Portada » Filosofía » Fundamentos de la Teoría Crítica: De la Dialéctica de Hegel a la Crítica del Capitalismo de Marx
En 1923 se inaugura el Instituto para la Investigación Social (IFS), sede de la Escuela de Frankfurt. La libertad intelectual hacía de esta ciudad un lugar ideal para un grupo de intelectuales que estaban interesados en las repercusiones políticas y sociales del marxismo y que querían transformar la sociedad de su tiempo. Sus fundadores procedían de familias judías de la alta burguesía que se rebelaron contra la clase social de sus padres.
Hegel fue el representante más destacado de un movimiento filosófico: el idealismo alemán. Este movimiento parte de la filosofía kantiana, afirma que nada existe fuera del yo, critica duramente el cientificismo y, en consonancia con el romanticismo, reivindica lo irracional, el sentimiento y la tradición histórica.
El Romanticismo se caracteriza por:
Tú no eres nada, crees que eres un sujeto, una realidad, pero eres tan solo un momento insignificante en la historia cumpliendo un papel que no decides tú. ¿Quién eres tú para la historia? ¿Quién te recordará? El momento histórico que tú estás viviendo será recordado, los grandes hombres que están construyendo ahora la historia serán recordados, como nosotros recordamos a César o Napoleón, pero ¿quién te recordará a ti?
Para Hegel, decir que una cosa no se puede conocer es lo mismo que decir que no existe. Por tanto, la realidad no es un objeto sino un sujeto al que Hegel denomina «espíritu absoluto» para indicar dos cosas: primera, la esencia de la realidad no es material sino racional; segunda, la realidad no es ninguna parte del sistema ni ningún momento del proceso sino el todo. Para Hegel, la realidad no es estática, sino dinámica. La realidad no tiene esencia sino historia. Las cosas no están acabadas sino que están en un continuo proceso de desarrollo. Ahora bien, ese cambio no es azaroso, sigue una regla que Hegel denomina dialéctica porque todo cambio supone la superación de dos elementos opuestos o contradictorios. La realidad está progresando mediante el incesante conflicto de opuestos. La realidad es un proceso circular con tres momentos cuyo motor es la contradicción:
El ser humano también está sometido a un proceso evolutivo, cuyas etapas son:
La historia, como proceso de evolución, tiene un final, no en el sentido de apocalipsis sino de estado de máximo desarrollo. Hegel creía que, con la creación del Estado por parte de la Ilustración, ese final había llegado. El Estado es la conclusión de un proceso dialéctico en el que un pueblo va madurando hasta lograr la plena conciencia de sí mismo. Sin establecerse como Estado, la nación no alcanza su plenitud. La historia es un proceso dialéctico que tiene como fin la legitimación de un nuevo individuo que alcanza madurez, reconocimiento, independencia y soberanía con la constitución de un Estado. Para Hegel, el Estado es el fin de la política y supone la síntesis entre unidad y pluralidad, estabilidad y actividad, ley y moral. Para Hegel, la función del Estado no es proporcionar felicidad a los hombres sino hacerlos libres en la historia.
La esencia del ser humano es la libertad, pero, para que esta pueda desarrollarse, necesitamos una comunidad de mutuo reconocimiento en la que podamos crecer como individuos libres. El Estado racional es la institución que aporta el espacio de mutuo reconocimiento que requerimos los humanos. Hegel entendió que la historia de los seres humanos es el relato de la lucha de la humanidad por alcanzar la libertad y ese momento de plenitud estaba llegando con las revoluciones burguesas; por eso, junto con otros estudiantes de su universidad, plantó lo que llamaron «el árbol de la libertad» mientras cantaban juntos el Himno de la alegría, que por entonces era un canto muy, pero que muy revolucionario.
