Portada » Historia » Evolución de la oposición política y crisis final del franquismo
La represión de la posguerra propició un clima de terror generalizado entre gran parte de la población y explica la debilidad de la oposición durante años. La única que actúa en los primeros años es la protagonizada por los comunistas en la clandestinidad. Existe, además, una guerrilla (el maquis) en zonas montañosas o rurales que pretende prolongar la Guerra Civil Española para enlazarla con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La dura represión y el final de las esperanzas de una intervención exterior llevaron a que, en 1948, el PCE renunciara a la lucha armada y llamara a los guerrilleros a huir del país.
A finales de los sesenta y principios de los setenta se produce un fuerte crecimiento de la oposición en las fábricas, donde había renacido un sindicalismo clandestino. Crecen en intensidad las huelgas y la conflictividad obrera de 1960 a 1975. La respuesta del régimen era puramente represiva, a través de la policía política, la Brigada Político-Social, que no dudaba en aplicar la tortura en las comisarías.
En el terreno sindical destaca el nacimiento en 1962 de las Comisiones Obreras (CC.OO.), de Marcelino Camacho, cuya acción se consolidó con las huelgas de 1962. Se trataba de un sindicato independiente y democrático que impulsaba la lucha laboral y política combinando acciones ilegales, como las huelgas, con la vía legal, aprovechando la elección de enlaces sindicales dentro del sindicato franquista. En 1967 nace la Unión Sindical Obrera (USO).
Las protestas estudiantiles se consolidan en los años 60 como el segundo frente de conflictividad social, produciéndose las primeras revueltas en las universidades de Madrid y Barcelona, con importantes incidentes y heridos graves. Estas protestas impulsaron la creación de sindicatos democráticos de estudiantes, enfrentados a la dictadura y al sindicato oficial, el SEU.
Los diferentes grupos políticos se adaptaron de diferente forma a la evolución del franquismo:
La oposición de liberales o monárquicos solo apareció al final de la dictadura en torno a algunos medios de comunicación. Uno de los grupos de oposición moderada fue Democracia Cristiana, que reunía a partidos de centro, con líderes de prestigio como Joaquín Ruiz-Giménez. En 1962 participaron en el Congreso del Movimiento Europeo (denominado por el régimen como el «Contubernio de Múnich»), donde coincidieron la oposición clandestina y algunos disidentes del régimen en el interior, para reivindicar una España democrática y la no admisión de España en la CEE.
Los movimientos nacionalistas se reforzaron en Cataluña y el País Vasco. Junto a un cada vez más influyente PNV, la organización ETA surge en 1959 como un “movimiento revolucionario de liberación nacional” que contaba con apoyo popular, e irá acrecentando su protagonismo con sus acciones terroristas.
El Concilio Vaticano II, con el Papa Juan XXIII, favoreció la extensión de movimientos católicos de base, desde las parroquias y los curas-obreros, críticos con el franquismo que colaboraban con los partidos de oposición y el movimiento obrero. Incluso sectores influyentes de la Iglesia Católica, como el Cardenal Tarancón, mostraron una creciente lejanía respecto a la dictadura.
En definitiva, sin poder derrumbar al régimen franquista, los movimientos de oposición de los años 60 y 70 consiguieron crear una amplia red social de contestación a la dictadura que aflorará tras la muerte de Franco y que fue clave para la Transición a la democracia.
La avanzada edad del dictador y la creciente presión de la oposición llevaron a la formación de dos tendencias dentro del régimen:
La muerte de Luis Carrero Blanco, en diciembre de 1973, significó un duro golpe para Franco, que perdía a su principal colaborador. Lo sustituyó Arias Navarro, quien, en un discurso en las Cortes el 12 de febrero de 1974, ofreció una tímida apertura política autorizando la constitución de asociaciones políticas, pero sin contar con comunistas ni con nacionalistas; era el llamado «espíritu del 12 de febrero». Pero, a pesar de su discurso, los sectores más inmovilistas pronto ganaron protagonismo y en octubre de 1974 dimitieron los ministros aperturistas del gobierno.
Se incrementó entonces la actividad de la oposición: se crean la Junta Democrática, promovida en 1974 por el PCE, y la Plataforma de Convergencia Democrática, inspirada por el PSOE en 1975. El régimen, débil, recurrirá a la represión y la persecución judicial, como el Proceso 1001 contra líderes de Comisiones Obreras, o a la aplicación de la pena de muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich en 1974 y el Proceso de Burgos contra terroristas del FRAP, ejecutados en septiembre de 1975 en medio de las protestas internacionales.
El contexto internacional era convulso:
Tras una larga enfermedad, el dictador murió al fin el 20 de noviembre de 1975.
