Portada » Historia » España en el Siglo XIX: Transformación Política e Industrial
Caricatura del turnismo: La viñeta satírica publicada en el semanario Pequeñeces en 1897 es una fuente primaria que refleja la España de la Restauración, periodo iniciado tras la vuelta de los Borbones con Alfonso XII en 1875. La caricatura se sitúa durante la regencia de María Cristina de Habsburgo (1885-1902), que coincide con la minoría de edad de Alfonso XIII.
El fenómeno central es el turnismo político, resultado del Pacto del Pardo (1885) entre los líderes de los dos grandes partidos liberales: el Partido Conservador, dirigido por Antonio Cánovas del Castillo, y el Partido Liberal, dirigido por Práxedes Mateo Sagasta. Este acuerdo buscaba garantizar la continuidad de la monarquía tras la muerte de Alfonso XII y estabilizar el gobierno frente a las presiones de carlistas y republicanos.
La caricatura critica la manipulación política y la ausencia de democracia. En la primera viñeta, Sagasta aparece como cocinero sirviendo el “caldo gordo” del poder a Cánovas, mientras España, representada como criada, lava los platos. En la segunda viñeta, ambos intercambian papeles, pero el pueblo sigue trabajando y soportando un sistema que lo ignora. Esto simboliza cómo el ciudadano quedaba excluido del proceso político real y sufría las consecuencias del fraude electoral y del caciquismo.
España empezó a industrializarse tarde, de manera lenta y sin completar el proceso. Dependía mucho de otros países y el desarrollo no fue igual en todas las regiones ni en todos los sectores. La industria se concentró en pocas zonas y no cambió toda la economía ni creó un mercado interno fuerte.
La Ley General de Ferrocarriles (1855) organizó una red radial, fijó el ancho de las vías y permitió inversión extranjera, mejorando el transporte y el mercado interno, aunque aumentando la dependencia del exterior.
El mercado interno era débil porque los salarios eran bajos, la riqueza estaba mal repartida y predominaba la economía rural. Faltaban materias primas y energía: el carbón era caro y de mala calidad, el hierro estaba concentrado en Vizcaya y el agua era insuficiente en muchas zonas, lo que aumentaba los costos. Las políticas proteccionistas y la inestabilidad política dificultaban la competitividad.
Otras industrias crecieron en zonas concretas: agroalimentaria (Andalucía, Asturias, Canarias), conserveras (litoral cantábrico y atlántico), harineras (Castilla), calzado, madera y química (Mediterráneo).
La industrialización creó empleos en ciudades, aunque pocos, y provocó migración del campo a la ciudad. La concentración industrial permitió que aparecieran burguesías locales en Cataluña y País Vasco, y un incipiente proletariado industrial. El retraso en España explica la dependencia de capital y tecnología de otros países y el desarrollo desigual entre regiones.
España se industrializó solo parcialmente, con focos importantes en Cataluña y País Vasco, limitada por falta de dinero, un mercado interno pequeño, recursos naturales desiguales y dependencia del exterior. Este modelo afectó su economía hasta bien entrado el siglo XX, retrasando su integración completa en la Revolución Industrial europea.
El sistema canovista fue diseñado por Cánovas para crear un Estado estable tras el Sexenio Democrático. Sus objetivos eran pacificar el país, evitar la intervención militar en política y consolidar la monarquía. La Constitución de 1876 establecía un marco flexible que permitía gobernar a los dos partidos y mantener el bipartidismo inspirado en el modelo parlamentario inglés. Los partidos aceptaban alternarse en el poder (turnismo) y servir de muro frente al republicanismo y al carlismo.
El funcionamiento del turnismo era antidemocrático: el rey designaba al presidente, se convocaban elecciones manipuladas mediante el “encasillado” de candidatos y la presión de los caciques, que controlaban el voto rural mediante favores, amenazas o pucherazos. El resultado era un voto mayoritario manipulado en zonas rurales y una abstención elevada en las urbanas. Así, se excluían del poder los partidos antimonárquicos, nacionalistas, obreros y la mayoría de la población.
Aunque garantizó estabilidad durante la regencia de María Cristina, el sistema canovista mostró sus límites con la corrupción y la crisis de 1898, preparando la entrada en juego de nuevas fuerzas políticas y sociales durante el reinado de Alfonso XIII.