Para Hegel, el protagonista de la historia es el espíritu de la humanidad que se va desplegando y desarrollando. Los sujetos de ese despliegue del espíritu son los pueblos. Cada nación supone un particular sendero que una comunidad humana recorre hasta alcanzar el Estado. Cada nación supone una moralidad propia, es decir, una manera particular de vida humana. Cada nación va aportando desde su peculiar forma de cultura contribuciones al espíritu universal de la humanidad que terminará conociéndose a sí mismo. Aunque las comunidades humanas son los auténticos actores de la historia, Hegel afirma que en cada época unos pocos hombres, que encarnan el “espíritu de los tiempos”, son los que hacen girar la historia hacia un lado o hacia otro. Pero estas individualidades excepcionales como Alejandro Magno o Napoleón son lo que Hegel llama «las astucias de la razón», medios de los que se vale el espíritu para encaminar la historia hacia un fin necesario.
La cuestión central para Marx es cómo se ha de reformar la filosofía para que esta deje de ser una justificación ideológica del orden existente y se convierta en una herramienta de crítica y transformación de la realidad.
Término de origen jurídico derivado del latín alienus, ajeno, que pertenece a otro (alien), y que se aplica en las ventas. Así, alienar un bien equivale a venderlo, es decir, transmitir a otro algo que era propio. Por extensión se habla también de alienación en un sentido psicopatológico, como sinónimo de pérdida de juicio o locura. El alienado es, entonces, el enfermo mental cuya mente está escindida.
El punto de partida del pensamiento de Marx es un estudio de la situación en la que se encuentra el ser humano bajo condiciones capitalistas: El proletario, desposeído de cualquier medio para ganarse la vida, depende de otro para su supervivencia, quien le explota y humilla. El capitalismo impide a los hombres ser libres y desarrollar sus potencialidades humanas. Marx usa el concepto alienación para describir esta situación. Este término filosófico significa «extrañación», «distanciamiento» y «exteriorización», y expresa una extrañeza del sujeto respecto de sí mismo. Ya había sido usado por Hegel para indicar el proceso por el que el espíritu pierde su esencia y se convierte en otra cosa cuando se materializa. Marx lo usa para referirse a la situación de un ser humano que depende de otro.
Según Marx, el capitalismo despoja a los hombres de su libertad y los convierte en mercancías. El ser humano vive radicalmente alienado y no podrá ser plenamente humano si antes no destruye las estructuras que dificultan su desarrollo y justifican el orden existente. La filosofía debe ofrecernos los instrumentos teóricos para liberar a los seres humanos de toda forma de alienación: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo» (Tesis sobre Feuerbach).
La primera tarea que debe afrontar la nueva filosofía es la de descubrir la raíz de las alienaciones. Marx discute con Feuerbach sobre el origen de la alienación. Feuerbach cree que las causas habría que encontrarlas en la religión. Toda su crítica puede resumirse en la frase «el secreto de la teología es la antropología». El hombre hace la religión; la religión no hace al hombre. El secreto que la religión oculta es que no fue Dios quien creó al hombre a su imagen y semejanza, sino al contrario, es el hombre quien sostiene a Dios. Ese ser superior nace de la autoconciencia humana. La esencia de Dios no es más que una proyección idealizada de la esencia del ser humano. Si el hombre es el ser que puede conocer, Dios es omnisciente; si el hombre es el ser que tiene poder sobre la naturaleza, Dios es omnipotente; si el hombre es el ser que puede ser bueno, Dios es la suma bondad, etc. El problema es que con la religión el hombre olvida su esencia, se convierte en un extraño para sí mismo y termina sometiéndose a su criatura. «El hombre es lo que come», escribe Feuerbach, para afirmar, contra Hegel, la preeminencia del mundo material sobre el espiritual y, por ello, todo humanismo debe ser necesariamente ateo.
