Portada » Lengua y literatura » Exploración de 16 Cuentos Esenciales de la Narrativa Española del Siglo XX
Miguel se dispone a escribir un cuento. Para su relato necesita un héroe, es decir, un protagonista, y por supuesto, necesita un argumento, que es la trama con la que se va hilando la narración. El cuento, según Miguel, no debe tener un solo desenlace, sino dos o más, para que el lector escoja entre ellos el que más le agrade. En un buen cuento son muy importantes las situaciones, ya sean patéticas o emocionantes, que es lo que hace que el lector se aflija o se alegre, llore o ría. El cuento debe entretener, distraer y hacer pasar el rato. El ponerse a escribir no es porque se haya encontrado un argumento, sino para encontrarlo, porque el supremo heroísmo es que el héroe haga a su hacedor. Y para que esto no se convierta en el cuento de nunca acabar, Miguel sacó una moraleja: todo se acaba en este mundo miserable, incluso los cuentos.
Este es un cuento de terror y a la vez fantástico. Se desarrolla en un palacio con grandes jardines en el que vivía la condesa Carlota y su hija, Beatriz. Carlota era muy devota y tenía su propio capellán, que se llamaba Fray Ángel. La condesa tenía una gran pena porque pensaba que su hija estaba poseída por el demonio. Entonces le dijo al capellán que fuese a buscar a una saludadora. El capellán dudaba en hacerlo, pero al final fue a buscar a una. Mientras el capellán iba a buscarla, un canónigo intentaba exorcizar a Beatriz. El canónigo pensó que Beatriz no estaba poseída y se lo dijo a la condesa. También le dijo que su hija le había confesado que Fray Ángel había abusado de ella. A medianoche llegó la saludadora, quien le dijo que había tenido un sueño y venía a sanar a Beatriz. Según ella, Beatriz estaba embrujada. La condesa le ordenó condenar a Fray Ángel y al día siguiente este apareció muerto.
Elizabide era un inmigrante que, después de pasar varios años en Uruguay, volvía a su tierra natal, un pueblecito de Guipúzcoa. No solo no había hecho dinero en América, sino que había perdido el poco que llevaba. Elizabide no tenía tratos con nadie del pueblo, excepto con su hermano, su cuñada, sus sobrinos y la hermana de su cuñada, de la que estaba enamorado. Cuando llegaron las fiestas del pueblo, el hermano, que era boticario, y su familia decidieron celebrar la romería de Arnazabal como todos los años e invitaron a Elizabide, quien no quería ir, ya que era muy solitario, pero finalmente lo convencieron entre su cuñada y la hermana de esta. Él quería pedirle a la hermana de su cuñada que se casara con él, pero pensó que ella estaba enamorada del médico del pueblo. Por la noche, de vuelta a casa, le dijo a la chica que pensaba volver otra vez a América debido al rechazo que sentía. Ante esto, ella le confesó que también lo amaba y Elizabide se quedó allí.
Este cuento trata sobre Félix, un poeta que quiere escribir un relato. Al protagonista de su cuento le llama como a él, Félix, el cual había estado enfermo, pero tras recuperarse vuelve a su trabajo de payaso en un circo. En el cuento también hay un taller de automóviles y a este taller entra un hombre que necesitaba arreglar un foco de un camión, porque tenía que salir de viaje para Albacete, pero al mozo del taller se le olvidó arreglarlo. El mismo día que el conductor del camión sale para Albacete, Félix sale de Vitoria hacia Albacete. Félix se cruza con él en la carretera y, cuando ve un solo faro en el camión, no se imagina que sea un camión y se choca. Este es uno de los finales que Félix el poeta le da a la historia. El otro es que Félix (el protagonista) se queda a comer con una amiga y no sale de viaje en ese momento.
La historia trata de dos amigos. Uno de ellos, Garamendi, se iba de veraneo y le pidió a su amigo que le echara un vistazo a su casa de vez en cuando para evitar que le robaran. El amigo se olvidó de vigilar la casa y al cabo de unos días decidió llamar por teléfono. Ante su extrañeza, contestó alguien al otro lado de la línea, el cual le dijo que era un ladrón. Durante su conversación, el ladrón le fue contando las cosas que iba a robar y le dio a entender que, aunque el señor Garamendi presumía mucho, tenía muy pocas cosas de valor. No solo eso, sino que además le ofreció las pieles de la señora Garamendi para que se las diera a su novia.
