Portada » Filosofía » Origen de la filosofía y pensamiento platónico: de los presocráticos a la República
El nacimiento de la filosofía fue caracterizado por W. Nestle con la conocida expresión del «paso del mito al lógos», donde se describe una importante transición en la manera de pensar de los griegos. Fueron capaces de dejar atrás un pensamiento mítico (mito), que encontraba en los dioses la explicación de lo que ocurre en la realidad, para acercarse a un pensamiento lógico (lógos), que aspira a descubrir las causas de los fenómenos.
Este proceso fue iniciado por los presocráticos. Tuvieron una gran capacidad de interrogación y de análisis, y la capacidad de no conformarse con un tipo de explicación que ya venía dada por la tradición a través de los mitos. Es Tales de Mileto (presocrático, 640–546 a. C.) quien suele considerarse el primer filósofo de la historia. A él no le interesaba si las conclusiones a las que su pensamiento le había llevado resultaban más o menos útiles; lo que le interesaba era si eran verdad o no; quería saber por saber, por amor al saber. Tales había descubierto algo que le había dejado tan pasmado que no podía dejar de pensar e investigar sin tener ningún beneficio a cambio.
Los sofistas eran maestros ambulantes que cobraban por enseñar retórica y oratoria. Hacían ver a los atenienses que muchas de las leyes que ellos tenían como fijas e inamovibles no eran más que construcciones humanas: convencionales, variables y acomodaticias. Por esta razón distinguían entre lo que es por naturaleza (phýsis) y lo que es por convención (nómos).
La obra de Platón tiene como último objetivo hallar y fundamentar una sociedad justa, es decir, cómo lograr una sociedad armónica en la que todas sus partes encuentren el equilibrio bajo las ideas de Justicia y Bien. Pero para saber qué es la justicia y el bien es necesario conocer la Verdad. Por tanto, a la tarea política le precede una tarea epistemológica (descubrir la verdad) y ontológica (describir la realidad).
Esa búsqueda de la verdad, ese querer saber qué son las cosas, dónde está la realidad y llegar finalmente a la idea del Bien y de la Justicia, ha recibido el nombre de teoría de las Ideas, que es el modo más común de nombrar la obra platónica. Llegar a la verdad significa conocer la verdadera esencia de las cosas. Solo en el verdadero conocimiento de las cosas está la realidad; y quien ha alcanzado la verdad (la verdad completa y absoluta) puede saber lo que son el bien y la justicia y, por tanto, construir una sociedad justa.
Las Ideas son aquello por lo que una cosa es lo que es. Tienen una existencia propia, independientemente de que las pensemos o no, en un mundo separado. Como consecuencia de esta teoría surge la duplicación del mundo.
Por un lado estaría el mundo sensible o material: cosas concretas y particulares; es el mundo de lo plural, lo múltiple, lo cambiante, lo temporal, lo particular, lo aparente y lo imperfecto. Se trata de la realidad más inmediata a nosotros, aquello que podemos conocer a través de los sentidos. De este mundo no cabe un verdadero conocimiento, pues, al menos para Platón, no es posible concebir una verdad sometida al cambio.
Por otro lado está el mundo de las Ideas o inteligible: mundo de la verdadera realidad, donde las Ideas se caracterizan por ser atemporales (ni se generan ni se destruyen), inmutables (no cambian), universales (formas únicas de algo múltiple) e inteligibles (solo las podemos conocer a través de la razón, y no de los sentidos). El Demiurgo crea el mundo sensible a través de la materia y del espacio. Los mundos que forman el dualismo ontológico (sensible e inteligible) se relacionan mediante participación (méthexis) y imitación (mímesis): las cosas bellas lo son porque imitan la Idea de Belleza o porque tienen parte de esa idea; en ambos casos, las cosas sensibles son meras copias o reflejos de las Ideas y son, por tanto, menos reales que éstas. El mundo sensible es una copia del mundo inteligible, el cual actúa como modelo y causa.
Diferenciamos dos tipos de conocimientos: la doxa (afecta al mundo sensible) y la epistéme (afecta al mundo inteligible). También hay dos formas distintas de conocer el mundo.
Es el conocimiento sensible, cuyo objeto son las cosas materiales. Cuando contemplamos las imágenes obtenemos la conjetura; la imaginación (eikasía) es el conocimiento de imágenes y es el conocimiento más imperfecto. Por encima de este (pero aún dentro de la opinión) estaría la creencia (pístis), que sería el conocimiento de objetos.
Es el conocimiento inteligible, cuyo objeto son las Ideas, el ser eterno e inmutable. Al contemplar los entes matemáticos obtenemos la inteligencia discursiva (dianoia): es el pensamiento propio de las matemáticas, cuyo objeto son los objetos matemáticos. Por otra parte, al contemplar las Ideas obtenemos la inteligencia o pensamiento (noésis): un conocimiento superior a la opinión que requiere menos apoyatura sensible.
La inteligencia discursiva es la que “discurre” de una premisa a otra; la matemática necesita apoyarse en presupuestos previos, por eso aplica un conocimiento discursivo descendente. Sin embargo, la inteligencia o pensamiento prescinde de cualquier apoyatura sensible y de cualquier referencia a algo material.