El fundamento de la religión es la miseria del mundo. La religión es la ilusión de felicidad de un pueblo condenado a vivir en un valle de lágrimas. La lucha no debe tener como objetivo la eliminación de la religión, como proponía Feuerbach, sino la eliminación de la miseria. No se trata de arrebatarle al pueblo el bálsamo de una dicha ilusoria sino de posibilitarle una dicha real. No esperar a una vida digna en el más allá sino construirla en el más acá. Ahora bien, la religión se convierte en alienante cuando la clase social dominante la usa como instrumento para legitimar el orden establecido, narcotizar al pueblo y reprimir toda fuerza revolucionaria. Al igual que el opio, la religión funciona como una anestesia contra el dolor, limita el pensamiento, nubla la visión, e impide que el pueblo luche para modificar el orden establecido por las clases dominantes, que es la verdadera causa de su sufrimiento.
No es en la religión sino en la economía donde se genera la auténtica alienación; la razón de ello es que, para Marx, la esencia del hombre es el trabajo. Aunque en occidente ha triunfado la idea de que el ser humano es un animal racional, Marx cree que la primigenia fuerza humanizadora no es la razón sino el trabajo. Antes que homo sapiens es un homo faber, un animal que hace herramientas. Lo primero que distingue al hombre de los animales no es su conciencia o su religión sino su capacidad para producir sus medios de vida. Al transformar la naturaleza y producir casas, vestidos o alimento, el ser humano materializa su esencia porque el hombre es el animal que fabrica casas, vestidos o alimentos. Y, al producir sus medios de vida, el hombre se produce indirectamente a sí mismo: el tipo de casa en que vivimos, el vestido que llevamos o el alimento que comemos nos configura y nos moldea de una determinada manera. Aunque el objeto producido es la materialización de la esencia del trabajador, el sistema capitalista separa al trabajador del fruto de su trabajo y lo vende como mercancía. Esto ha provocado que el trabajo, en lugar de ser una actividad humanizadora, se convierta en una actividad alienante: el obrero no trabaja para sí sino para otro de quien depende para subsistir y que se apropia del fruto de su esfuerzo.
Con materialismo histórico hacemos referencia a la teoría que, a partir de la economía, explica la sociedad y las leyes que rigen el progreso histórico. La gran tesis de Marx es que el modo en que los seres humanos producen sus bienes condiciona el progreso social, político y cultural.
Conjunto de personas con los mismos intereses económicos. El marxismo considera que las clases aparecen con la división social del trabajo. Con la aparición de la propiedad privada la sociedad se divide en dos grandes grupos o clases: la de aquellos que poseen la propiedad privada de los medios de producción (tierras, fábricas…) y la de aquellos que solo disponen de la fuerza de su trabajo para sobrevivir. En función de las peculiaridades del modo de producción de cada sociedad, las clases sociales serán distintas.
El origen de la sociedad y la causa de sus transformaciones se encuentra en el trabajo. El hombre debe trabajar para sobrevivir y por el trabajo entra necesariamente en relación con otros hombres creando con ello la sociedad civil sobre la que se asientan, posteriormente, las instituciones políticas, las leyes o la cultura. Son, por tanto, los modos de producción y las relaciones de producción los cimientos de la sociedad y las claves para comprender la historia de las transformaciones sociales. Para Marx, la historia humana se reduce a la historia del esfuerzo por satisfacer nuestras necesidades (la economía). En suma, son los recursos naturales, los modos en que los hombres producen bienes a partir de ellos y las relaciones que establecen para producirlos los que explican la estructura social de un determinado momento histórico. El materialismo histórico no reduce la historia a mera historia de la economía, sino que trata de desvelar los presupuestos económicos que están presentes, a veces de manera oculta, en toda actividad humana. Marx aplicó el materialismo histórico a la sociedad capitalista de su época, aunque lo consideró un instrumento científico válido para analizar cualquier sociedad. Marx considera que la fuente de todos los conflictos sociales se encuentra en las relaciones de producción. La propiedad privada de los medios de producción provoca la escisión de la sociedad en dos clases sociales antagónicas: los explotadores, propietarios de los medios de producción, no trabajan y se benefician del trabajo de otros; y los explotados, desposeídos y forzados a trabajar para otros. Pues bien, la relación económica entre estas dos clases sociales es la base oculta de la sociedad, que determina todos los otros órdenes, y que Marx llama infraestructura.
