Portada » Arte » Evolución del Arte Occidental: Del Románico al Barroco
La manifestación más clara de la arquitectura románica son las iglesias. Muchos de estos edificios albergaban reliquias de santos, consideradas sagradas para sus fieles, y por lo tanto fueron centros de peregrinación que recibían viajeros de toda Europa.
Para generar un espacio eficiente, tanto para la liturgia habitual como para el culto de las reliquias, durante el románico se desarrolló un tipo de planta con naves laterales, crucero y ábside con capillas, que permitía la circulación de los peregrinos por la iglesia. Las iglesias se orientaban de oeste a este y la forma de esta planta, conocida como cruz latina, se asoció simbólicamente con la crucifixión de Cristo.
Los rasgos más característicos de las construcciones fueron las coberturas abovedadas, normalmente resueltas con bóvedas de cañón corrido y de crucería; aunque en algunas regiones de Francia también se emplearon pequeñas cúpulas para techar los tramos de las naves. El crucero tenía una cobertura en forma de cimborrio, generalmente con techumbre plana. Para resistir el empuje de la cobertura abovedada, las paredes eran gruesas y macizas y sus aberturas estrechas, de forma abocinada.
Su manifestación más característica son los relieves, especialmente los que se ubicaban en los portales de las iglesias. Otro soporte de relieves fueron los capiteles de las columnas. Se trata, en todos los casos, de una escultura sintética, repetitiva y esquemática, sin intención de realismo o naturalismo.
Los temas más importantes fueron los bíblicos, sobre todo la imagen de Cristo Juez del mundo (Pantocrátor) en el portal principal. También se representaron santos, relatos evangélicos, escenas fantásticas y parábolas.
Gran parte de la pintura románica se ha perdido. Han quedado manifestaciones de decoraciones en iglesias, realizadas con la técnica del fresco, y escasos ejemplos de pintura sobre tabla e ilustraciones de libros. En Italia son comunes, además, las decoraciones realizadas con mosaico.
Del mismo modo que sucedió con la escultura, la función de la pintura era narrativa, por lo tanto, la mayor preocupación de los artistas era la claridad y la expresividad de las imágenes. Estas toman formas esquemáticas y sintéticas, con rasgos convencionales que se repiten en distintas obras.
Estuvo basada en el concepto de la luz como fundamento y símbolo de la divinidad:
Se caracterizó por representaciones naturales:
Reconocida como tal a partir del siglo XIV. Se destacó en las obras religiosas para representar a Cristo, los santos, los ángeles y las vírgenes. Sus características incluyen:
Se divide en dos etapas principales:
Se inspiraron en las antiguas culturas griega y romana, en especial, por el nivel de detalle y realismo. Buscaban romper con el estilo gótico y se basaron en la perfección de las representaciones, a través de cálculos matemáticos y geométricos para obtener proporciones reales.
En la escultura se destacaron los detalles perfeccionistas y proporcionales del cuerpo humano debido a que los artistas adquirían, cada vez más, conocimientos sobre anatomía, física y matemáticas, además de la observación. Las obras solían ser plasmadas en mármol y bronce. Los más reconocidos escultores y arquitectos fueron Miguel Ángel y Donatello.
Perfecta representación de los detalles, en cuanto al balance, la armonía y la perspectiva. La nueva técnica al óleo sobre el lienzo, que predominó sobre la clásica pintura al temple o témpera de secado rápido, permitió perfeccionar el efecto de las luces y las sombras, logrando mayor realismo en los retratos y cuerpos desnudos.
Prioridad por las líneas curvas y en diagonal. Temas religiosos, mitológicos, retratistas y bodegones. La luz crea movimiento y atmósfera, lo que posteriormente se llamará tenebrismo. El tenebrismo consiste en proyectar sobre un fondo oscuro un foco de luz, ya sea natural o artificial, creando un juego de luces y sombras sobre la escena que se quiera destacar.
Material: Mármol en el que se consigue diferente textura en pliegues, carnaciones, pelo, barbas y velos.
El Ara Pacis, «altar de la paz», es un espacio cuadrangular sobre un podio que puede ser visitado también por dentro, donde se encuentra propiamente el altar, si bien los relieves más importantes se concentran en sus cuatro caras exteriores. El acceso al interior se realiza por la cara oeste a través de una escalinata por la que accedía el sacerdote oficiante y hay otra entrada en el lado oriental por la que entraban los animales a sacrificar.
En la cara oeste y este hay relieves mitológicos, muchos de ellos relacionados con la fundación de Roma. En la cara este se representa a la diosa de la Tierra Tellus, que lleva en sus brazos a dos niños y está rodeada de plantas, frutos y animales. En el interior, en la franja superior, hay una decoración con cráneos de buey, flores y frutas. En el registro del friso exterior superior lateral se muestra la procesión en honor de la Pax Augusta.
La sensación de profundidad está conseguida mediante el agrandamiento de las figuras u objetos más próximos al observador y dotándolos de un mayor volumen. Con esta técnica se consigue dotar a la obra de distinciones jerárquicas. En ambos lados de la puerta principal se pueden observar dos relieves: en uno de ellos se puede observar representado al dios Marte observando a la loba capitolina amamantando a Rómulo y Remo. Por ello destacan los relieves y frisos, donde se plasma a partir de un paralelismo la grandeza del emperador Augusto con personajes decisivos en la historia de Roma, como son Eneas, Rómulo y Remo.
Se trata de una figura ecuestre del emperador romano Marco Aurelio, que muestra su poder. Se sitúa sobre un podio, siendo más esbelta y fina que otras representaciones. El caballo levanta la pata anterior derecha, y él viste una toga ceñida con un cinturón (cíngulo) cubierta con un manto militar (paludamentum). Se aleja de los modelos clásicos que daban frialdad; aquí muestra proximidad y trascendencia con el espectador, y está hecha con mucho detallismo fisonómico (cabellos, barba, rasgos faciales y detalles del caballo, pliegues de la ropa…).
Se manifiesta como un general invencible, pero vestido de civil y desarmado, lo que humaniza al personaje y da la imagen de un pacificador, no de un conquistador. Equilibrio compositivo: contención del movimiento del caballo, que tiene una pata levantada, pero se aguanta firmemente sobre las otras tres. La imagen relajada del emperador refuerza la idea de pausa.
Es una escultura realizada en bronce, fabricada a partir de diversos moldes soldados y completada con detalles hechos a base de incisiones o batidos. La excelente factura y su gran calidad hacen patente que fue el trabajo de un artista (probablemente un equipo) altamente cualificado. Se trata de una obra pensada para ser vista desde múltiples puntos de vista, aunque potencia la visión frontal. Destacan los abundantes rizos de la barba y el cabello que contrastan con las suaves facciones del rostro. Su función es conmemorativa y de exaltación del poder del emperador.
