Portada » Historia de la Península Ibérica: de la Prehistoria a los Austrias del siglo XVII
La Prehistoria es el periodo de tiempo desde que aparecen los homínidos (5 millones de años) hasta el surgimiento de la escritura (~ 3000 a.C.). La fase de aparición de los primeros homínidos en la península es en el Paleolítico (1.000.000 – 8.000 a.C.), con el Homo antecessor y el Homo erectus, los cuales eran nómadas, vivían de la caza y de la recolección.
El Paleolítico se divide en tres etapas:
Con la llegada del Neolítico (5.500 – 3.000 a.C.) surgen los primeros asentamientos, por ende la agricultura y la ganadería. Usaban la cerámica para los restos agrarios y las primeras muestras de creencias se apoyan en el uso de sepulcros.
En la península ibérica hay distintas pinturas rupestres:
Durante la Edad del Hierro (750-218 a.C.), los pueblos prerromanos (íberos, celtas y celtíberos), conocidos por las fuentes clásicas, habitaban la península ibérica.
Las colonizaciones históricas fueron asentamientos escasos motivados por el comercio.
La conquista romana de la península se desarrolló entre los años 218 y 19 a.C. La Segunda Guerra Púnica (218-204 a.C.) comenzó tras el ataque de Sagunto y acabó con la derrota de Cartago. Entre el 204 y 183 a.C., Roma sometió el interior, destacando las guerras celtíberas y lusitanas. En el 123 a.C. conquistó Baleares y, durante las guerras civiles romanas, destacó el enfrentamiento entre César y Pompeyo. Finalmente, Augusto culminó la conquista del norte (31-19 a.C.) frente a los cántabros, astures y galaicos.
La romanización fue la adopción de las formas de vida romanas por los indígenas desde el siglo III a.C. En época republicana, Hispania se dividió en Citerior y Ulterior; durante el Alto Imperio, en Tarraconense (Tarraco), Lusitania (Emerita Augusta) y Bética (Corduba). En el Bajo Imperio surgieron las diócesis de Gallaecia (Bracara Augusta), Cartaginense (Carthago Nova), Baleares (Palma) y Mauritania Tingitana (Tingis).
Las ciudades, colonias, municipios y estipendiarias tenían plano ortogonal, murallas, calzadas y foro. Destacaban teatros, circos y arcos del triunfo. El latín se extendió desde las élites a la literatura y el derecho. Hubo sincretismo religioso; el cristianismo se legalizó en 313 (Edicto de Milán) y fue religión oficial en 380 con Teodosio I.
Desde el 409, suevos, vándalos y alanos penetraron en la península ibérica por el sur y el oeste, durante la época de las bagaudas. Desde el 416, los visigodos se asentaron en el sur de las Galias y fundaron el reino de Tolosa.
El reino visigodo tuvo tres etapas:
El reino se apoyó en una monarquía fuerte, con símbolos, capacidad integradora y aspiración hereditaria. Destacó Leovigildo (569-586). Las leyes, basadas en el derecho romano, incluyeron la Lex Romana Visigothorum o Breviario de Alarico (506), ampliada por Leovigildo, y el Liber Iudiciorum (654), de Chindasvinto y Recesvinto.
La Iglesia católica hispana poseía tierras y legitimaba el poder. Leovigildo intentó imponer una Iglesia arriana, pero, tras conflictos y conjuras, Recaredo I estableció el catolicismo. Los concilios eran asambleas que otorgaban legitimidad religiosa y social a la monarquía y favorecieron el principio electivo. El aula regia o palatina asesoraba al rey: los comites gestionaban la tesorería y la recaudación, los duces mandaban el ejército y los gardingos protegían al monarca.
Destacaron las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, la arquitectura visigoda (San Juan de Baños y San Pedro de la Nave) y el tesoro de Guarrazar.
La conquista musulmana comenzó en 711, aprovechando la crisis interna de la monarquía visigoda. En pocos años los musulmanes conquistaron la mayor parte de la península, salvo algunas zonas del norte. La rapidez se debió a la debilidad visigoda, los acuerdos con parte de la población y la escasa resistencia. La expansión hacia Europa fue frenada por los francos en Poitiers (732).
