Portada » Lengua y literatura » El Dilema Existencial de Augusto Pérez: Un Recorrido por la Novela de Unamuno
Este documento presenta un resumen detallado de la trama de una de las obras más emblemáticas de Miguel de Unamuno, Niebla. A través de sus capítulos, se narra la compleja vida de Augusto Pérez, un personaje que se enfrenta a los desafíos del amor, la identidad y la propia existencia, culminando en un encuentro meta-ficcional con su creador. Acompáñenos en este recorrido por los eventos clave y las profundas reflexiones que definen esta singular «nivola».
Augusto se encontraba en la puerta de su casa cuando notó que llovía. Sin rumbo y sin saber hacia dónde dirigirse de paseo, comenzó a seguir a una moza. Esta chica llegó a una casa, donde Augusto interrogó a la portera sobre quién era esa chica. Esta le informó con detalle y Augusto la recompensó. Luego se sentó en un banco a reflexionar sobre Eugenia, la chica.
Cuando llegó a su casa, se sentó a escribir a su amada. Cuando terminó la carta, en la que le pedía ocasión para conocerse, marchó a la Alameda para entregarla. Se la dio a la portera, y también le dio un duro de recompensa. Esta le dijo que no era la primera carta que recibía de pretendientes, y le contó que tenía un aspirante a novio. Augusto marchó contento de tener algo que hacer, alguna meta y de por fin tener un rumbo en sus paseos diarios.
Augusto acabó en el casino, donde con Víctor jugó una partida de ajedrez, en la que no se concentraba por pensar en Eugenia. Cuando le contó a su amigo que estaba enamorado, este no se impresionó demasiado porque ya lo había notado. Además, ya conocía a Eugenia.
Llegó a su casa, donde siempre antes de acostarse jugaba con su servidor a un tute. Mientras jugaban, conversaron sobre el matrimonio, y cuando nombró a Eugenia, la criada le dijo que ella la conocía. Augusto notaba que todos la conocían menos él. Se había dado cuenta de lo aburrida que había sido su vida desde que murió su madre. Reflexionando, se quedó dormido.
Soñaba con un águila cuando le despertó una voz y, de paso, pidió el desayuno antes de lo habitual y marchó a casa de Eugenia para informarse de las novedades a través de la portera. Esta le dijo que ella le había pedido que le comunicara que estaba comprometida, algo que a Augusto no le importó. Augusto comenzó a recordar a sus padres difuntos. Su madre le ayudaba con las matemáticas. Mientras pensaba, se encontró un perro abandonado y hambriento, que recogió y llevó a su casa para alimentarlo. Lo llamó Orfeo y se convirtió en su confidente.
Andaba Augusto por casa de Eugenia cuando vio que una señora del segundo piso sacaba a su canario al sol. De repente, la jaula se desmontó y cayó. Augusto consiguió coger la jaula y se la subió a la señora. Le dijo que estaba interesado en su sobrina Eugenia, y la tía le contó que esta era caprichosa. Cuando llegó Eugenia a casa, le informaron de la visita de Augusto.
En este capítulo, Augusto le habla a su perro Orfeo, reflexionando sobre las cosas de la vida, contándole sus pensamientos, aunque Orfeo en realidad no le entendía.
Augusto se hallaba en casa de su amada, y sus tíos le dijeron que esperara su llegada para que pudiera conocerla. Cuando llegó ella, Augusto se puso muy nervioso. Al conocerse, ella se mostró distante, fría y de gran carácter. Podía molestar a Augusto, pero todo lo contrario; más le atraía esa independencia. Sus tíos le mostraron todo su apoyo para conquistar a la chica.
Eugenia hablaba con su novio Mauricio. Le pedía que se decidiera de una vez a casarse, ya que de lo contrario sus tíos la estarían presionando mucho para casarse con Augusto, aunque a ella no le gustaba. Él debía buscar trabajo de una vez o todo se acabaría.
Augusto salió para el Casino, y de repente se percató de que había estado siguiendo a otra moza hasta su casa. Para sí mismo, daba gracias a Dios por crear mujeres tan bellas. Veía y veía muchas mozas guapas, pero ninguna como su Eugenia. De repente, se encontró con Víctor, que le preguntó adónde se dirigía, ya que le había esperado en el casino. Augusto entonces le contó que desde que estaba enamorado de Eugenia veía hermosas a todas las chicas, algo que no entendía, pero Víctor le explicó que lo que pasaba era que había descubierto el amor, que en realidad no estaba enamorado de corazón, sino de cabeza. En su casa, habló con Liduvina sobre el mismo tema. Quería saber qué era estar enamorado de verdad.
