Portada » Historia » Evolución histórica de la Península Ibérica: Etapas, sociedades y política
La Prehistoria es el periodo más antiguo de la historia y abarca desde la aparición del ser humano hasta la invención de la escritura, que en la Península Ibérica se sitúa en torno al primer milenio a. C. Se divide en tres etapas: Paleolítico, Neolítico y Edad de los Metales.
Durante el Paleolítico se desarrolla el proceso de hominización. Los grupos humanos eran nómadas y vivían de la caza y la recolección. Los primeros homínidos aparecen en la Península hace unos 1.200.000 años. Destaca el Homo antecessor (Atapuerca), considerado uno de los más antiguos de Europa, y el Homo heidelbergensis, también hallado en la Sima de los Huesos, que fabricaba herramientas líticas (como bifaces) y dominaba el fuego.
El Mesolítico es una etapa de transición, en la que aparece el arte rupestre levantino, con figuras humanas esquemáticas, escenas de caza y pintura monocroma, como en Cogull.
El Neolítico supone una revolución económica basada en la agricultura y la ganadería, lo que implica sedentarismo, propiedad y división del trabajo. En la Península Ibérica (5.000-3.000 a. C.) destaca la cultura de la cerámica cardial en el Neolítico inicial y la cultura de los sepulcros en fosa en el Neolítico pleno.
La Edad de los Metales comienza hacia el 3.000 a. C.:
Entre el 1200 a. C. y la conquista romana (19 a. C.) coexistieron en la Península los pueblos prerromanos. Destacan los tartessos (Andalucía), con economía agrícola, ganadera, minera y comercial. Su rey más conocido es Argantonio y su principal yacimiento es El Carambolo.
Los íberos, en la zona mediterránea y sur, fueron los más desarrollados gracias al comercio con fenicios y griegos (Dama de Elche y Dama de Baza). En la Meseta se situaban los celtíberos, de origen indoeuropeo, con economía agroganadera y poblados fortificados.
Los pueblos colonizadores (fenicios, griegos y cartagineses) llegaron por el interés en los metales:
La presencia romana se extiende desde finales del siglo III a. C. hasta comienzos del siglo V d. C. La conquista se realizó en tres fases: Guerras Púnicas, conquista del interior (Viriato y Numancia) y la ocupación del norte bajo Augusto.
El proceso de romanización implantó la organización política, social y cultural romana. Hispania se dividió en provincias y se articuló mediante una red urbana conectada por calzadas (Vía Augusta, Vía de la Plata). El legado romano incluye el latín, el derecho romano y numerosas obras públicas.
Al-Ándalus se integró en el sistema económico islámico, con una agricultura avanzada (sistemas de regadío) y una industria artesanal dinámica. La sociedad era diversa: musulmanes (árabes, bereberes, muladíes), no musulmanes (mozárabes y judíos) y esclavos.
Fue un gran foco cultural (Califato de Córdoba) con autores como Averroes y Maimónides. En arte destaca la arquitectura con interiores decorados (Mezquita de Córdoba, Alhambra).
La Reconquista se divide en cuatro fases, desde el Reino Astur-Leonés (Covadonga, 722) hasta la toma de Granada en 1492. La organización política se basaba en la monarquía, el Consejo Real y las Cortes, con diferencias entre el modelo castellano y el pactismo aragonés.
La repoblación siguió cuatro modelos: presura (ocupación libre), concejil (fueros), órdenes militares y repartimientos. La sociedad se estructuraba en tres estamentos: nobleza, clero y estado llano.
Etapa de crisis demográfica (peste negra de 1348), económica y social (revueltas campesinas como las irmandiñas y remensas). Políticamente, se produjeron guerras civiles y conflictos dinásticos, mientras se consolidaba la expansión territorial en el Mediterráneo (Aragón) y Canarias (Castilla).
El siglo XVI estuvo marcado por Carlos I (imperio universal, revuelta de las Comunidades) y Felipe II (monarquía polisinodial, defensa del catolicismo). El siglo XVII, bajo los Austrias Menores (Felipe III, Felipe IV, Carlos II), supuso la decadencia política, el gobierno de validos y la pérdida de la hegemonía europea tras la Paz de Westfalia.
Tras la Guerra de Sucesión, los Borbones implantaron el absolutismo y el centralismo. Los Decretos de Nueva Planta abolieron los fueros de la Corona de Aragón. Se crearon las Secretarías de Estado y se organizó el territorio en provincias dirigidas por intendentes, buscando una mayor eficiencia administrativa y fiscal.
