Portada » Filosofía » El Pensamiento de Rousseau, Kant y Hume: Sociedad, Conocimiento y Moral
Rousseau inicia su pensamiento con una crítica radical a la civilización y la cultura, alejándose de la visión ilustrada tradicional. Según el autor ginebrino, el progreso de las artes y las ciencias no ha humanizado al hombre, sino que ha fomentado el lujo y la depravación moral. Para fundamentar esta tesis, recurre a la hipótesis del estado de naturaleza, un concepto metodológico para entender cómo era el ser humano antes de ser corrompido por la sociedad.
En este estado, el hombre es un «buen salvaje»: un ser asocial que vive de forma pacífica, libre y feliz, guiado por dos sentimientos innatos:
Sin embargo, el ser humano posee la facultad de la perfectibilidad, una capacidad de automejora que, aunque le permitió evolucionar, también dio paso a la decadencia. El quiebre definitivo ocurre con la aparición de la propiedad privada. Rousseau afirma que el primer hombre que cercó un terreno y dijo «esto es mío» fundó la sociedad civil. Esto generó una ruptura de la igualdad natural y dio origen a la desigualdad política, marcada por la ambición, la codicia y el sometimiento de unos hombres a otros. Así, mientras que en el estado de naturaleza reinaba la armonía, en el estado social impera la «guerra de todos contra todos» provocada por la competencia y la pérdida de la bondad original.
Ante la imposibilidad de regresar al estado de naturaleza, Rousseau propone reformar la cultura de su tiempo a través de la educación, proyecto que desarrolla en su obra Emilio, o De la educación. El objetivo es educar a un hombre que pueda vivir en sociedad sin perder su integridad moral. Esta educación debe ser «negativa», especialmente en la infancia: no consiste en enseñar virtudes o verdades, sino en proteger el corazón del vicio y la mente del error.
Durante la etapa de la formación física (infancia), se debe respetar la libertad de movimiento del niño y permitirle aprender a través de la experiencia directa con la naturaleza, evitando el castigo arbitrario y el aprendizaje puramente memorístico. En la educación moral y religiosa (adolescencia), el enfoque se traslada al desarrollo del sentimiento. La verdadera formación moral comienza a los 15 años, cuando el joven debe aprender a distinguir entre el amor de sí (natural) y el amor propio (un egoísmo social que lleva a compararse con los demás).
Aquí surge la conciencia, definida como una «voz celestial» e infalible que guía al hombre hacia el bien. En cuanto a la religión, Rousseau propone una religión natural o «religión del hombre», despojada de dogmas complejos y revelaciones externas, basada simplemente en la adoración de Dios desde el sentimiento interior. De este modo, la educación prepara al individuo para ser un ciudadano capaz de actuar según la razón y la justicia, superando las pasiones egoístas impuestas por la sociedad.
La solución al conflicto entre individuo y sociedad se encuentra en El contrato social. Rousseau plantea que la única forma de recuperar la libertad en un estado civil es mediante un pacto donde cada asociado se entrega totalmente a la comunidad. A diferencia de otros autores, en Rousseau el individuo no se somete a un soberano, sino que se convierte en parte de un cuerpo moral y colectivo que tiene vida propia. Este cuerpo político recibe el nombre de Estado cuando es pasivo y de Soberano cuando es activo.
El motor de este nuevo orden es la Voluntad General. No se debe confundir con la «voluntad de todos» (que es solo una suma de intereses privados), sino que es la voluntad que busca siempre el interés común. Al obedecer la ley, el ciudadano no está obedeciendo a un tercero, sino a la voluntad general de la que él mismo forma parte; por tanto, solo así es verdaderamente libre. Este tránsito supone cambiar la libertad natural (limitada por la fuerza física) por la libertad civil y moral, donde el hombre es dueño de sí mismo al acatar leyes que él mismo se ha dado.