Augusto visita de nuevo la casa de Eugenia, que le esperaba sola, sin sus tíos. Ella le dice que está engañado, que tiene un novio del que está enamorada. Su tía no lo puede comprender, pero su tío defiende su libertad de elección, ya que es anarquista. Augusto, por su parte, solo quería la felicidad de ella, cueste lo que cueste. Entonces decidió hacer un acto heroico por ella: pagar todas las hipotecas pendientes del difunto padre de Eugenia.
Llegó la planchadora a casa de Augusto como habitualmente, pero esta vez Augusto se fijó de verdad en ella, algo que la hizo ponerse colorada. Él le dijo todo lo hermosa que era, y Rosario rompió a llorar. Augusto también, al recordar que su amor no era correspondido, y Rosario se compadeció de él. Entonces le preguntó si ella le querría, ya que Eugenia no, y Rosario le dijo que sí. Entonces los pilló Liduvina y le dijo que realmente estaba enamorado por la tontería que acababa de hacer.
Augusto recibe de repente la visita de Eugenia, algo que le sorprendió. Ella venía para preguntarle por qué le había comprado la hipoteca. Había pensado que él lo hacía para comprarla, para conquistarla, y se enfadó. Él intentó hablar, decirle que solo quería su felicidad, pero Eugenia no lo escuchó. Apenado, anduvo hasta llegar a una iglesia, en la que entró sin pensar y donde se encontró a don Avito, quien le dijo que en la vida solo se aprende viviendo. También le contó que usualmente iba a la iglesia aunque ni siquiera sabía si creía. Le recomendó que se casara cuanto antes para sustituir la pérdida de su madre, aunque fuera con una chica a la que no amaba.
Víctor estaba raro, por lo que Augusto le preguntó. Entonces le contó toda su historia con su mujer: que no habían podido tener hijos, lo que al principio influyó negativamente en su relación. Pero una vez superado, vino de nuevo la desgracia: ¡Elena estaba embarazada! Lo estaban pasando mal de nuevo porque su mujer se avergonzaba. Augusto regresó pensando en lo que le habían dicho sus dos amigos, y luego se desahogó con Orfeo.
Eugenia llegó a su casa muy enfadada por lo que había hecho Augusto y se quejó a su tía. Esta se quedó atónita y le dijo que había hecho mal, porque su novio es un cafre que ni siquiera tiene trabajo. De repente, la criada le avisó de que don Augusto le esperaba para verla, pero ella no quería. Cuando entró Augusto, se encontró con Ermelinda. Le contó que había deshipotecado la casa, pero que deseaba que Eugenia conociera sus verdaderas intenciones: que él no quería comprarla, solo hacerla feliz, y que sería el padrino de su boda si ella le dejaba, además de buscarle un buen puesto de trabajo a Mauricio para que pudieran vivir bien. Cuando la llamaron, ella se había marchado.
Eugenia insiste a su novio para que se espabile y busque trabajo, o de lo contrario aceptaría la renta de Augusto. Sorprendentemente, Mauricio le anima a ello. De repente, se sincera y le confiesa que tiene mucho miedo al matrimonio; que la quiere mucho, pero que no le apetece trabajar y mantener a unos hijos, por lo que le sugiere que se case con Augusto y ellos, mientras, serían amantes. Ella se escandalizó de su grosería y, llorando, regresó a su casa. Se acostó y cogió una fiebre. Mientras, Mauricio hablaba con un amigo suyo y le contaba que había empezado con esa chiquilla sin ataduras ni compromisos, y ahora ella intentaba atarle, algo que no quería. Decidió que sería libre.
Augusto y Víctor se contaban casos de matrimonios, como aquel de don Eloíno, que se casó con la patrona de un hotel solo para que le cuidara sus últimos días de vida, ya que iba a morir. Pero después de casados, duró un tiempo más, y ella acabó echándolo de su casa cruelmente. Toda esta historia, Víctor pretendía contarla en una novela, una novela con mucho diálogo. Al llegar a casa, Rosario esperaba a Augusto.
Augusto le dijo a Rosarito que olvidara lo del otro día, porque había sido una locura. Pero repitió lo de la vez anterior: la sentó en sus rodillas y le habló. Le preguntó si tenía novio y ella, mientras hablaba, rompió a llorar en el hombro de don Augusto. Este la intimidaba. La volvió a besar, se volvió medio loco, le pidió que le acompañara a un viaje y le dijo que se marchara. Cuando se fue, reflexionó en la cama y se dio cuenta de que le estaba mintiendo a ella y a sí mismo. Junto a Orfeo, se dio cuenta de lo simple que era el amor: era fruto de los celos, de la sociedad; sin ellos no existiría el amor.
