Portada » Filosofía » Conceptos Fundamentales de la Filosofía Griega: De los Presocráticos a Aristóteles
Los primeros filósofos griegos buscaban el arjé, el principio originario capaz de explicar la unidad y el cambio de la naturaleza. Tales lo identifica con el agua, Anaximandro con el ápeiron y Anaxímenes con el aire. El arjé debía ser eterno, inmutable y fundamento de la diversidad de fenómenos. Su búsqueda marca el nacimiento del pensamiento racional.
El monismo presocrático sostiene que toda la realidad procede de un único principio (arjé). Tales identifica ese principio con el agua, Anaximandro con el ápeiron y Anaxímenes con el aire. Parménides también es monista, afirmando que solo existe un Ser único, eterno e inmutable. Este intento de unificación busca explicar el orden de la naturaleza.
Los filósofos pluralistas del siglo V a.C. (Empédocles, Anaxágoras y los atomistas) intentan resolver la tensión entre Heráclito y Parménides. Heráclito afirma que todo cambia (panta rei) y nada permanece; Parménides sostiene que el cambio es imposible y que el Ser es único, eterno e inmutable. Los pluralistas sostienen que la realidad no procede de un solo principio, sino de varios: los cuatro elementos en Empédocles, las homeomerías de Anaxágoras o los átomos en Demócrito. Así explican el cambio sin negar la permanencia.
En el siglo V a.C., con el auge de la democracia ateniense, la filosofía deja de centrarse en la physis (naturaleza) para orientarse hacia el ser humano. Los sofistas, como maestros de retórica, y Sócrates, como buscador de definiciones morales universales, trasladan la reflexión desde la naturaleza hacia temas éticos, políticos y educativos. Este cambio funda el inicio de la filosofía moral.
El relativismo sofista afirma que no existen verdades universales, sino que “el hombre es la medida de todas las cosas”, como sostiene Protágoras. Esta doctrina nace en un contexto de contacto entre culturas que muestran leyes y costumbres distintas. Según esta perspectiva, lo verdadero y lo justo dependen del individuo o del grupo, lo que chocará con Sócrates y, posteriormente, con Platón.
Dentro de la sofística aparece el escepticismo, especialmente en Gorgias, quien sostiene tres tesis radicales: que nada existe, que si existiera no podría conocerse y que, aun conociéndose, no podría comunicarse. Este escepticismo surge como respuesta al racionalismo eleático y niega la posibilidad de un conocimiento cierto. Su consecuencia es un nihilismo que pone en cuestión toda verdad objetiva.
En el contexto del giro antropológico del siglo V a.C., Sócrates defiende que virtud y conocimiento son inseparables. Sostiene que nadie obra mal voluntariamente, sino por ignorancia, de modo que saber qué es el bien lleva necesariamente a obrar bien. Esta doctrina responde al relativismo sofista, afirmando que existen definiciones esenciales y universales de los valores. Por ello, la educación moral consiste en despertar el conocimiento interior mediante el diálogo.
Sócrates, enfrentado a los sofistas, desarrolla un método dialéctico basado en preguntas para alcanzar definiciones universales sobre conceptos morales. Este método tiene dos fases:
Es un método contrario a los discursos retóricos sofísticos y se orienta a buscar la verdad.
En el contexto de la construcción de su sistema filosófico, Platón desarrolla un conjunto de dualismos que estructuran toda su ontología, epistemología y antropología. Estos dualismos nacen de influencias previas: Parménides en la oposición entre lo inteligible y lo sensible, Sócrates en la distinción entre opinión y conocimiento, y la tradición órfico-pitagórica en la separación alma-cuerpo. Platón usa estos pares opuestos y complementarios para explicar la realidad, el conocimiento y la ética.
Dentro de la teoría de las Ideas, Platón sitúa el mundo inteligible como el ámbito eterno y perfecto donde existen las Ideas, accesible solo mediante la razón. Aquí se encuentran tanto los objetos matemáticos como las formas supremas, culminando en la Idea de Bien. Es el mundo auténtico del ser, fundamento del conocimiento científico y punto central del dualismo ontológico.
En la teoría platónica de la realidad, el mundo sensible es el ámbito cambiante, múltiple y perecedero que percibimos con los sentidos. Las cosas sensibles existen solo en la medida en que imitan o participan (mímesis / méthesis) de las Ideas del mundo inteligible. Por estar sometido al devenir, solo permite la opinión (doxa) y representa el nivel inferior de realidad dentro del dualismo ontológico.
Las Ideas, núcleo del dualismo ontológico expuesto en La República, son realidades eternas, únicas e inmutables que sirven de modelo a las cosas sensibles. No son conceptos mentales, sino entidades reales accesibles solo por la razón. Tienen una estructura jerárquica, culminan en la Idea del Bien y explican la existencia del mundo sensible como una copia imperfecta.
En el marco del dualismo antropológico y epistemológico, Platón sostiene que el alma, antes de encarnarse, contempló las Ideas en el mundo inteligible. Conocer consiste en recordar (anámnesis) aquello que el alma ha olvidado al caer en el cuerpo. La percepción sensible actúa como estímulo para despertar ese saber previo, demostrando así la inmortalidad y preexistencia del alma.
En el Timeo, Platón presenta al demiurgo como la inteligencia ordenadora que actúa sobre una materia eterna y caótica para explicar el origen y el orden del cosmos. No crea de la nada, sino que impone orden tomando como referencia las Ideas. Su papel es introducir armonía en el mundo sensible, dando lugar al “mejor de los mundos posibles” pese a la resistencia de la materia.