Entre 711 y 756, Al-Ándalus fue un emirato dependiente del Califato Omeya de Damasco. Fue una etapa de inestabilidad y enfrentamientos entre árabes y bereberes. Tras la caída de los Omeyas frente a los abasíes, Abderramán I llegó a Al-Ándalus y en 756 creó el Emirato independiente de Córdoba, aunque mantuvo la dependencia religiosa del califa de Bagdad.
En 929, Abderramán III se proclamó califa, creando el Califato de Córdoba y rompiendo también la dependencia religiosa de Bagdad. Fue la etapa de mayor poder político de Al-Ándalus, especialmente durante el gobierno de Al-Hakam II, donde destaca la Medina Azahara, y posteriormente con Almanzor, que concentró gran parte del poder y realizó numerosas campañas contra los reinos cristianos.
Tras la muerte de Almanzor comenzó una etapa de crisis y enfrentamientos internos que provocó la desaparición del Califato en 1031 y su división en reinos de taifas. Su debilidad política y militar facilitó el avance cristiano. Para frenarlo intervinieron pueblos norteafricanos: primero los almorávides y después los almohades. Finalmente, solo sobrevivió el reino nazarí de Granada, que mantuvo su independencia hasta su conquista por los Reyes Católicos en 1492.
La economía de Al-Ándalus fue desarrollada y diversificada. La agricultura era la principal actividad y estaba basada en pequeños propietarios. Se mejoraron las técnicas de regadío mediante acequias y norias, aumentando la producción. Destacaban cultivos como arroz, frutales, cítricos, hortalizas y caña de azúcar. También fueron importantes la ganadería, especialmente ovina trashumante, y la minería, con hierro, cobre y otros metales.
Las ciudades tenían un gran desarrollo, con comercio interior y exterior, artesanía y manufacturas. El zoco era el centro comercial y la ciudad cumplía también funciones administrativas, políticas y religiosas. Se utilizaban monedas como el dinar y el dírham, y los impuestos sobre las actividades agrarias y comerciales eran una fuente importante de ingresos.
La sociedad estaba formada por diferentes grupos: los árabes ocupaban una posición dominante, mientras que bereberes y muladíes tenían una situación inferior. Los mozárabes eran cristianos que vivían en Al-Ándalus y los judíos estaban bastante integrados en la economía, la política y la cultura.
La cultura alcanzó un gran desarrollo gracias al contacto con otras culturas y al mecenazgo. Destacaron la filosofía y las ciencias, con autores como Avempace, Averroes y Maimónides, además de importantes avances literarios y arquitectónicos.
Los núcleos de resistencia durante el control musulmán sobre la península permitieron el avance cristiano. El reino de Asturias, controlado por Pelayo, se negó a pagar los impuestos musulmanes. Eso dio lugar a la batalla de Covadonga (718-722) con su victoria. Trasladaron su corte a Cangas de Onís y más adelante a Oviedo. Los francos fueron derrotados en la batalla de Roncesvalles (778) frente a los vascones y en el año 799 surge el Reino de Pamplona con la familia Arista, que se convertirá en manos del clan Jimena en el reino de Navarra. Desde comienzos del siglo IX están también los condados del Pirineo central (Aragón, Sobrarbe y Ribagorza) y los condados catalanes, o marca hispánica, que logran independizarse del reino franco con Borrell en el 988.
La Reconquista tuvo tres fases y fue un avance discontinuo de los reinos cristianos hacia el sur:
La monarquía tenía escaso poder, siempre acompañada de su corte, y dependía de su patrimonio. Había señoríos jurisdiccionales (realengo, abadengo, solariego y concejil) y las cortes, privilegiadas con sus propias leyes y no privilegiadas, eran convocadas irregularmente por el rey para recaudar impuestos y jurar fidelidad.
Durante el periodo de reconquista surgieron distintos modelos de repoblación para llenar los vacíos demográficos:
La sociedad feudal era vasallática y piramidal: los señores dependían unos de otros por fidelidad, con el rey en la cúspide. La felonía era la traición que rompía el vínculo vasallático. El poder se ejercía en señoríos, especialmente jurisdiccionales, donde el señor administraba justicia. La sociedad estamental era cerrada y dependía del nacimiento: los privilegiados (nobleza y clero) tenían leyes y ventajas propias; los no privilegiados, como campesinos y pueblo llano, trabajaban y estaban sometidos a los señores.