Hablaron Ermelinda y Augusto. Esta le explicó que su sobrina estaba arrepentida de su actitud con él y que, sin compromiso, aceptaba el regalo que anteriormente le propuso. Augusto se ofendió de que ella tratara de aprovecharse de él ahora que su novio la había dejado, y le dijo que la perdonaba, que aceptaba sus disculpas, pero tan solo como amigos. Eugenia, cuando fue informada de esta conversación, seguía pensando que fácilmente lo reconquistaría. Augusto, al ponerse a pensar, se negó a que esa mujer intentara jugar con él. Había demasiadas mujeres en el mundo como para preocuparse. Salió a la calle y pensó en sí mismo, pero rodeado de todos se sentía muy pequeño. Se quedó sentado en una plazoleta, llena de árboles y niños que jugaban, y siguió pensando y pensando…
Estaba decidiendo si haría el viaje pensado cuando de repente llegó Eugenia a su casa. Tuvo la tentación de rechazar la visita, pero creyó que era mejor ser fuerte. Empezaron a hablar de su relación; hubo un momento en el que Augusto la besó en la frente y en los ojos, oprimiéndola fuertemente contra su pecho, pero ella se resistía; no se aclaraba. De repente llegó Rosario, y Augusto se quedó blanco. Rosario le dijo que esa mujer lo estaba engañando. Se lo decía de corazón, porque le tenía mucho cariño y le sugirió que confiara en ella. Se estaba volviendo loco entre las dos mujeres y, mientras jugaba al tute con Domingo, le preguntó qué se debía hacer cuando uno se enamoraba de dos mujeres a la vez. Este le contestó que teniendo mucho dinero podría hacer lo que quisiera, incluso casarse con las dos, porque los celos de una mujer solo vienen cuando hay hijos de ese hombre.
Antonio y Augusto hablaban en un rinconcito del casino. Antonio le contaba que la mujer que tenía no era su mujer legítima, sino otra. Y que, a pesar de que sus hijos eran de ella, ella también estaba casada con otro. Su anterior mujer lo enamoró por ser calladita y reservada hasta que un día lo abandonó por otro hombre. Triste y desolado, decidió visitar y ofrecer hospitalidad a la mujer del hombre que se había fugado con su mujer. Al principio ella rechazó su dinero, pero de tanto insistir él acabó aceptando. Más tarde, incluso se fueron a vivir juntos, y Antonio empezó a coger mucho cariño a su «hijastra». Un día se enteró de que su mujer había tenido un hijo de su amante y sintió morir de celos. Como la niña les pidió un hermanito, una noche, por la furia de los celos, engendraron un niño. Nunca estuvo enamorado de ella, nunca sintió deseo, hasta que en el parto de su cuarto hijo por poco muere, y entonces fue cuando se percató de que la quería de verdad.
Víctor y Augusto hablan del matrimonio: de cuando uno no se da cuenta de que su mujer envejece y se afea. Víctor le recomienda que no se case, pero Augusto quiere hacerlo, y le cuenta una leyenda portuguesa. Luego Augusto le da monedas a un pobre con siete hijos.
Augusto estaba asustado de ser tan enamoradizo. Había pensado escribir unas monografías sobre las mujeres: sobre Eugenia y Rosario. Para ello, pediría consejo a Antolín S. Paparrigópulos, filósofo inteligente. Se interesaba por la historia de España, los problemas de la literatura y el estudio de las mujeres. Cuando acudió a pedirle consejo, este le dijo que las mujeres no tienen personalidad, que todas pertenecen a un alma colectiva, y que con estudiar a una sola mujer tendría de sobra. Pero Augusto deseaba estudiar dos.
Augusto decidió estudiar a Liduvina, Rosario y Eugenia. Mientras pensaba que para aquella prueba psicológica pretendería de nuevo a Eugenia, llegó Rosarito. A ella le preguntó si las mujeres debían cumplir la palabra que daban, y ella contestó que mucho mejor era no dar palabra alguna. Hablaban y hablaban cuando, de un arrebato, ella se le echó a los brazos y comenzó a besarle bruscamente. Él le acarició las pantorrillas y la tiró en un sofá, pero rápidamente recuperó la compostura y le pidió perdón. Ella solo pudo pensar que el hombre estaba loco. Tuvo que salir ya de su casa cuando le invadió un sentimiento extraño al ver a la criada, y ya en la calle se relajó y pudo volver.
