Portada » Latín » Fragmentos de la literatura latina: Virgilio, Ovidio, Catulo, Plauto y autores históricos
Laocoonte baja corriendo, ardiente, desde lo más alto de la fortaleza y, desde lejos, grita: «¡Oh desgraciados ciudadanos, qué locura tan grande! ¿Creéis que se han ido los enemigos, o pensáis que algunos regalos de los dánaos carecen de trampas? ¿Acaso así es conocido Ulises? O están incluidos en este leño los aqueos, o se oculta algún otro engaño; no creáis al caballo, Teucros.»
Dido y el caudillo troyano llegan a la misma cueva; la Tierra la primera y prónuba Juno dan la señal; brillaron los relámpagos y se inflamó el éter, cómplice de aquel himeneo, y en las más altas cumbres prorrumpieron las ninfas en grandes alaridos. Fue aquel día el primer origen de la muerte de Dido y el principio de sus desventuras.
Rechazada, se oculta en la selva; en las frondas cubre su rostro con pudor y desde entonces vive en recónditos antros. Mas se obstina el amor y lo aumenta el dolor del rechazo; adelgazan el cuerpo miserable las inquietudes insomnes; la flacura reduce su piel, y en el aire se pierden todos los jugos del cuerpo; solo sobreviven la voz y los huesos.
Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos crecen transformándose en hojas, sus brazos en ramas; sus pies, un momento antes tan veloces, quedan inmovilizados en raíces fijas; una arbórea copa ocupa el lugar de su cabeza; su esplendente belleza es lo único que de ella queda. Aun así sigue Apolo amándola, y apoyando su mano en el tronco percibe cómo tiembla aún su pecho por debajo de la corteza reciente.
El pájaro de mi niña ha muerto; el pájaro, objeto de las delicias de mi niña, a quien ella amaba más que a sus propios ojos. Era como de miel; la conocía tan bien como una madre a su hija y no se apartaba de su regazo; dando saltos de un lado a otro, siempre piaba solo para su dueña.
Vivamos, querida Lesbia, y amemos; a los rumores de los ancianos más severos démosles poca importancia. Los soles pueden morir y volver a salir: tan pronto como muera la breve luz, una noche perpetua habremos de dormir. Dame mil besos, luego cien, luego otros mil, luego una segunda centena, juegos hasta otros mil, luego cien.
Dichoso el que, alejado de los negocios y libre de toda usura, como los primitivos mortales, trabaja los campos paternos con bueyes de su propiedad; ni le despierta en el campamento el aviso de la cruel trompeta, ni le intimidan las borrascas del iracundo mar, y evita por igual los pleitos del foro y los soberbios umbrales de los poderosos ciudadanos.
Declamas con gracia, defiendes pleitos, Átalo, con gracia; historias con gracia, versos con gracia haces, compones con gracia mimos, epigramas con gracia; eres un gramático gracioso, un astrólogo gracioso, y cantas con gracia y bailas. Átalo, con gracia, gracioso eres en el arte de la lira, gracioso en el arte de la pelota. Si bien nada haces bien, sin embargo lo haces todo con gracia: ¿quieres que te diga lo que eres? Eres un gran vividor.
ART. — «Todas las mujeres se enamoran de ti… »
PIR. — «¿Qué es lo que te decían?»
AR. — «Me preguntaban: «¡Oye, ¿es Aquiles?»». «Aquiles no, digo, pero es su hermano». Y entonces va la otra y dice: «Pues anda, que no es guapo, y además qué buen porte; fíjate lo bien que le cae la cabellera. Verdaderamente, hija, qué suerte que tienen las que se acuestan con él.»»
PIR. — «¿De verdad que decían eso?»
Éste empezó a hacerle el amor a Alcmena a espaldas de su marido y se unió con ella, dejándola encinta de su unión; o sea, para que estéis bien enterados ahora con respecto a Alcmena: ella está doblemente embarazada, de su marido y del soberano Júpiter. Ahora mismo está mi padre ahí dentro acostado con ella, y por ese motivo esta noche se ha hecho más larga.
Démeas: Rompió la puerta y se precipitó dentro de una casa ajena, maltrató al amo y a todos sus esclavos casi hasta la muerte, raptó a la mujer que amaba; todos gritan que se ha comportado de la manera más indigna. ¡Cuántas cosas me han dicho, Mición, mientras venía hacia aquí! Está en boca de todos.
Hécuba. — «Marchaos, marchaos, dánaos; poned rumbo ya tranquilos a vuestras casas, que con velas desplegadas surque sin miedo la escuadra los ansiados mares: ya han caído juntos una doncella y un niño; la guerra ha terminado… ¿A dónde voy a llevar mis lágrimas? ¿Dónde expulsaré este obstáculo que no me deja morir ya en mis años? ¿Lloraré a mi hija o a mi nieto, a mi esposo o a mi patria? ¿Lloraré por todo o sólo por mí? ¡Muerte, único anhelo mío!»
La ciudad de Roma, según tengo entendido, la fundaron y la poseyeron al principio los troyanos, que erraban, fugitivos, sin sede cierta, al mando de Eneas, y junto con ellos los aborígenes, raza de hombres agreste, sin leyes, sin jerarquía, libre y sin trabas. En tan poco tiempo la multitud heterogénea y vagabunda quedó convertida por la concordia en una sociedad organizada.
Sexto Tarquinio llegó a Colacia. […] Cuando, después de la cena, fue conducido a la habitación de huéspedes, ardiendo de amor, después de que todo parecía suficientemente seguro y todos dormidos, con la espada desenvainada se acercó a la durmiente Lucrecia y, oprimiendo con la mano izquierda el pecho de la mujer, dijo: «Calla, Lucrecia; soy Sexto Tarquinio; tengo la espada en la mano; morirás si emites un sonido.»
Encuentran a Lucrecia sentada, triste, en su habitación. Con la llegada de los suyos brotaron las lágrimas, y cuando su marido le preguntó —«¿Estás bien?»—, ella respondió —«En absoluto; pues ¿qué puede estar bien en una mujer que ha perdido su pudor? Las huellas de un hombre ajeno, Colatino, están en tu lecho; sin embargo, solo el cuerpo ha sido ultrajado; el alma es inocente; la muerte será testigo.»
Aníbal era, con diferencia, el mejor soldado de caballería y de infantería a un mismo tiempo; el primero en marchar al combate, el último en retirarse una vez trabada la pelea. Las virtudes tan pronunciadas de este hombre se contrapesaban con defectos muy graves: una crueldad inhumana, una perfidia peor que púnica, una falta absoluta de franqueza y de honestidad; ningún temor a los dioses, ningún respeto por lo jurado, ningún escrúpulo religioso.
Una vez decididos estos asuntos, Petreyo exige a toda Lusitania jinetes y tropas auxiliares; Afranio a los celtíberos, cántabros y todos los bárbaros que llegan hasta el Océano. Una vez reunidas, Petreyo se dirige rápidamente al encuentro de Afranio y deciden de común acuerdo hacer la guerra en las proximidades de Lérida por las ventajas de este lugar.
¡Oh tiempos, oh costumbres! El Senado comprende estas cosas, el cónsul las ve; sin embargo, este vive. ¿Vive? Más aún: incluso viene al Senado, llega a ser partícipe del consejo público, observa y señala con los ojos para la matanza a cada uno de nosotros. Nosotros, en cambio, hombres valientes, creemos que hacemos lo suficiente por la República si evitamos la furia y las armas de ese hombre.