A medida que la población de los reinos cristianos fue creciendo, se volvieron más urbanos. Por ende surgieron nuevos grupos sociales como la burguesía o los mudéjares. La nobleza y el clero aumentaron su poder (los señoríos de solariego y abadengo llegaron a disputarle el puesto al monarca), mientras que el pueblo llano empeoró sus condiciones.
Al final de la Edad Media (siglos XIV y XV) la pugna entre monarquía y nobleza definió dos modelos de gobierno contrapuestos tras las crisis bajomedievales.
En la Corona de Castilla (unida finalmente en 1230) triunfó la monarquía autoritaria, fortaleciendo el poder regio mediante la unificación jurídica (el Ordenamiento de Alcalá) y permitiendo el gobierno sobre las cortes. Se consolidaron los Trastámara, tras la guerra civil entre Pedro I y Enrique de Trastámara, y continuaron en el trono tras la guerra de Enrique IV contra la alta nobleza. Se crearon también instituciones centralizadas como el Consejo Real, la Audiencia y Chancillería (justicia), la Hacienda (alcabalas) y los corregidores en los concejos, quedando las Cortes limitadas a un papel consultivo e irregular para votar subsidios.
En la Corona de Aragón (confederación de cuatro reinos: Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca) imperó la monarquía pactista, donde el rey gobernaba supeditado a las leyes de cada territorio: los fueros, usatges y furs. Las Cortes eran regulares y vinculantes, surgiendo instituciones de contrapeso como el Justicia Mayor de Aragón y la Generalitat (1359), comisiones que vigilaban los privilegios forales frente a los Trastámara, tras el Compromiso de Caspe (1412), después de que los Trastámara hubieran intentado imponerse durante los siglos XIV y XV.
El reino de Navarra, bajo dinastías francesas de 1234 a 1441, mantuvo una monarquía limitada por el Fuero General y sus Cortes, hasta que Juan II de Trastámara, en 1441, desató la guerra civil entre agramonteses y beaumonteses tras intentar imponer el autoritarismo.
Los Reyes Católicos gobernaron en la península ibérica durante los siglos XV y XVI. Isabel, reina de Castilla desde el año 1474 tras las disputas con su hermano Enrique IV, y Fernando (rey de Aragón desde 1479) unieron sus reinos creando la monarquía hispánica. Fue una unión dinástica, pues cada reino mantuvo sus leyes, sus cortes y sus fronteras, aunque fue desigual, ya que Castilla era más fuerte.
Centralizaron el poder del Estado creando distintas instituciones de la corona: el Consejo de Castilla, órgano supremo de gobierno y justicia con participación de letrados, y los secretarios, personas de confianza que servían de enlace entre los consejos. Las cortes se distinguieron por ser dóciles en Castilla (juramento de fidelidad y contribuciones económicas), mientras que en Aragón mantuvieron su poder. La Santa Hermandad ayudó a mantener el orden desde el año 1476 y se realizó una importante reforma religiosa; mediante el regalismo aumentaron el control sobre la Iglesia (derecho de presentación y patronato regio). Destacó también la Inquisición, dirigida por los dominicos, que desde 1478 en Castilla perseguía herejías, protestantes y falsas conversiones.
Dentro de su política de unificación destaca la Guerra de Granada (1481-1492), dividida en tres fases: la conquista de Alhama (1481-1484), con conflictos fronterizos; la toma de Málaga (1485-1487), militarmente decisiva; y, por último, la rendición del reino nazarí de Granada (1488-1492). Las Capitulaciones de Santa Fe se firmaron el 25 de noviembre de 1491 y la entrada en Granada se produjo el 2 de enero de 1492. Ese mismo año se decretó la expulsión de los judíos del reino.
Desde 1492 y durante el siglo XVI, la monarquía hispánica exploró y conquistó territorios americanos, incorporándolos a sus dominios y organizando su explotación económica y administración.