Víctor le comenta a Augusto que lo mejor para conocer la psicología femenina es el matrimonio, pero Augusto no sabe con qué mujer casarse y tampoco está demasiado dispuesto. Al final del capítulo hay una nota del autor.
Augusto vuelve en busca de Eugenia para pedirle la mano, y esta acepta, pero le prohíbe que la toque. Pero él verdaderamente se quería casar con ella para su experimento, y le había salido el tiro por la culata. Se sintió como un tonto cuando sus tíos le invitaron a comer y le ofrecieron la casa como suya propia.
Augusto pasaba muchísimo tiempo en casa de Eugenia. Le escribía poemas mientras tocaba el piano. Un día Eugenia le avisó de que a Orfeo, cuando se casaran, debía decirle adiós porque no quería perros. Mauricio, su ex, amenazaba con comprometerla si no le buscaba un buen puesto de trabajo. Eugenia le pidió ayuda a Augusto para ellos, y este le buscó un trabajo bien lejos.
Mauricio visita a Augusto para agradecerle ese puesto de trabajo. Augusto le pidió que se marchara, que no hablara de la que iba a ser su mujer, pero Mauricio le dijo que él estaba con Rosario y eso significaba que sabía todo lo que había ocurrido entre ellos dos. Asustado, Augusto le cogió del cuello y le amenazó. Después de lo ocurrido, no sabía si había soñado o si realmente Mauricio le dijo todo aquello. Tuvo que hablar con Orfeo para aclararse.
Ya estaba cerca la boda. Él quería una boda modesta y recogida, pero ella todo lo contrario. A veces le daban ataques de celos por Mauricio y Rosario, y le daba rabia verse con Eugenia encajado mientras ellos se reían de él. Un día, recibió una carta de ella: se marchaba al pueblo donde estaba destinado Mauricio para trabajar; ¡lo había utilizado! Lo abandonaba y con él a Rosario. Se quedó anonadado con la noticia y fue a hablar con los tíos. No podían hacer nada; ellos también quedaron consternados con la noticia y las formas de hacer las cosas de la sobrina. Lloró mucho al darse cuenta de que, tanto Mauricio como Eugenia e incluso Rosario, se estaban riendo de él.
Víctor tampoco podía evitar burlarse de él. Augusto tenía que asumir que pretendía tomar por tonta a la moza y al final lo habían tomado por tonto a él. Le sugirió que se utilizara a sí mismo para experimentar, que se devorara. Necesitaba distraerse y no pensar.
Augusto decidió suicidarse. Pero antes de hacerlo, quería hablar con el autor de la obra, consultarle. Viajó a Salamanca y entró en su despacho, donde le dijo lo mucho que admiraba sus obras filosóficas y quedó asombrado por todo lo que aquel hombre conocía de él. Miguel le dijo que no podía suicidarse porque no existía, era una simple invención de él mismo. Pero más asombrado quedó Miguel cuando su personaje le dijo: ‘¿Y si eres tú el que no existe?’ Discutieron sobre esa cuestión durante mucho rato. Augusto insistía en suicidarse, y Miguel no… Tanto discutieron que finalmente Miguel decidió que él mismo lo mataría, a pesar de la oposición de Augusto. Augusto le decía que era capaz de matarlo a él, pero eso en realidad no era posible: un personaje ficticio no puede matar a su creador. Miguel ya lo había escrito, ya era irrevocable que moriría.
Cuando volvía en tren, iba con el corazón partido pensando que moriría, pensando que toda su vida era tan solo un sueño creado por otro. Cuando llegó, comió todo lo que pudo y llegó a la conclusión de que era inmortal, ya que un ente ficticio era una idea, y una idea no moría: sobrevivía. De repente, comenzó a sentirse mal y notó que no pudo mantenerse en pie. Pidió ayuda a Domingo y le rogó que durmiera esa noche con él. Despertó muy mal y lo llevaron al médico. Comió demasiado y murió.
El autor, Miguel, pensó en resucitar a Augusto. Cuando se quedó dormido, lo soñó, y este le decía que no, que era una imposibilidad resucitarlo. También soñó que él mismo moría y, cuando despertó, sintió una opresión en el pecho.
Este resumen de Niebla de Miguel de Unamuno nos sumerge en la mente de Augusto Pérez, un personaje que encarna la lucha por la autonomía y el sentido en un universo predeterminado. La obra, una «nivola» según su autor, desafía las convenciones narrativas y explora temas profundos como la existencia, el libre albedrío, el amor y la relación entre el creador y su creación, dejando al lector con interrogantes filosóficos que perduran mucho después de la última página.