Portada » Historia » El Surgimiento del Liberalismo: Las Revoluciones Burguesas (EE. UU. y Francia)
Las revoluciones que se iniciaron a finales del siglo XVIII se basaron en las ideas de la Ilustración y estuvieron protagonizadas por la Burguesía. Las revoluciones burguesas fueron, ante todo, movimientos políticos cuyo objetivo principal fue acabar con el absolutismo e implantar un sistema liberal basado en:
Las primeras revoluciones de este tipo fueron: 1º) la de Estados Unidos y 2º) la Revolución Francesa.
La gran repercusión de la Revolución Francesa (1789) marca el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la Edad Contemporánea.
A finales del siglo XVIII, las trece colonias británicas, situadas en la costa este de América del Norte, se independizaron de Gran Bretaña y protagonizaron una revolución política.
Las causas del conflicto fueron el descontento de los colonos, quienes carecían de representantes políticos en el Parlamento Británico y dependían de Gran Bretaña en el comercio.
La chispa fue el intento de implantar nuevos impuestos, ya que Gran Bretaña quería recuperarse económicamente de la Guerra de los Siete Años a costa de sus colonias.
Estas nuevas cargas no fueron aceptadas y estalló el Motín del Té en Boston (1773). Este fue un acto de boicot para protestar contra la discriminación, arrojando al agua el té británico, único permitido para el comercio.
La dura represión de las autoridades británicas condujo a la Guerra de la Independencia (1775-1783). El ejército americano estuvo bajo el mando de George Washington.
En plena contienda, los representantes de las 13 colonias reunidos en Filadelfia aprobaron la Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1776.
Los británicos fueron derrotados en la guerra contra los americanos en Yorktown (1781). Reconocieron la independencia de Estados Unidos de América en 1783.
El 4 de julio de 1776, los representantes de las 13 colonias aprobaron la Declaración de Independencia. La contienda no terminó hasta 1783, con el triunfo de los rebeldes.
George Washington, como comandante en jefe del ejército americano, se convertiría en el primer presidente de EE. UU.
Nota: WASHINGTON D.F. es la capital de EE. UU.
La nueva nación tomó el nombre de Estados Unidos de América, un país liberal defensor de las ideas ilustradas.
La Declaración de Derechos, aprobada en Virginia, reconocía: el derecho a la vida, la libertad, la igualdad, la propiedad, a sustituir un gobierno injusto, la libertad religiosa, etc.
Para garantizar todo ello, se aprobó una Constitución en 1787, la primera constitución de la Historia, a la que debían someterse todos los gobernantes y ciudadanos. Todos los cargos políticos serían elegidos por el pueblo periódicamente.
El sistema político era federal, con separación de poderes. Tenían derecho al voto todos los hombres mayores de edad y con un mínimo nivel de renta (sufragio censitario).
Nota: Los rostros de presidentes están esculpidos en el monte Rushmore (1927-1941), Dakota del Sur.
Las ideas de la Ilustración se habían extendido y la gente entendía que era un sistema más justo e igualitario.
La Revolución Americana sirvió como referente, demostrando que era posible derribar al Antiguo Régimen y su sistema absolutista.
La chispa revolucionaria fue una doble crisis económica:
La única solución frente a este último problema era que los privilegiados pagaran impuestos. Ante la negativa de los privilegiados, el rey Luis XVI convocó los Estados Generales.
Para llevar sus peticiones a esta reunión, cada estamento redactó su Cuaderno de Quejas para expresarlas en dicha Asamblea.
Se trataba de una asamblea formada por representantes de los tres estados o estamentos: Nobleza, Clero y Tercer Estado.
Luis XVI los convocó el 5 de mayo de 1789 (no se reunían en Francia desde 1614).
La discusión inicial se centró en la manera de votar: ¿por estamento o por cabeza?
Para hacer valer su fuerza, los representantes del Tercer Estado exigieron el voto por cabeza y no por estamento. Ante la negativa del rey y los privilegiados, abandonaron la reunión y se fueron a la Sala del Juego de Pelota, autoproclamándose Asamblea Nacional.
La Asamblea Nacional juró no disolverse sin haber dado una Constitución a Francia.
Este hecho llegó a oídos del pueblo, que tomó las calles y asaltó la Bastilla, cárcel en la que había presos políticos por ser contrarios al absolutismo. La noticia se propagó a toda Francia y la revolución se fue extendiendo.
Su caída en manos de los revolucionarios parisinos supuso simbólicamente el fin del Antiguo Régimen y el punto inicial de la Revolución Francesa.
La Asamblea Nacional Constituyente aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (Agosto de 1789), que establecía principios fundamentales:
En septiembre de 1791 se terminó la Constitución, que instauró una Monarquía Parlamentaria basada en la Soberanía Nacional y los derechos fundamentales.
Se estableció el Sufragio Censitario para elegir la Asamblea (mayores de 25 años y poseer renta o propiedades).
Se implementó la Descentralización: Francia se dividió en 83 departamentos, otorgando mayor poder a los Ayuntamientos.
La aprobación por parte del Rey de la Constitución de 1791 estableció la Monarquía Constitucional. El rey tenía el poder Ejecutivo. El Poder Legislativo lo tenía la Asamblea Nacional, elegida por sufragio censitario.
Solo los ricos participaban en la elección de la Asamblea (Sufragio Censitario).
Y la crisis continuaba, manteniendo en la miseria a la mayoría de la población.
Muchos nobles huyeron hacia Austria, desde donde organizaron una intervención armada para restablecer el absolutismo.
Asustados ante la posibilidad de que la revolución se extendiera y presionados por los emigrados, Austria y Prusia declararon la guerra en 1792.
La Familia Real intentó huir y fue capturada en la “Fuga de Varennes”, cerca de la frontera con Austria. Esto condujo al asalto del palacio de las Tullerías.
En la Convención (la nueva Asamblea), existían revolucionarios moderados (Girondinos) y más radicales (Jacobinos). Se sentaban a la derecha e izquierda del Rey, respectivamente.
La Convención, dominada inicialmente por los girondinos, declaró la guerra a las monarquías europeas en abril de 1792. Todo aquel que no estuviera a favor de la Revolución era considerado traidor, empezando por Luis XVI. Se abolió la Monarquía con la ejecución de Luis XVI y su familia.
Ante la derrota militar de la Convención Girondina, se propagaron las protestas del pueblo, que acabó sublevándose.
Los Jacobinos, dirigidos por Robespierre, subieron al poder de Francia.
Se aprobó una nueva Constitución (1793) que instauraba la República en Francia y permitía el sufragio general masculino (más democrática).
Se creó un Comité de Salud Pública que llevó a cabo una intensa represión, guillotinando a miles de personas (incluyendo a Danton y Olympe de Gouges, a la Reina, a nobles y a enemigos políticos).
Esta etapa es conocida como el Terror, y culminó con la ejecución del mismo Robespierre.
El poder Ejecutivo recayó en un Directorio de cinco miembros. Este periodo prosiguió la guerra contra las potencias europeas absolutistas (Italia, Prusia, Austria).
En estas campañas militares destacó Napoleón Bonaparte, quien acabó dando un golpe de Estado y quitó el poder al Directorio, sustituyéndolo por un Consulado de tres cónsules (1799).
Napoleón concentró el poder en sí mismo, marcando el fin de la Revolución.
