Portada » Filosofía » Duda Metódica y Realidad Virtual: ¿Podemos Confiar en lo que Vivimos?
Para empezar, podemos pensar en algo muy común entre los jóvenes: recordar una discusión pasada convencidos de que teníamos razón, y descubrir después que los hechos no ocurrieron exactamente así. Esta situación, que puede parecer sin importancia, nos lleva a una pregunta más profunda: ¿podemos confiar en nuestros recuerdos como una fuente fiable de conocimiento sobre nuestro pasado?
A partir de esta experiencia cotidiana, surge un problema filosófico que ha preocupado a distintos pensadores a lo largo de la historia. En mi opinión, deberíamos dudar de nuestros recuerdos como fuente totalmente fiable de conocimiento sobre el pasado, ya que pueden deformarse con el tiempo. No obstante, esto no significa que debamos rechazarlos por completo, sino analizarlos con espíritu crítico, algo muy presente en la experiencia juvenil.
En primer lugar, los recuerdos no funcionan como una grabación exacta de lo vivido, sino como una reconstrucción. A veces olvidamos detalles o los cambiamos sin darnos cuenta. René Descartes defendía que para alcanzar un conocimiento seguro era necesario aplicar la duda metódica, es decir, dudar de todo aquello que pudiera ser falso. Si los sentidos pueden engañarnos en el presente, la memoria, que depende de ellos, también puede fallar cuando se trata del pasado.
Además, nuestras emociones influyen mucho en cómo recordamos. Un recuerdo puede parecer más positivo o más negativo según cómo nos sintamos ahora. En relación con esto, Nietzsche señala que no conocemos la realidad de forma objetiva, sino desde interpretaciones personales. Aunque él no habla directamente de la memoria como error, sí nos ayuda a entender que nuestros recuerdos no son verdades absolutas, sino visiones subjetivas de lo ocurrido.
Sin embargo, se puede argumentar que sin memoria no habría aprendizaje ni identidad personal. Platón ya valoraba el recuerdo como un medio para acceder al conocimiento, especialmente en su teoría de la reminiscencia, donde conocer es recordar lo que el alma ya sabía. Desde esta perspectiva, la memoria tendría un papel importante y positivo. Como síntesis, podemos decir que aunque la memoria es necesaria, debe ir acompañada de la razón y la reflexión crítica para no caer en el error.
En conclusión, aunque los recuerdos forman parte esencial de nuestra vida y de nuestra identidad, no debemos aceptarlos sin cuestionarlos. Al volver al ejemplo inicial, entendemos que dudar de nuestros recuerdos no es negativo, sino una forma de pensar mejor sobre nuestro pasado. Por consiguiente, siguiendo la idea cartesiana de la duda, podemos usar la memoria con cautela para acercarnos a un conocimiento más fiable de nosotros mismos.
Para empezar, pensemos en una escena muy actual: pasamos horas en videojuegos o en mundos virtuales tan realistas que, al apagarlos, sentimos una ligera desconexión con la realidad. A veces incluso nos preguntamos si lo que vemos en la pantalla es tan distinto de lo que vivimos fuera de ella. Desde esta experiencia cercana a los jóvenes, surge una cuestión filosófica sugerente: ¿y si no estuviéramos viviendo en una realidad auténtica, sino en una especie de simulación o realidad virtual?
En nuestra opinión, no podemos estar completamente seguros de que vivamos en una realidad no simulada, ya que no tenemos una prueba absoluta que lo garantice. Sin embargo, esta duda no implica que la realidad carezca de sentido, sino que nos invita a reflexionar críticamente sobre lo que consideramos verdadero.
En primer lugar, nuestra forma de conocer el mundo se basa en los sentidos, y estos pueden engañarnos. Descartes ya planteó esta idea al afirmar que, en ocasiones, los sentidos nos inducen al error. En su famosa hipótesis del “genio maligno”, imaginaba la posibilidad de que una fuerza superior nos engañara haciéndonos creer que el mundo es tal como lo percibimos cuando en realidad no lo es. Esta idea se parece mucho a la posibilidad actual de vivir en una simulación: todo lo que vemos y sentimos podría estar manipulado sin que nos diéramos cuenta.
Además, hoy la tecnología refuerza esta duda. Las realidades virtuales son cada vez más realistas y capaces de engañar a nuestros sentidos. Esto nos lleva a pensar, como sugería Nietzsche, que no accedemos a la realidad tal cual es, sino a interpretaciones. Aunque Nietzsche no habló de simulaciones, su idea de que no existen verdades absolutas sino perspectivas nos ayuda a entender que lo que llamamos “realidad” podría no ser tan firme como creemos.
No obstante, se puede objetar que, aunque el mundo fuera una simulación, seguiría siendo real para nosotros. Platón, en el mito de la caverna, muestra cómo los seres humanos pueden confundir las apariencias con la realidad verdadera. Aun así, los prisioneros viven esas sombras como reales. Como síntesis, podemos decir que la duda sobre la simulación no anula nuestra experiencia, sino que nos anima a buscar un conocimiento más profundo.
En conclusión, no podemos descartar completamente la posibilidad de vivir en una simulación, ya que nuestros sentidos y nuestra razón tienen límites. Retomando el ejemplo inicial, entendemos que la tecnología nos hace más conscientes de esta duda. Por consiguiente, siguiendo a Descartes, cuestionar la realidad no nos paraliza, sino que nos impulsa a reflexionar sobre qué significa realmente conocer y vivir.
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