La superestructura se divide en:
Conjunto de normas, leyes, instituciones y formas de poder que legitiman la propiedad privada de los medios de producción y controlan la actividad económica. El Estado es un instrumento al servicio de la clase explotadora para someter a las clases explotadas; no es, como afirmaba Hegel, el garante de la libertad del ciudadano sino una institución para la represión, el sometimiento y la alienación económica.
La filosofía, la religión, la moral o el arte funcionan como una “falsa conciencia”, una mala interpretación de la realidad que está al servicio de los intereses económicos de la clase dominante. Los ideólogos, al servicio de los dueños del capital, generan ideas cuya función no es explicar la realidad sino encubrirla. Así, la ideología capitalista sirve para justificar la naturalidad y legitimidad de las relaciones de producción. Expresiones como “es justo que el dueño de la empresa se lleve la mayor parte de los beneficios ya que la empresa es suya” por boca de un obrero, ponen de manifiesto que los dominados piensan bajo la ideología de la clase dominante.
¿Cuáles han sido las clases antagónicas en las diferentes épocas históricas? ¿Qué es lo característico de la época capitalista?
Es lo que conocemos como materialismo dialéctico o materialismo histórico: un movimiento de tesis y antítesis que es superado en una síntesis, que a su vez se convierte en una nueva tesis. Cada momento histórico engendra unas contradicciones que constituyen el mecanismo de avance de la historia. Opresores y oprimidos: esta es para Marx la esencia de la historia humana. El capitalismo no eliminó el antagonismo de las clases, lo ha vuelto más simple al dividir toda la sociedad en dos únicas clases sociales: burguesía y proletariado.
La clase burguesa surgió en el interior de la sociedad feudal como negación de esta última hasta que terminó superándola. En la misma proporción en que se desarrollaba el feudalismo, se desarrollaba la burguesía hasta que las relaciones feudales de propiedad entraron en contradicción con las fuerzas productivas. La burguesía tomó entonces conciencia de clase, se convirtió en sujeto revolucionario, rompió las cadenas y edificó una sociedad nueva bajo el dominio económico y político burgués. Por la misma ley de la dialéctica, el proletariado es la contradicción interna de la burguesía. Igual que al señor le fue inútil defender sus derechos feudales ante su propia criatura, a la burguesía le resultará inútil defender su derecho de propiedad y sus privilegios frente al proletariado cuando este tome conciencia de clase. La burguesía no solo ha fabricado las armas que la llevarán a su muerte; también los hombres que empuñarán tales armas. El desarrollo de la industria va creando organizaciones de obreros que no compiten entre sí sino que se unen para luchar por sus derechos y que son conscientes de su fuerza y de su misión histórica. El ocaso del capitalismo es inevitable.
La situación de dependencia de los trabajadores se debe a tres factores:
Marx considera que la máquina en sí no es ni buena ni mala, sino que son las condiciones capitalistas (leyes económicas y propiedad privada de los medios de producción) las que hacen de esta un instrumento de opresión: es necesario transformar las condiciones económicas para poner las máquinas al servicio de todos los hombres.
Los capitalistas hacen uso de la “ciencia económica” para justificar su situación de dominio. Pero la economía no es una ciencia sino ideología, falsa conciencia. Los economistas crean un mito sobre el origen del capital: como fruto del sacrificado ahorro de los beneficios del trabajo (la fábula de la cigarra y la hormiga), pero se necesitarían muchas vidas para atesorar las enormes cantidades de capital que dirigen el sistema productivo. Marx nos recuerda que “el capital viene al mundo chorreando lodo y sangre” (El capital. Cap. XXIV), es decir, el capital se acumuló con el saqueo colonial. No solo eso, los economistas presentan las leyes del capitalismo como naturales y necesarias. Pero ¿acaso la naturaleza se rige por las leyes del libre mercado? Estas leyes son tan históricas como las que regían el sistema económico feudal o el esclavista. Marx pretende acabar con este “economicismo” y someter a la economía a las necesidades del ser humano, y no al ser humano a las necesidades de la economía.
