Portada » Historia » Historia de España: Etapas Prehistóricas, Romanización y Reinos Cristianos
La Prehistoria se puede dividir en dos periodos culturales: el Paleolítico y el Neolítico. El yacimiento más importante de este primero es el de Atapuerca, con los homínidos más antiguos de Europa. Dentro de esta etapa, distinguimos:
Su desarrollo cultural se manifiesta, entre otras cosas, en el progreso artístico, con notables restos de arte rupestre como los de las Cuevas de Altamira (Cantabria) y las Cuevas de Tito Bustillo (Asturias). En el Neolítico, los seres humanos descubrieron la agricultura y la ganadería, lo que dio lugar a un nuevo modo de vida (el sedentarismo) y a una economía productora. En esta época destacan las necrópolis, la cerámica cardial y el arte rupestre levantino, con yacimientos como el de la Cova de l’Or, en Alicante.
En la Protohistoria (I milenio a.C.) habitaban la península una serie de pueblos llamados prerromanos, divididos en dos áreas culturales: el área céltica y el área íbera.
Finalmente, en el Valle del Guadalquivir destaca la región de Tartessos por su riqueza minera, que alcanzará su auge en los siglos VIII-VI a.C. Hacia el siglo VIII a.C., los íberos empezaron a recibir influencias culturales de los pueblos colonizadores del Mediterráneo: fenicios y griegos, que fundaron enclaves como Gades y Rosas, respectivamente. Entre sus muchas aportaciones se encuentran la escritura alfabética y el uso de la moneda. Por último, los cartagineses fundaron la ciudad de Cartago Nova, y en su afán por controlar el interior de la península se enfrentaron con el ejército romano, dando lugar a la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.).
La conquista romana se inició con la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), en la que Roma y Cartago se disputaron el control de la Península. La guerra finalizó con la victoria romana y el control del este y sur peninsular, pero la conquista continuaría hasta el año 19 a.C. (fin de las guerras cántabro-astures). En ese momento, Hispania pasaría a formar parte del Imperio Romano, cuyo dominio se extendería hasta el siglo V d.C.
Se conoce como Romanización al proceso histórico iniciado en la Península hacia el siglo III a.C., a través del cual la población indígena fue asimilando los modos de vida romanos en diversas facetas. La fusión de la sociedad hispana con la romana ha dejado un importante legado:
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.C., se asentaron en la Península una serie de pueblos germánicos (suevos, vándalos y alanos). Paralelamente, tras el fin del reino visigodo de Tolosa (batalla de Vouillé, 507), estos se trasladaron a la Península, fundando un reino con capital en Toledo. La consolidación del reino visigodo se dio en tres fases:
La monarquía visigoda era electiva, lo que ocasionó inestabilidad y constantes luchas por el poder. El rey compartía el poder con la Asamblea de Hombres Libres y se apoyaba en el Officium Palatinum, compuesto a su vez por el Aula Regia (órgano asesor en cuestiones de Estado) y los Concilios de Toledo (asambleas eclesiásticas que ratificaban las decisiones reales, las cuales cobraron especial importancia tras la conversión al catolicismo al sacralizar la figura del monarca). Formaban parte del Officium los comes, los duces, los comites civitatis y los gardingos.
Los reinos cristianos aparecieron y se consolidaron entre los siglos VIII y X en las zonas que no habían llegado a conquistar los musulmanes (la Cordillera Cantábrica y los Pirineos), desde los cuales iniciaron la Reconquista. A la par que el fenómeno militar, se dio un proceso repoblador, que en un inicio ocurrió de forma espontánea (presura o aprisio) y a partir del siglo XI tuvo que ser incentivado por los monarcas a través de privilegios (cartas puebla, fueros locales…), órdenes militares y repartimientos.
En las monarquías asturleonesas, navarra y aragonesa, la organización política se fue percibiendo como una disputa entre los estamentos privilegiados y la monarquía por mantener o aumentar su cuota de poder. A partir del siglo XIII, el rey dejó de ser un jefe guerrero para convertirse en un primus inter pares; en Castilla irá consolidando su figura, mientras que en Aragón deberá recurrir al pactismo para mantenerse en el poder.
El organismo más importante de administración estatal era la Curia Real (consejo integrado por la nobleza y el clero). A partir de 1188 en León y el siglo XIII en el resto de reinos, a la Curia se unen los burgueses en representación de las ciudades más importantes. Así nacieron las Cortes: un organismo de representación estamental cuyo cometido era asesorar al rey y votar los subsidios extraordinarios.
Nos encontramos con una sociedad agraria, con una gran diversidad étnico-religiosa (judíos, mudéjares) y un régimen señorial con relaciones de dependencia personal: nacen los señoríos jurisdiccionales y los impuestos feudales. Se trataba de una sociedad estamental, fuertemente jerarquizada, dividida entre privilegiados (nobleza y clero) y no privilegiados (obligados a pagar impuestos). A partir del siglo XII nacería un nuevo grupo social, la burguesía, que pese a pertenecer a los no privilegiados adquirió cierta autonomía en el gobierno de las urbes y representación en las Cortes.
A partir del siglo XIII, los reinos cristianos peninsulares experimentaron una serie de cambios en sus instituciones de gobierno. En líneas generales, destaca la disputa entre los estamentos privilegiados y la monarquía. En la organización política nos encontramos, por un lado, con el Consejo Real (órgano consultivo integrado por los nobles y el alto clero) y, por otro, las Cortes.
