Portada » Filosofía » Ética aristotélica, virtud y la demostración tomista de la existencia de Dios
La ética aristotélica es una ética teleológica, ya que considera que las acciones humanas se dirigen a un fin. Su ética es eudemonista (eu‑daimón, interpretado como «vida buena») porque afirma que este fin es la felicidad, y no el placer (hedoné), como sostenía el hedonismo de Epicuro y Lucrecio.
La felicidad, para Aristóteles, no es ni momentánea ni un simple estado, sino el ejercicio de aquello exclusivo de nuestra especie: la razón. El hombre posee un alma racional que, además de cumplir con las funciones del alma animal (sensación, movimiento) y del alma vegetativa (nutrición, crecimiento y reproducción), conoce, delibera y elige. De este modo, la felicidad es el ejercicio de nuestra facultad propia, consistente en el conocimiento y la vida contemplativa. El pensamiento sobre lo más perfecto hará al hombre lo más feliz posible, esto es: el conocimiento de Dios, primer motor inmóvil, acto puro.
La vida contemplativa es superior a la vida regida por la producción o por la política por cinco razones:
Ahora bien, es imposible cumplir permanentemente con esta vida porque también tenemos necesidades sociales y corporales, las cuales impiden una vida plenamente contemplativa y, por tanto, plenamente feliz. El único ser que podrá tener una vida plenamente feliz es el primer motor, porque al no tener necesidades vegetativas ni animales sólo se piensa a sí mismo (Metafísica, XII, 9: «es pensamiento de pensamiento»).
También tenemos unas virtudes relacionadas con las necesidades corporales y sociales: son las virtudes éticas. Estas virtudes nos permiten ser más felices por más tiempo porque nos otorgan mayor estabilidad y más tiempo para pensar en el primer motor.
La virtud ética (êthiké areté), referida a pasiones y acciones, se define como el hábito consistente en elegir siempre, por medio de la prudencia, un término medio (mesótes), relativo a cada uno, entre dos extremos que son vicios, bien por defecto o bien por exceso. Por ejemplo: el valor es el término medio entre su vicio por defecto (la cobardía) y su vicio por exceso (la temeridad).
No es el mismo el valor de un bombero que el de un oficinista; el término medio es relativo a la situación y a la persona.
De entre las virtudes éticas estudiadas por Aristóteles (la generosidad, la amistad, la magnanimidad, el autodominio, la sinceridad…), la virtud de la justicia se define como dar a cada uno lo que le corresponde. En esta virtud se distinguen dos sentidos: un sentido conmutativo (que haya una equivalencia entre lo que damos y lo que recibimos) y un sentido distributivo (que aporte más quien más tiene y reciba más quien más lo merece).
La Suma teológica (Summa theologiae) es un manual que escribe el maestro en teología Santo Tomás de Aquino entre 1265 y 1274 para sus alumnos universitarios, en el que se reúnen todas las controversias y dificultades que puede encontrar un teólogo en sus reflexiones.
Estas cuestiones son tratadas mediante el método escolástico, el cual reproduce la siguiente estructura en cada artículo de la Suma: primero, se plantea la pregunta inicial; segundo, se enuncian las dificultades que plantea la tesis que se adoptará; tercero, se apela a una autoridad que determina el sentido de la respuesta; cuarto, se desarrolla la respuesta; quinto, se contesta a las dificultades planteadas en el segundo paso.
Los artículos uno, dos y tres de la cuestión segunda de la parte primera de la Suma tratan el problema de la existencia de Dios mediante estas tres respectivas preguntas: primero, si la existencia de Dios es evidente; segundo, si es posible demostrar su existencia; y tercero, concluir si Dios existe.
Conceptos clave:
Santo Tomás (1225–1274) rechaza frontalmente el argumento de San Anselmo (1033–1109), expuesto en su Proslogion (1078), para demostrar la existencia de Dios. Según San Anselmo, la definición de la esencia de Dios es la suma de todas las perfecciones, de manera que no puede faltarle una perfección como es la existencia. Este argumento, que es formulado por Santo Tomás en la dificultad segunda del artículo primero (sobre si la existencia de Dios es evidente) de la cuestión segunda de la parte primera de su Suma teológica, es rechazado en las soluciones del mismo artículo porque, aunque todo entendiera por Dios una cosa superior a cuanto se puede pensar, no por ello resulta evidente que exista en la realidad.
A partir de la distinción aristotélica entre el orden del ser y el orden del conocer, no resulta evidente la existencia de Dios porque su esencia es un artículo de fe, una verdad sobrenatural que no está al alcance de la sola razón. De modo que, como su esencia no es lo primero para nosotros en el orden del conocer, no nos resulta evidente que exista en la realidad; por ello, una demostración a partir de lo que es (la llamada demonstratio quia de San Anselmo) no es válida para Santo Tomás.
Por eso, Santo Tomás, al considerar que la existencia de Dios no es evidente, expone en la respuesta del artículo tercero de la cuestión segunda de la parte primera de la Suma cinco vías para la demostración de la existencia de Dios en tanto que causa a partir de los efectos (demonstratio quia) que sí son lo primero para nosotros en el orden del conocimiento.