La crítica de Marx al capitalismo ha de centrarse necesariamente en el estudio de la mercancía ya que esta es la base sobre la que se sustenta el sistema. En toda mercancía se pueden distinguir dos valores:
El fetiche es un objeto producido por el hombre al que se le atribuyen cualidades sobrenaturales y poder sobre los propios hombres. Marx afirma que aunque una mercancía parece una «cosa muy trivial», su análisis muestra que es una «cosa muy extraña», cargada de connotaciones metafísicas y teológicas. Por el fetichismo de la mercancía las relaciones mercantiles aparecen como relaciones entre cosas y no como relaciones entre las personas que han producido esas cosas. Las cosas se personifican y las personas se cosifican.
En el sistema preindustrial el ciclo del intercambio tenía como punto de partida una mercancía y como punto de llegada, otra mercancía. Responde a la fórmula M-D-M, donde el dinero es solo un símbolo de intercambio universal. Pero en el sistema capitalista la fórmula se invierte: D-M-D. El dinero, que no era más que un medio para obtener mercancías, pasa a ser un fin en sí mismo y la mercancía se convierte en un simple medio para obtener dinero. Pero el capitalista, cuando compra mercancías para venderlas luego en el mercado, no busca recuperar la cantidad de dinero invertida sino que su fin es obtener más dinero (D’). Ese más dinero es lo que Marx llama plusvalía.
La pregunta es ¿cómo se genera la plusvalía? En la sociedad capitalista el fenómeno de que el dinero parece producir dinero, pero quien realmente produce dinero es el trabajador. Esta es la base de la explotación capitalista. La plusvalía designa la riqueza producida por el trabajo que el capitalista se apropia. Ni la máquina, ni las materias primas, ni el dinero producen la mercancía; sino que la única fuente de la riqueza es el trabajo. Por eso Marx llama a la plusvalía «trabajo materializado». ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que el empresario se apropie de la plusvalía, del fruto del trabajo del trabajador? Por la propiedad privada de los medios de producción. Dado que los medios de producción están en manos del capital, la clase trabajadora solo puede subsistir vendiendo su fuerza de trabajo. Esto provoca una sobreabundancia de oferta de mano de obra, lo que es aprovechado por el capitalista para abaratar el precio de la fuerza de trabajo y explotar al obrero comprando a bajo precio su mano de obra. Esto lleva a Marx a afirmar que la propiedad privada de los medios de producción es un robo ya que todo trabajador, una vez producido el valor de su salario, trabaja gratis para el capitalista.
Es el propio sistema capitalista el que obliga a las empresas que compiten entre sí a generar cada vez más plusvalía. Hay dos formas fundamentales de aumentarla: o bien pagando menos del precio del trabajo generado, o bien, lo que es lo mismo pero más sofisticado, aumentando los ritmos de producción a través de tecnologías más avanzadas y un fuerte control del tiempo de trabajo del obrero. Esto es lo que Marx denomina Ley de pauperización creciente.
El colapso del sistema capitalista es inevitable debido a lo que Marx denomina ley de bajada tendencial del beneficio: Si el capitalismo solo vive de la plusvalía, se mantendrá mientras pueda mantenerse la plusvalía. El problema es que es imposible un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. De igual manera es imposible una explotación creciente de la fuerza de trabajo. Es imposible un crecimiento económico constante que asegure la plusvalía. En un mercado competitivo las empresas invertirán parte de la plusvalía en máquinas y sistemas que reduzcan el tiempo de producción de una mercancía para reducir con ello su precio en el mercado. Para sobrevivir, las empresas se ven obligadas a producir cada vez más y cada vez más rápido. Esto supone un incremento de la plusvalía a corto plazo pero, a largo plazo, la destrucción de la plusvalía. El aumento de la mecanización del trabajo se traduce en desempleo. Un menor número de empresas con menor número de obreros dominarán el mercado. Cada vez habrá más proletarios separados del consumo que son, al mismo tiempo, los consumidores de los productos que fabrican las empresas. De este modo, la burguesía al crear el proletariado ha creado la clase que acabará con ella.
