Portada » Historia » El Fraude Electoral en la España de la Restauración: Mecanismos de Control del Sistema Canovista
IMAGEN SATÍRICA: DENUNCIA DEL FRAUDE ELECTORAL
La ilustración es una caricatura política publicada en el periódico satírico semanal El Motín en Madrid el 27 de abril de 1884. Su forma es humorística y exagerada, mientras que su contenido es claramente político y crítico. El autor no aparece identificado —como era habitual en esta publicación— y el destinatario es el público urbano con cierto nivel cultural, principalmente sectores republicanos y anticlericales. Su finalidad es denunciar el fraude electoral del sistema de la Restauración, ridiculizando los mecanismos que lo hacían posible. Además, refleja la percepción crítica de amplios sectores urbanos hacia un sistema que favorecía a la élite y marginaba a amplios receptores de la ciudadanía.
La caricatura se sitúa en el contexto histórico del sistema canovista, instaurado tras la Restauración borbónica de 1875. Este sistema político, diseñado para aportar estabilidad después del convulso Sexenio Democrático (revolución de 1868, reinado de Amadeo I y Primera República), se basaba en la alternancia pactada entre conservadores y liberales, sostenida por un fraude electoral sistemático.
En la imagen aparece un agente del Estado, representante simbólico del poder gubernamental, que da una patada a una tumba para obligar a un esqueleto a levantarse, mientras otros muertos salen de sus nichos para votar. Es una crítica explícita a la práctica de “levantar muertos”, es decir, inscribir fallecidos en el censo electoral. La caricatura no solo denuncia el fraude electoral, sino que refleja la conciencia crítica de la ciudadanía frente a un sistema que marginaba su participación.
El documento representa el fenómeno del “pucherazo”, pieza clave del sistema político de la Restauración, y permite interpretar cómo la estabilidad del régimen no dependía de la participación ciudadana, sino de la manipulación, el caciquismo y el control administrativo del voto. Su relevancia histórica radica en que evidencia, de manera satírica y directa, el carácter oligárquico y antidemocrático del sistema canovista, así como la limitada legitimidad del mismo frente a sectores críticos como republicanos, obreros o carlistas.
El sistema canovista se sitúa en la España de la Restauración borbónica, iniciada en 1875 con la llegada al trono de Alfonso XII, hijo de Isabel II, tras el pronunciamiento del general Martínez Campos. Tras su muerte en 1885, su hijo Alfonso XIII tomó el trono.
Cánovas del Castillo, político conservador y principal impulsor de la Restauración, buscó tras el caos del Sexenio Democrático construir un régimen estable, ordenado y duradero que garantizara la continuidad institucional, evitara los pronunciamientos militares y evitara tanto la revolución como el autoritarismo.
Cánovas diseñó un sistema basado en instituciones permanentes, ya que concebía la “nación” como una realidad histórica que trascendía a las generaciones presentes. Esta concepción se plasmó en los cuatro pilares fundamentales:
La Monarquía era el eje central del sistema, y representaba la continuidad de una tradición histórica que garantizaba la unidad nacional. Alfonso XII debía actuar como árbitro neutral entre las distintas fuerzas políticas.
Las Cortes, junto con el rey, encarnaban la soberanía compartida. Aunque desapareciera la Constitución escrita, pervivirían el Rey y las Cortes como columna vertebral de la Nación.
La Constitución de 1876, diseñada principalmente por Cánovas del Castillo, fue un texto flexible y de carácter conservador, aunque con concesiones a los progresistas. Establecía la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes y otorgaba a la Corona amplios poderes, como nombrar y destituir gobiernos, disolver las Cortes o intervenir en la legislación. Reconocía un Estado confesional católico, un sufragio inicialmente censitario, que pasó a ser universal masculino en 1890, y unas libertades públicas sujetas a regulación, pudiendo ser suspendidas por las autoridades. Esta Constitución estuvo vigente hasta 1923, con el golpe de Estado de Primo de Rivera.
Esta estructura permitía manejar políticamente el sistema sin romper la legalidad y continúa la lógica del liberalismo moderado decimonónico, adaptando mecanismos de control para garantizar estabilidad tras el Sexenio.
La estabilidad del régimen se asentó en el bipartidismo dinástico entre el Partido Conservador liderado por Cánovas y el Partido Liberal liderado por Sagasta que se turnaban en el poder mediante el llamado turno pacífico. Esta alternancia dependía de que las elecciones confirmaran al partido elegido por la Corona y los líderes de ambos partidos, algo que se aseguraba mediante fraude electoral sistemático.
El fraude incluía varias estrategias:
Pucherazo: Que incluía eliminación de urnas, compra de votos, falsificación de actas, voto múltiple y utilización de votantes fallecidos (“levantar muertos”), denunciada por la caricatura.
Tras la implantación del sufragio universal masculino en 1890, estas prácticas se intensificaron para controlar al nuevo electorado. Además, existía un control ideológico apoyado por la Iglesia, predominante en la educación frente a iniciativas como la Institución Libre de Enseñanza, junto con un fuerte centralismo administrativo y una escasa cultura política, que favorecía la abstención al percibirse las elecciones como un proceso fraudulento. Incluso los llamados diputados cuneros —candidatos sin vínculos con los distritos en que se presentaban— reflejan la artificialidad del proceso electoral.
Aunque el sistema proporcionó una estabilidad desconocida en España, no puede considerarse democrático. La soberanía real estaba controlada por la Corona y la minoría oligárquica, el fraude impedía la expresión de la voluntad popular y amplios sectores sociales quedaban excluidos del poder. La caricatura evidencia que la estabilidad descansaba más en la manipulación que en la participación ciudadana, lo que refleja la falta de legitimidad del régimen.
En conclusión, el sistema canovista garantizó estabilidad política mediante mecanismos de control electoral y social, pero lo hizo a costa de la democracia y de la participación ciudadana. La caricatura permite comprender, con un toque satírico, cómo el orden aparente se sustentaba en prácticas corruptas y manipuladoras, destacando la vulnerabilidad del régimen ante el descontento social y la falta de integración política real. Además, se evidencia cómo la estabilidad no implicaba legitimidad, sino un control oligárquico sostenido por la manipulación del voto, el caciquismo y el apoyo institucional de la Iglesia.