La conquista se desarrolló en tres etapas: las conquistas antillanas (1502-1519), las continentales (1519-1549) y las interiores, desde 1550 hasta el siglo XVII. Las Antillas fueron el primer territorio ocupado; la búsqueda de recursos impulsó la penetración continental. En 1519 se fundó Panamá, y la circunnavegación del mundo permitió comprobar la extensión del continente.
Las conquistas continentales destacaron por la caída de grandes imperios: el azteca de México (1519-1521), conquistado por Cortés, y el inca de Perú (1531-1535), por Pizarro. Influyeron el factor sorpresa, las armas de fuego, la superioridad tecnológica y los conflictos entre los conquistadores. Posteriormente, se exploraron territorios como Nuevo México, Florida, Texas, California y el interior de Argentina, además del Pacífico y las islas Filipinas (1565-1571), con Legazpi.
El gobierno se organizó mediante instituciones castellanas: la Casa de la Contratación (1503) controlaba el comercio y el tráfico con América, mientras que el Consejo de Indias (1524) se ocupaba de sus asuntos. Se crearon los virreinatos de Nueva España (1535) y Perú (1543).
La explotación se basó en materias primas, nuevos cultivos y mano de obra indígena. Las Leyes de Burgos (1512) establecieron las encomiendas, obligando a evangelizar y mantener económicamente a los indígenas. La llegada de oro y plata sostuvo los gastos de la Corona, pero provocó la revolución de los precios, que se multiplicaron por seis. También surgieron las flotas (1543) para proteger el comercio. Finalmente, se produjo una gran influencia cultural española mediante escuelas, universidades, imprenta y publicaciones.
Carlos V y Felipe II fueron los principales monarcas de la dinastía de los Austrias durante el siglo XVI. Sus reinados estuvieron marcados por la defensa del catolicismo y el mantenimiento de una extensa monarquía.
Carlos V (1517-1556) heredó un amplio patrimonio: de Isabel la Católica, Castilla, Navarra, las posesiones americanas y las plazas norteafricanas; de Fernando el Católico, Aragón, Cataluña, Valencia, Baleares, Nápoles, Sicilia y Cerdeña; de María de Borgoña, los Países Bajos, Luxemburgo y el Franco Condado; y de Maximiliano de Austria, los territorios austríacos y los derechos al trono imperial, siendo elegido emperador en 1519.
En política interior, las Comunidades de Castilla (1520-1522) protestaron contra los consejeros extranjeros y el poder real. Los comuneros fueron derrotados en Villalar (1521). Las Germanías de Valencia (1519-1523), de carácter antiseñorial, también fracasaron.
En política exterior, Carlos V afrontó tres frentes: Francia, por la hegemonía italiana; los turcos, por su expansión mediterránea y amenaza sobre Viena; y los príncipes protestantes alemanes, derrotados en Mühlberg (1547). La Paz de Augsburgo (1555) reconoció la división religiosa del Imperio.
Felipe II (1556-1598) estableció la capital en Madrid en 1561. En política interior, la guerra de los moriscos (1568-1570) terminó con su dispersión por Castilla, mientras que la rebelión de Aragón (1591-1592) enfrentó al monarca con sus fueros.
En política exterior, el eje mediterráneo destacó por la victoria de Lepanto (1571) contra los turcos. El eje atlántico estuvo marcado por la rebelión de los Países Bajos y el conflicto con Inglaterra, cuya Armada derrotó a la Invencible en 1588.
Durante el siglo XVII reinaron Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700), en una etapa de decadencia de la monarquía hispánica.
Política interior: destacó el valimiento, por el que los reyes delegaban el gobierno en favoritos o personajes de confianza debido a la complejidad del Estado moderno.
Política exterior: Felipe III firmó la paz con Inglaterra (1604) y la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas (1609). Felipe IV reanudó la guerra contra estas en 1621 y participó en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), con victorias aparentes en Breda (1625) y Nördlingen (1634). La Paz de Westfalia (1648) reconoció la independencia de las Provincias Unidas y la hegemonía francesa. La Paz de los Pirineos (1659) supuso pérdidas territoriales frente a Francia. Finalmente, durante Carlos II, las paces de Aquisgrán (1668) y Nimega (1678) confirmaron nuevas pérdidas territoriales ante Francia, además de la Paz de Lisboa (1668), que supuso el reconocimiento de la pérdida de Portugal.