A grandes rasgos podemos dividir la diversidad de interpretaciones de Marx en dos grandes grupos:
Gramsci fue el creador del concepto de hegemonía que tanto se cita hoy en día en política. Para este filósofo italiano, entender la historia es la condición necesaria para transformarla y esta solo puede ser comprendida desde el método dialéctico. Gramsci diferencia entre el poder y la hegemonía. El primero hace referencia a la dictadura política de una clase sobre otra, mientras que el segundo es la capacidad de persuadir y de imponer tu discurso sobre el resto de relatos. El poder surge como resultado de la hegemonía, es decir, primero una clase se convierte en hegemónica y a causa de eso, logra alcanzar el poder político para dirigir el Estado. Por tanto, la lucha ha de ser cultural ya que la clase dominada suele no ser crítica con la cultura hegemónica que el poder suministra a través de los “intelectuales orgánicos” que trabajan para ellos.
Rosa Luxemburgo fue una pensadora muy comprometida políticamente. Militante marxista desde los 16 años, estuvo encarcelada en varias ocasiones. Su pensamiento político es clave para entender cuestiones actuales como la emancipación, el feminismo o la lucha del movimiento obrero. Su libro más conocido es Reforma o revolución y en él polemiza con el «reformismo» defendido por el partido socialista alemán según el cual el socialismo debía abandonar la lucha de clases y la revolución para buscar alianzas políticas con los partidos de la burguesía con las que conseguir reformas sociales que mejorasen la vida de las clases trabajadoras. Su famoso eslogan «socialismo o barbarie» significa que no hay tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. Para Rosa Luxemburgo, la reforma debe ponerse al servicio de la revolución.
Luxemburgo fue una de las más firmes defensoras del socialismo feminista que postulaba que, aunque las obreras debían llevar como suyas las reivindicaciones políticas del feminismo burgués, como el sufragio universal, debían radicalizarlas y defender la abolición de la explotación femenina en el mundo del trabajo. Solo así podrían emanciparse las mujeres realmente. Una de las claves de su feminismo fue la cuestión antiimperialista: cuando hay intereses económicos sobre un país, el imperialismo justifica su injerencia con el discurso de «salvar a las mujeres» de ese país. Este discurso es una trampa del capitalismo que justifica su imperialismo haciendo un uso torticero de la causa feminista.
Simone Weil defiende que todo ser humano, del mismo modo que tiene necesidades físicas como comer o dormir, también tiene necesidades del alma. De todas ellas, la más importante —y olvidada en nuestros días— es la necesidad de arraigo en una comunidad: «El arraigo es quizá la necesidad más importante y la más desconocida del alma humana. Es una de las más difíciles de definir». Nada en el mundo vive sin raíces. Los seres humanos, al igual que las plantas, necesitamos de un suelo nutricio para vivir. Sin él, es decir, desarraigados, nos marchitamos, nos corrompemos y morimos. La obra fue escrita a petición del gobierno francés en el exilio y debía constituir un programa político para la nueva Francia. El suelo nutricio en el que nos arraigamos es la comunidad.
Siguiendo a Marx, Weil analiza las fuentes de desarraigo en su época: el capitalismo, el fascismo o el capitalismo. La situación de desarraigo en la que se encuentran los proletarios y campesinos, sumidos en la explotación y el desempleo, destruye la política porque esta es la construcción de la polis, la comunidad de ciudadanos. El capitalismo redujo todos los valores a valor económico, destruyó los suelos humanos para reducirlos a mero recurso, degradó las relaciones a producción y consumo, y convirtió al hombre en un ser desarraigado.
En 1923, se funda, vinculado a la universidad de Frankfurt, el Instituto de Investigación Social, formado por un grupo de investigadores de diversas disciplinas que hicieron uso del pensamiento de Hegel, Marx y Freud para llevar a cabo un estudio crítico de las sociedades industrializadas conocido como «Teoría Crítica».
