epígono del 27.
En conjunto, la Generación del 27 dejó una obra poética de enorme riqueza e influencia, fundamental para entender la poesía española contemporánea.
La novela española entre 1939 y 1974 está profundamente marcada por las consecuencias de la Guerra Civil y por la dictadura franquista, que condicionan tanto los temas como las formas narrativas. Una de las primeras consecuencias del conflicto fue el exilio de numerosos escritores, que desde fuera de España expresaron su oposición al régimen y reflexionaron sobre la guerra, la España perdida, la nostalgia, el desarraigo y la imposibilidad del regreso.
Entre los novelistas del exilio destacan:
La década de los cuarenta fue la más dura de la posguerra. La censura y el aislamiento cultural provocaron una ruptura con la tradición literaria anterior, ya que se prohibieron las novelas sociales de preguerra, las obras de los exiliados y muchos modelos extranjeros. En este contexto surge una novela existencial, caracterizada por una visión amarga de la realidad y centrada en temas como la soledad, la muerte, la frustración, la angustia vital y la incomunicación. Aunque refleja el malestar social, la censura impide la denuncia directa, por lo que el conflicto se traslada al plano individual.
La obra fundamental es La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, que inaugura el tremendismo, corriente que acentúa los aspectos más violentos y sórdidos de la realidad. Otras novelas destacadas de la década son Nada (1945), de Carmen Laforet, denuncia implícita de la miseria moral de la posguerra, y La sombra del ciprés es alargada (1947), de Miguel Delibes. Junto a ellas continúan el realismo tradicional autores como Ignacio Agustí o Zunzunegui.
En los años cincuenta la angustia existencial da paso a la novela social, dominante entre 1951 y 1962. Conviven dos generaciones: la Generación del 36 (Cela, Delibes, Torrente Ballester) y la Generación del medio siglo, formada por autores como Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Juan y Luis Goytisolo, Ignacio Aldecoa o Carmen Martín Gaite.
La obra que inaugura esta tendencia es La colmena (1951), de Cela, una novela de protagonista colectivo que retrata con crudeza la sociedad madrileña de posguerra. A partir de 1954 se consolida el realismo social, caracterizado por la solidaridad con los humildes, la crítica de la sociedad española y el deseo de cambio. Los temas principales son la vida rural, las relaciones laborales, el mundo urbano marginal y, en contraste, la burguesía ociosa. Desde el punto de vista técnico, se privilegia el contenido sobre la forma, la narración lineal, el diálogo y el lenguaje coloquial.
Dentro del realismo social se distinguen dos orientaciones:
La obra de Ana María Matute se ha calificado como realismo lírico.
En la década de los sesenta se produce un agotamiento del realismo social y surge la novela experimental, que busca conciliar la crítica social con la renovación formal. La censura se relaja y los novelistas incorporan influencias de la narrativa europea, norteamericana e hispanoamericana.
Las novelas experimentales presentan estructuras fragmentarias, ruptura del argumento tradicional, saltos temporales, monólogo interior, estilo indirecto libre, uso de la segunda persona, finales abiertos y mezcla de registros lingüísticos. La obra clave es Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, que inaugura esta nueva etapa.
A partir de ella destacan obras como Últimas tardes con Teresa (Marsé), Cinco horas con Mario (Delibes), Señas de identidad (Juan Goytisolo), San Camilo, 1936 (Cela) o La saga/fuga de J. B. (Torrente Ballester).
En los años setenta continúa el experimentalismo, especialmente en la llamada Generación del 68, con una narrativa minoritaria, imaginativa y alejada del realismo. Sin embargo, a partir de 1975, con la llegada de la democracia, se produce una vuelta al placer de contar historias, recuperando la intriga y formas narrativas más accesibles.
La obra clave de esta transición es La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, que anuncia la nueva narrativa de la España democrática.