En La República, Platón explica el proceso del saber mediante el símil de la línea, la base del dualismo epistemológico. En el mundo sensible están la eikasía (sombras, imaginación) y la pistis (cosas materiales, creencia); en el inteligible, la dianoia (matemáticas, pensamiento discursivo) y la noesis (Ideas, inteligencia). Representan el ascenso del alma desde la opinión hasta la contemplación de la Idea de Bien.
Dentro de su teoría del conocimiento, Platón define la dialéctica como el método racional que permite acceder a las Ideas. No es un método matemático, sino el arte del diálogo del alma consigo misma, capaz de conducir desde las realidades sensibles hasta la Idea de Bien. Tiene un movimiento ascendente (hacia las Ideas) y uno descendente (desde el Bien hacia la vida práctica y política).
En el dualismo antropológico, el alma es una realidad inmortal, invisible e indivisible que pertenece al mundo de las Ideas. Platón la divide en tres partes: racional, irascible y concupiscible, cada una con su función y su virtud. Su encarnación en un cuerpo es una caída, y su destino natural es volver al mundo inteligible mediante la filosofía, que purifica y orienta hacia la verdad.
En el marco de su ética y política, Platón define la justicia como la armonía entre las partes del alma, cada una realizando su función bajo el gobierno de la razón. Esta estructura se refleja en la polis mediante un isomorfismo: gobernantes, guardianes y productores cumplen sus tareas según la parte del alma predominante. Es la virtud suprema que unifica la moral y la organización social.
En su Física, Aristóteles define la naturaleza (physis) como el principio interno de movimiento y reposo propio de los seres naturales. Lo natural se distingue de lo técnico o artificial porque posee en sí la causa de su cambio. La naturaleza orienta cada ser hacia la actualización de sus capacidades, siguiendo un fin interno. Estudia los cuerpos sometidos a movimiento.
En su crítica a Platón, Aristóteles formula el hilemorfismo: todo ser natural es un compuesto inseparable de materia (hyle) y forma (morphé). La materia es el sustrato que permanece y la forma es lo que hace que una cosa sea lo que es. Con esta teoría, Aristóteles integra los “dos mundos” platónicos en una única sustancia sensible.
Aristóteles introduce las nociones de potencia y acto en su explicación del movimiento para superar a Parménides.
La potencia es la capacidad de la materia para recibir una forma que aún no tiene, como la semilla que puede llegar a ser árbol. Es un “no ser relativo” que hace posible el cambio y constituye un estadio intermedio entre el ser y el no ser.
En la teoría aristotélica del cambio, el acto es la realización efectiva de una potencia, la forma que ya está presente en una sustancia. Se define como la actualidad o perfección de un ser en un momento determinado. Es el fin del movimiento, y Aristóteles afirma su prioridad sobre la potencia, pues solo algo que está en acto puede actualizar lo que está en potencia.
Aristóteles define el cambio en su Física como el paso de la potencia al acto, explicado por tres elementos: sustrato, privación y forma. Se distinguen el cambio sustancial (la sustancia desaparece o surge otra nueva) y los cambios accidentales (cuantitativo, cualitativo o locativo). El cambio es siempre real y natural, frente a la negación parmenídea.
La teoría de las cuatro causas aparece en su explicación del movimiento. Para Aristóteles, todo cambio requiere causas: material (de qué está hecho), formal (qué es), eficiente (quién lo produce) y final (para qué). Esta última es la más importante, porque guía el proceso como previsión del fin hacia el que la naturaleza tiende.
Dentro de su concepción de la naturaleza, Aristóteles sostiene una visión teleológica: todo ser natural tiende internamente a un fin, que es la actualización de sus capacidades esenciales. La causa final es la primera en intención y atrae el proceso de cambio. La teleología está en la base de su ética y su física.
En su Física y Metafísica, Aristóteles concluye que es necesario un ser eterno, inmaterial y en acto puro para explicar el movimiento sin recurrir a una cadena infinita de motores. Es la causa final que mueve sin ser movida, pensamiento que se piensa a sí mismo. No crea el mundo, pero lo ordena y lo impulsa como fin último.
En la Ética a Nicómaco, Aristóteles explica que las virtudes éticas perfeccionan el carácter, regulando deseos y emociones según el término medio. Estas virtudes son hábitos adquiridos mediante la repetición y guiados por la prudencia. Su objetivo es orientar la acción hacia el bien humano en situaciones concretas.
Las virtudes dianoéticas son las que perfeccionan la parte racional en su dimensión intelectual. Se identifican cinco: entendimiento, ciencia, sabiduría, técnica y prudencia. Se encargan de alcanzar la verdad mediante la intuición, la demostración o la producción. Son superiores porque pertenecen al ámbito de la razón.
La prudencia (phronesis) es la virtud intelectual que guía el obrar humano en lo referente al bien y al mal. No trata de lo necesario, sino de lo contingente, y consiste en deliberar bien y elegir lo correcto en cada situación. Es la piedra angular de la ética aristotélica y también de su política, pues dirige todas las virtudes del carácter.
Aristóteles considera la amistad (philia) una virtud fundamental para la vida feliz. Implica lazos afectivos recíprocos dentro de una comunidad, y distingue amistades por utilidad, placer y bondad, siendo esta última la perfecta. También existe la amistad política, expresada como concordia entre ciudadanos para el bien común.