Esta expresión fue formulada por el primer director de la Escuela, Max Horkheimer, para hacer referencia al proyecto de la Escuela de llevar a cabo una crítica a todas las formas de ideología y dominio que aparecen en la sociedad actual. Con el ascenso de Hitler al poder, el instituto se trasladó a los EE. UU. asociándose a la Universidad de Columbia, hasta que, en la década de los cincuenta, regresa a Alemania.
La Escuela desarrolló el concepto de razón instrumental para referirse al modelo de racionalidad que nuestras sociedades imponen a sus sujetos. El sistema reduce el uso de la razón para desarrollar y construir medios o instrumentos con los que alcanzar fines que están previamente establecidos, pero impide el uso de la razón para discutir dichos fines. Adorno, por ejemplo, llevó a cabo un estudio crítico de los medios de comunicación, a los que considera un instrumento para imponer valores y modelos de vida, crear necesidades, eliminar la creatividad e incluso determinar nuestro lenguaje. Horkheimer cree que el fascismo no desapareció con la Segunda Guerra Mundial sino que se transmutó y se encuentra hoy dentro del capitalismo en el que una minoría ejerce un poder absoluto a través de la posesión de los medios de producción.
Marcuse toma como punto de partida para su crítica el pensamiento de Freud. En Eros y civilización (1955) defiende que, hasta ahora, la función de la civilización ha sido la represión de los instintos humanos (eros) y que la ausencia de libertad ha sido el precio a pagar por la convivencia. Pero Marcuse no se queda ahí y propone poner el progreso técnico al servicio de la emancipación humana para liberar al ser humano de toda forma de alienación, especialmente la del trabajo, y conducirle a un modelo de sociedad no represiva en el que eros y civilización se reconcilien.
Marcuse realiza su crítica más feroz contra la sociedad capitalista en El Hombre Unidimensional (1964): el hombre moderno vive una falsa sensación de libertad sin percatarse de la dominación técnica que sufre. En las sociedades modernas, la técnica se ha convertido en un poderoso instrumento con el que el capital controla a los sujetos y los convierte en meros productores-consumidores de mercancías. Así, la libertad queda reducida a consumo. El sistema desactiva la capacidad revolucionaria de un proletariado que olvida su clase y se vende por confort y falso bienestar.
¿Por qué el ángel mira hacia el pasado? Por tres razones: Porque es inevitable y necesario mirar hacia atrás, es decir, es imposible mirar hacia delante. Porque el futuro no existe, se construye desde el presente. Y porque para entender nuestro presente es necesario conocer nuestra historia.
Hannah Arendt (1906-1975) no se definía como filósofa sino como teórica política. Es especialmente conocida por sus estudios sobre el totalitarismo y la banalidad del mal. Arendt defiende que la humanidad ha dejado de ser ideal para convertirse en una realidad de facto: cada país se ha convertido en el vecino casi inmediato de todos los demás y cada hombre siente el impacto de los eventos que tienen lugar en el otro lado del planeta. Sin embargo, este escenario común no se basa ni en un pasado compartido ni en un futuro igual para todos. La misma tecnología que ha conectado y globalizado el mundo puede destruirnos con igual facilidad. Hemos diseñado medios de destrucción tan potentes como los actuales medios de comunicación.
Su obra Los orígenes del totalitarismo, aunque hoy se considera uno de los libros de teoría política más importantes de nuestro tiempo, fue especialmente polémica en la época por equiparar el estalinismo y el nazismo como dos formas de totalitarismo que buscaban eliminar todas las restricciones al poder del Estado. El totalitarismo, para Arendt, es diferente de otras formas autoritarias de gobierno como el despotismo, la tiranía o la dictadura. El totalitarismo no es un hecho histórico pasajero sino que fue, y puede decirse que sigue siendo, un movimiento latente en Europa. A diferencia de las interpretaciones para las que el totalitarismo es una amenaza a la civilización occidental, Arendt lo interpretaba como uno de sus productos más auténticos, cuyas premisas eran el antisemitismo y el imperialismo reinante en la cultura europea.