Finalmente, la soberanía resultante es popular, inalienable e indivisible. Rousseau rechaza la representación política, defendiendo que el pueblo debe legislar directamente, y niega la división de poderes de Locke, pues la soberanía es una voluntad única. El gobierno es simplemente un servidor del pueblo soberano, encargado de ejecutar las leyes. Si el pacto se cumple, se logra una sociedad donde, a pesar de las desigualdades naturales, todos los hombres son iguales por convención y derecho.
Immanuel Kant plantea la necesidad de someter la razón a juicio para clarificar qué puede conocer el hombre y qué es inaccesible. Este estudio trascendental no se centra en los objetos, sino en nuestra forma de conocerlos a priori. Para que el conocimiento sea científico, debe expresarse en juicios sintéticos a priori: aquellos que son universales y necesarios (a priori) pero que también amplían nuestro conocimiento (sintéticos), como ocurre en las matemáticas y la física.
La teoría kantiana se basa en la distinción entre sensibilidad y entendimiento:
Finalmente, en la Dialéctica Trascendental, Kant estudia la Razón y su tendencia a buscar lo incondicionado. La razón genera tres ideas: Alma, Mundo y Dios. Al intentar aplicar las categorías a estas ideas (de las que no hay experiencia sensible), la razón cae en paralogismos y antinomias. Por tanto, la Metafísica no puede ser una ciencia, pues el ser humano no tiene una intuición intelectual del noúmeno.
Kant traslada su análisis a la Crítica de la razón práctica para responder a la pregunta: ¿qué debo hacer? Su ética es una ética formal, que se diferencia radicalmente de las «éticas materiales» anteriores (como el eudemonismo de Aristóteles o el hedonismo). Kant critica que las éticas materiales son empíricas (a posteriori), hipotéticas (condicionadas a un fin como la felicidad) y heterónomas (la norma viene de fuera del sujeto).
Frente a esto, Kant propone una ética a priori, universal, categórica y autónoma. El único motor de la acción moral debe ser el deber, entendido como la necesidad de una acción por respeto a la ley moral. Kant distingue tres tipos de acciones:
Lo que determina la moralidad no es el acto en sí ni sus consecuencias, sino la intención (la buena voluntad). La ley moral se expresa en el Imperativo Categórico, un mandato que no nos dice qué hacer, sino bajo qué forma debemos actuar: «Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal». Esto convierte al sujeto en su propia autoridad moral (autonomía).
Dado que en este mundo actuar por deber no garantiza la felicidad, Kant introduce los Postulados de la Razón Práctica, presupuestos necesarios para que la moral tenga sentido:
David Hume aborda la moral desde una perspectiva empirista, aplicando el método experimental al estudio de la naturaleza humana. Su tesis central es el emotivismo moral: la distinción entre el bien y el mal no proviene de la razón, sino del sentimiento. Para Hume, la razón tiene un papel limitado; puede analizar hechos o relaciones entre ideas, pero es incapaz de impulsarnos a actuar o de establecer juicios morales.
La razón nos describe cómo son las cosas, pero no puede decirnos cómo «deben ser». De hecho, Hume denuncia la falacia naturalista, que consiste en pretender derivar normas morales (el «deber ser») a partir de hechos físicos (el «ser»). El fundamento de la moral es, por tanto, un sentimiento de agrado o aprobación ante las acciones virtuosas, y de desagrado o rechazo ante las viciosas.
Este sentimiento es desinteresado y es común a todos los seres humanos gracias a la simpatía. La simpatía es la capacidad natural de conectar con los sentimientos ajenos, lo que permite que el juicio moral tenga un carácter universal y no puramente subjetivo. Finalmente, Hume vincula la virtud con la utilidad. Consideramos que una acción es buena si es útil para la sociedad, sentando los precedentes del utilitarismo posterior, al defender que las mejores acciones son aquellas que promueven la felicidad del mayor número de personas.