Es un relato fantástico que sucede en una calle de una ciudad cualquiera. En esta calle apareció un hombre que, según iba andando, se iba inclinando hasta que se cayó. Un muchacho lo vio y, viendo que no se levantaba, fue a ayudarle. Al llegar a su lado, quedó paralizado de terror. Después de esto, fue corriendo a avisar a otras personas que estaban comiendo en un bar. Uno de ellos llamó a una ambulancia y los otros se acercaron al hombre caído, pero el hombre ya no era hombre, era una masa sin contornos. Sus manos ya no eran manos, eran una masa, lo mismo que sus pies y su ropa. Poco a poco, su cuerpo se fue convirtiendo en una masa líquida y viscosa que empezó a volatilizarse. Cuando llegó la ambulancia, ya no quedaba nada del hombre. Solo había gente silenciosa y espantada por lo que habían visto.
Mari Tere trabajaba de mecanógrafa en una oficina. Todos los días a las seis de la tarde dejaba su trabajo y se iba a su casa. Pero aquel día, al llegar al escaparate de la peluquería, decidió entrar. El peluquero la convenció para hacerle la permanente, que la convertiría en una nueva mujer capaz de dejar a los hombres de piedra. Salió muy contenta de la peluquería, pero cuando la vieron su padre y su hermana, toda su alegría se desvaneció debido a lo que le dijeron. Su hermana era una artesana que tenía el taller en casa y no comprendía a Mari Tere.
Mientras Mari Tere estaba haciendo la cena, entró su padre e intentó tirarla por la ventana. Al día siguiente, el padre y la hermana decidieron, para acabar con ella, vestir al maniquí de la costurera con un vestido blanco de Mari Tere y clavarle una aguja de acero en el corazón.
En este cuento, Don Anselmo le cuenta a su amigo una historia de cuando él era joven: se consideraba un hombre muy elegante y en la fiesta del pueblo se paseaba por las calles con sus zapatos, su gardenia y su bombín. Se pasaba las tardes charlando con sus amigos y entreteniendo a las muchachas del pueblo. Una tarde hicieron un duelo entre Don Anselmo y Don Knut. Escogieron las armas y empezaron a dispararse. El duelo duró bastante tiempo hasta que una de las flechas se clavó en el ojo del dueño del puesto de la feria y Don Anselmo tuvo que marcharse aquella misma noche del pueblo, aunque no sin antes mandarle un saquito de 20 duros al dominicano (el dueño del puesto).
Don Anselmo volvió al cabo de ocho años, casado con una puertorriqueña que murió poco después del parto. Un día, Don Anselmo salió a dar una vuelta por unas barracas de feria y se le ocurrió entrar en la caseta del Hombre Fiera. Ante su sorpresa, el monstruo de la caseta era el dominicano. Este le dijo que estaba mucho mejor ahora, ya que ganaba mucho más que cuando tenía ambos ojos.
La historia trata de un hombre que salió de la cárcel la noche de Navidad. Se encontraba solo y le dolía el hombro por el reuma. Iba andando por la calle hasta que tropezó con un hombre que estaba tocando el acordeón. En aquel momento interpretaba “El Danubio Azul”. El expresidiario comenzó a hablar con él y, como ninguno de los dos tenía familia, decidieron irse juntos para hacerse compañía esa noche. Entraron en una taberna y allí, a la luz, el expresidiario vio que el músico tenía media cara destrozada y este le dijo que se había quemado.
El tabernero cerró la puerta y les invitó a pasar la Nochebuena en su bar. Entre copas y canciones se contaron cada uno su historia. El tabernero les contó que había perdido a su mujer porque la había atropellado un conductor borracho. El expresidiario les contó que su mujer le había abandonado después de morir su hijo y el músico les contó la mala suerte que tuvo cuando se quemó con aceite de la churrera, y así fue pasando la noche mientras afuera nevaba.
Rosa era una maestra de un pueblo perdido y ese verano recibió la visita de su hermano. Rosa había trabajado mucho, pero se alegró muchísimo de la llegada de su hermano, aunque le molestaba tener que prepararle su comida preferida y trabajar para él. Su hermano era muy egoísta. Después de comer, su hermano fue a dar un paseo mientras Rosa descansaba. A él no le gustaba el campo, era un hombre de ciudad. Durante su paseo se encontró con un pescador y al poco rato comenzó a charlar con él. El pescador era médico del pueblo y le invitó a tomar café. Le dijo que hacía unos años había estado enamorado de la maestra, sin saber que ella era su hermana. Le contó las virtudes que tenía hace años cuando la conoció. Le contó lo mal que lo había pasado la maestra cuando llegó al pueblo y cómo tuvo que aprender a cuidar su huerto, siempre esperando que le llamara su hermano para ir a vivir con él. Su hermano se sintió muy avergonzado, pues él nunca había hecho nada por su hermana. Cuando volvió a casa, nada más su hermana abrir la puerta le dijo: “Mañana me marcho”.