La primera aparición del régimen totalitario se produce en 1929 en la Rusia soviética; cinco años después, en Alemania se formaría un “Estado Autoritario” a partir de una “personalidad autoritaria”. El ruso se funda sobre las ideas de lucha de clases, internacionalismo y fin de la historia; el alemán sobre las ideas de raza, nación y destino. Tanto el totalitarismo ruso como el alemán tienen en común el proyecto de formación del “hombre nuevo” y la instauración de un “terrorismo político” basado en la mentira. La mentira es para Arendt la característica básica del totalitarismo. Para ilustrar cómo el totalitarismo transforma la mentira en realidad, la filósofa, en otra de sus obras, La condición humana, da el siguiente ejemplo: si yo digo que mi tía millonaria ha muerto, y alguien replica que eso no es posible porque acaba de verla en el supermercado, solo tengo que ir donde mi tía y meterle un par de balazos en la cabeza para que mi proposición inicial sea verdadera. Se trata de mentir la verdad, representarla hasta convertirla en un hecho real. De ambos regímenes totalitarios, el alemán fue particularmente sorprendente, pues nació en el seno de la democracia occidental, justamente como la que vivimos hoy.
El objetivo principal del totalitarismo es destruir la persona jurídica cancelando el valor más profundo e íntimo de cada ser humano: la libertad política. El totalitarismo suprime el espacio público, confisca la posibilidad de ser visto y oído por los demás y secuestra el debate en manos de un puñado de burócratas ideológicos hasta invisibilizar del todo los diversos intereses que componen una sociedad.
La filósofa creó una expresión para referirse a este fenómeno: «la banalidad del mal». Con ella, Arendt no quería decir que el daño causado por el mal carezca de importancia, sino que banal es el sujeto que lo lleva a cabo. Para realizar una buena acción necesitamos reflexionar sobre lo que debemos hacer y distinguir lo justo de lo injusto; en cambio, para realizar un mal solo hay que renunciar a pensar y obedecer ciegamente. Eichmann no era estúpido: simplemente había desarrollado una «incapacidad de pensar». Dejar de pensar por uno mismo, ser incapaz de ponerse en el lugar del otro, fue la causa de una de las mayores atrocidades que ha cometido el ser humano. «Lo más grave en el caso de Eichmann era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que éstos no eran pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales.» Eichmann pudo llevar a cabo esa masacre porque le respaldaba una sociedad que le permitió eludir la responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos.
En La condición humana, Arendt propone la recuperación del espacio público como antídoto a toda forma de totalitarismo y barbarie. Para ella público es casi sinónimo de político, pero lo político no puede equiparse a lo gubernamental; tiene que ver con la acción en una comunidad de iguales. Arendt divide la vida activa del ser humano en labor, trabajo y acción: la primera se refiere a la necesidad natural y al consumo material, la segunda al arte y a la construcción de un mundo humano, la tercera a la política. Critica el marxismo, por centrarse en el trabajo y por intentar, a través de la tecnología, emancipar al hombre del trabajo sin tener en cuenta para qué. Como afirmaba Aristóteles, la buena política es la más excelente de las actividades humanas: al actuar juntos para iniciar algo genuinamente original, los ciudadanos están ejerciendo plenamente sus facultades humanas.
El punto de partida de Habermas es una corrección a Marx: El mecanismo primario de integración social no es el trabajo sino el lenguaje. Así, la evolución social no consiste, como diría Marx, en cambios en el sistema de producción, sino en el progreso hacia una democracia en la que:
Marx, inspirándose en Hegel, defendió la historia como proceso necesario que conducía hacia la eliminación de toda forma de alienación (fin). Nietzsche defendió el carácter cíclico del tiempo (eterno retorno) en el que no tiene sentido ni el concepto de principio ni el de fin.