¿Cómo es posible encontrar la verdad si no se sabe cuál es? Para resolver esta cuestión, Platón recurre a la tesis de la reminiscencia: en realidad, el ser humano no conoce las cosas, sino que las reconoce. Para Platón, el alma existe antes de encarnarse en un cuerpo y conocía ya todas las Ideas; al encarnarse olvida todo lo que sabe y necesita que el conocimiento sensible sirva como provocación.
Es este uno de los pocos momentos en los que la sensación recibe una valoración positiva: sirve como ocasión para desencadenar todo un proceso imparable de conocimiento que nos llevará de nuevo hasta las Ideas. Esta teoría la expone Platón con el mito del carro alado.
El amor es considerado por Platón una vía privilegiada de acceso al mundo de las Ideas. Sería una especie de «dialéctica emocional», donde por medio del amor también nos vemos involucrados (de un modo emocional o experiencial) en un proceso abstractivo similar al que ejecuta la dialéctica. El amor, para Platón, es una idealización o «desmaterialización» del objeto amado: lo que comienza como una mera atracción física (en el mundo sensible) puede terminar llevándonos hasta la Idea suprema.
La antropología platónica está directamente relacionada con su ética y con su teoría política, por lo que antes de adentrarnos en ambas conviene enunciar algunas ideas esenciales relativas a la concepción del ser humano. Las características más importantes de la antropología platónica son:
Para Platón, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo. El alma es inmortal y pertenece al mundo de las Ideas, por lo que su unión con el cuerpo es accidental. Platón llega a admitir la reencarnación, de modo que llevar una vida «sabia» puede ser una garantía para volver al mundo de las Ideas. El cuerpo, por su parte, será siempre valorado por Platón de un modo despectivo: dice que es lo que nos impide «despegar» de lo sensible, lo que pretende atarnos a los placeres y los datos aparentes. Por ello, Platón llega a referirse al cuerpo como la «cárcel» del alma.
Platón divide el alma en tres partes:
Esta división del alma, a primera vista, podría parecer arbitraria; sin embargo, si nos fijamos en las características psicológicas del ser humano, pensamientos, sentimientos e impulsos son vectores psicológicos esenciales para entender la mente humana y su comportamiento. A cada parte del alma le corresponde una virtud.
El pensamiento platónico tiene un enfoque fundamentalmente social y político. Platón estaba convencido de que los modelos políticos de su tiempo estaban sustentados en la injusticia. A partir de ahí, toda su filosofía es un intento de buscar un modelo justo de gobierno que debe fundarse en el conocimiento objetivo de la realidad humana.
La República muestra un modelo que resulta de aplicar al plano social su teoría de las tres partes del alma. Platón concibe la sociedad como un organismo vivo con una personalidad, un alma. En el plano social y político, la justicia resulta del equilibrio entre los estamentos sociales en su persecución del bien común bajo la tutela de la razón.
Se establece así una correlación entre las partes del alma y las clases sociales: la virtud propia de los magistrados será la prudencia; la de los guardianes, la fortaleza; y la de los productores, la templanza.
En el modelo social propuesto por Platón en la República hay un principio básico: las leyes deben imperar sobre los caprichos individuales. Los gobernantes deben ser los mejor preparados; esta aristocracia tiene como fundamento la sabiduría. Esta es la tesis intelectualista platónica: el conocimiento del Bien es indispensable para poder gobernar adecuadamente. Lo que legitima el poder es la sabiduría, el conocimiento de la Justicia; el gobernante ha de ser filósofo, amante del saber.
Para asegurar el éxito de este modelo social son necesarias tres cosas:
En la República Platón habla también de cuatro regímenes políticos injustos: timocracia (degeneración de la aristocracia), oligarquía (degeneración de la timocracia), democracia (degeneración de la oligarquía) y tiranía (degeneración de la democracia).
Platón quiso distinguir no solo entre dos mundos, sino también entre dos tipos de ignorancia: por un lado, yo puedo saber que no sé cuántos años más podrá el Sol seguir brillando y alimentando a la Tierra; por otro lado, puedo creer que sé que las mujeres son menos inteligentes que los hombres. En el primer caso, ignoro algo; en el segundo, ignoro que ignoro la verdad sobre algo cuando digo saberlo y, por lo tanto, me engaño.
La filosofía lucha contra este segundo tipo de ignorancia; en la alegoría de la caverna se describe una situación en la que todos los seres humanos estamos condenados; una situación que constituye nuestro inevitable punto de partida. Nosotros somos como los prisioneros en el mito de la caverna. Es un tipo de ignorancia, la peor de todas, porque no es que no sepa, sino que creo que sé.
En la caverna de Platón todo el mundo se cree sabio y todo el mundo habla, da su opinión (doxa) y defiende su punto de vista. La ignorancia está hecha de evidencias y lugares comunes: para ella todo es muy de sentido común, muy natural. Por eso la ignorancia suele hacernos sentir seguros, pues en ella todo nos resulta familiar. Pero —se pregunte