Este cuento trata de las relaciones de Doña Ricarda, una anciana, con su vecino Andrés. Cuando el niño tenía vacaciones, sus padres le dejaban ir a merendar a casa de Doña Ricarda. A él le encantaba el pan con miel y las nueces que ella le daba para merendar, pero sobre todo le gustaba escuchar las historias que ella le contaba. Le contaba historias sobre guerras, sobre miedos y sobre muertes. Un día Andrés cayó enfermo. Tenía mucha fiebre y deliraba, y soñaba con las historias de muerte que Doña Ricarda le contaba. Cuando el niño se recuperó, su madre le dijo que pasase a ver a Doña Ricarda, pero luego se le olvidó ir. Cuando a los pocos días fue a verla, las historias que Doña Ricarda le contaba le parecían muy aburridas y buscó un pretexto para irse. Doña Ricarda se dio cuenta de que el niño había perdido el interés por ella.
Bernardino vivía con sus tres hermanos en una bonita casa llamada “Los Lúpulos”. Era un niño extraño y muy mimado. Los niños del pueblo le tenían manía y tenía pocos amigos. Un día decidieron gastarle una pesada broma. Lo que más quería en el mundo Bernardino era a su perro. Un día que Bernardino se encontró con los únicos dos amigos que tenía, les contó que no encontraba a su perro. Fueron a buscarlo y se encontraron con la pandilla de chicos del pueblo que habían colgado al perro con una cuerda. Los chicos le dijeron que si les daba la medalla de oro que llevaba se lo devolverían y Bernardino se la dio. Pero uno de los chicos se la tiró y le dijo que si se dejaba pegar se lo devolverían. Le pegaron una gran paliza que él aguantó sin decir nada. Cuando los chicos se marcharon, soltó al perro y lloró desconsoladamente abrazado a él.
Trata sobre un matrimonio que vuelve a su casa después de haber pasado un día en el campo. Ella se dedicó a colocar la ropa mientras él descansaba sobre la cama pensando en el día que había pasado. Pensaban pasar una velada tranquila leyendo el periódico, cenando o conversando, cuando de pronto él vio una mariposa de luz que empezó a dar vueltas por la habitación tropezando con los muebles. Le arrojó su pañuelo y la mariposa cayó sobre la cama. La echó al suelo de un manotazo y la pisó. Salió del cuarto, su mujer estaba poniendo la mesa. Se acercó despacio y le dio un beso. Él consideraba que al matar a la mariposa había matado algo de su mujer.
Trata sobre una madre cansada de sus dos hijas y de pasar tres horas al día en el parque con ellas. Un día, cuando volvía a casa, estaba pensando que tendría que bajar a comprar patatas mientras iba riñendo a sus hijas por la calle. Estas iban jugando sin hacer caso de su madre. La madre estaba cansada de ver en lo que se había convertido su vida. Cuando llegaron a su casa, les recibió la portera que se llamaba Victoria y a la que sus hijos llamaban Victoria cara zanahoria. Mientras subía las escaleras, pensaba en que tenía que recoger los platos sucios y esperar la llegada de Eugenio, su marido, que vendría cansado del trabajo y sin ganas de escuchar los relatos sobre sus hijas y las cosas que ella hacía, que siempre eran las mismas.
El cuento trata sobre un viajante que una noche se perdió en un cruce de carreteras. Sin poder orientarse en el mapa, tomó al azar un camino y al cabo de varios kilómetros se encontró en un pueblo. A la salida de una curva vio un viejo caserón en el que ponía: “Camas” y, sin pensarlo dos veces, se dirigió allí. Le abrió un hombre en pijama y, sin tomarle ni siquiera la documentación, le dio la llave de la habitación 9. La habitación solo tenía una cama, un lavabo y una mesita. El hostelero solamente le dijo: “Si desea usted algo, solo tiene que llamarme”. Se durmió en un momento, pero tardó poco en despertarse al oír unos murmullos fuera de la habitación. Pasó toda la noche oyendo los murmullos y risas que solo paraban cuando encendía la luz. No quería llamar al dueño de la posada y no durmió en toda la noche. Cuando pagó la cuenta, él y el dueño no se dijeron ni una sola palabra.
Con el paso del tiempo, alcanzó un bienestar económico y una independencia política. Cuando tenía que dormir fuera de casa, se alojaba en buenos hoteles. Una noche, en uno de esos hoteles, volvió a oír los susurros y risas y comprendió que, desde aquella remota región, muchos años atrás, hasta la actual región: Reichenau, le habían estado siguiendo las voces. Igual que aquella noche, tampoco se atrevió a pedir ayuda.
