Portada » Historia » La Conquista y Romanización de Hispania: Desde Cartago hasta la Crisis del Siglo III
La Península Ibérica entra en la Historia con la llegada de los pueblos conquistadores: los **cartagineses** y los **romanos**.
Los cartagineses procedían de la antigua colonia fenicia de **Cartago** (norte de Túnez), fundada en el 814 a.C. Eran marineros y conquistadores que trataron de dominar el Mediterráneo Occidental. En ese proceso, alcanzaron las costas de la Península, donde fundaron las bases navales de Ebusus (Ibiza) y Cartago Nova (Cartagena).
A partir del siglo III a.C., los ejércitos cartagineses, mandados por el general **Amílcar Barca**, iniciaron la conquista sistemática de la franja mediterránea de la Península Ibérica. Los avances de las tropas de su hijo, **Aníbal**, hacia el Ebro provocaron el enfrentamiento con Roma, la otra gran potencia imperialista.
Roma había ocupado desde el año 218 a.C. el noreste peninsular. Este conflicto desembocaría en las **Guerras Púnicas** entre cartagineses y romanos por lograr el control del Mediterráneo Occidental.
Los romanos desembarcaron por primera vez en Emporion (Ampurias) el año 218 a.C. al mando del general **Cneo Escipión**, con el fin de cortar el envío de tropas y suministros desde la península a Aníbal, quien había cruzado los Pirineos y los Alpes y avanzaba sobre Roma.
En los siglos sucesivos, la conquista romana de la península fue imparable y se realizó en tres etapas:
La **romanización** fue la asimilación, a veces forzosa, por parte de los pueblos que habitaban la Península Ibérica, de las formas de vida y cultura romanas. La romanización se produjo lentamente y fue posible por diversas circunstancias:
Los romanos compartimentaron Hispania para una mejor administración del territorio en varias unidades:
Poco después de su llegada, los romanos dividieron el territorio en dos provincias: Citerior, con capital en Tarraco, y Ulterior, con capital en Cartago Nova y después en Corduba. En la época del emperador Augusto, las provincias fueron tres: Baetica, Lusitania y Tarraconensis. A finales del siglo III d.C., las provincias eran seis: Tarraconensis, Baetica, Lusitania, Gallaecia, Carthaginensis y Mauritania Tingitana (en el norte de África). En el siglo VI d.C. se añadió Balearica.
Las provincias se subdividían en demarcaciones más pequeñas que administraban justicia, cobraban impuestos y reclutaban soldados.
Eran áreas menos romanizadas en las que se mantenía la organización indígena y servían para cobrar los impuestos.
Eran las ciudades que incluían un territorio rústico. Había diversos tipos:
La estructura social y económica de la Hispania romana se basó en tres pilares: un gran número de ciudades unidas por una extensa red de calzadas (foco de civilización) y la división del campo en grandes **latifundios**.
Los habitantes de Hispania se clasificaban en dos grandes grupos:
La actividad económica varió en función del grado de asimilación de los usos romanos por las poblaciones indígenas. En general, Roma impuso una **agricultura racionalizada** y de alta productividad, basada en la producción y comercio de los **cereales, la vid y el olivo**.
Tras la conquista, todas las tierras pasaron a propiedad del Estado romano (**ager publicus**) que se reservó una parte y el resto fue repartido entre particulares: patricios, veterani, coloni, etc. Había abundantes rebaños de ovejas y caballos. Destacó la industria del salazón y del “**garum**” (una salsa de pescado muy apreciada).
Se extraían metales como plata, plomo, oro y cobre. Se acuñaron monedas: sestercios, denarios de oro y plata, y el “as” o moneda fraccionaria.
El **latín** era la lengua utilizada en el derecho, la ciencia y la cultura. El **Derecho Romano** se convirtió en la base de la organización social y legal.
En el ámbito religioso, los romanos respetaron los cultos locales, siempre que no amenazaran la lealtad a Roma y al emperador, que llegó a ser venerado como un dios más. A partir del siglo I, llegaron a Hispania los cultos mistéricos del Mediterráneo Oriental, asociados a ritos de purificación o bautismo y a promesas de resurrección e inmortalidad.
Rivalizando con ellos, el **cristianismo** se extendió por el Imperio. Sus seguidores sufrieron persecuciones; más tarde, la religión cristiana obtuvo el beneplácito del Estado romano, primero con Constantino I y después con **Teodosio I el Grande**, quien la convirtió en la **religión oficial** y prohibió la práctica de otros cultos. La Iglesia católica colaboró en la latinización de la sociedad hispánica, aunque, como contrapartida, perdió su independencia y los emperadores intervinieron en los concilios.
Hispania fue una de las provincias del Imperio más romanizadas; prueba de ello fue que hubo familias romanas destacadas, como los Balbos, de Gades, y los Anneos de Corduba. A esta última pertenecieron el poeta **Lucano** y dos famosos escritores, los Séneca, padre e hijo: el primero fue dramaturgo y el segundo, filósofo y preceptor del emperador Nerón.
Ya en el siglo II, las familias oriundas de la Bética dieron emperadores a Roma: los Ulpios, de Itálica, a los que pertenecía **Trajano**. El emperador **Adriano** era descendiente de los Elios. Por su parte, la familia del emperador **Marco Aurelio** tenía sus raíces en la Bética. En los últimos años del Imperio, el emperador Teodosio I el Grande se rodeó de un clan hispano para gobernar.
A lo largo del siglo III d.C., el mundo mediterráneo unificado por Roma se fragmentó, evolucionando hacia el mundo medieval, debido a diversas causas:
En el año 476 d.C., los pueblos bárbaros conquistaron Roma y terminaron con el Imperio Romano Occidental. Uno de estos pueblos, los **Visigodos**, se instaló en la provincia de Hispania, dando origen durante tres siglos al **Reino Visigodo**, que perduraría hasta la conquista musulmana en 711.
