Portada » Filosofía » Descartes y el nacimiento del cogito: duda metódica y fundamento del conocimiento
El fragmento que se debe comentar pertenece al Discurso del método, obra esencial de René Descartes, pensador racionalista del siglo XVII y considerado uno de los grandes iniciadores de la filosofía moderna. En este punto del texto, Descartes presenta la conclusión más decisiva obtenida tras aplicar su método. La idea central del fragmento es que es necesario poner en duda todas las creencias, con el fin de descubrir una verdad imposible de cuestionar. Esa primera verdad será el hecho de que el sujeto existe en tanto que piensa, y desde ahí Descartes intuye que el alma no puede identificarse con el cuerpo, lo cual conduce a su visión dualista del ser humano. Además, la reflexión en primera persona que se observa desde el inicio del texto revela el protagonismo del yo en el conocimiento, rasgo propio de la filosofía moderna.
En este fragmento, Descartes explica que puede imaginar que todo lo que viene del exterior no es real: que los cuerpos no existen y que los sentidos pueden engañarlo por completo. Aun así, reconoce que hay algo imposible de negar: él mismo existe mientras está pensando. Esta idea es clave porque muestra que la duda que propone no lleva a un escepticismo total, sino que sirve para apartar lo que puede ser falso y quedarse solo con lo seguro. Al dudar de todo, llega a una verdad que no puede ser cuestionada, lo que demuestra que la duda puede ser el camino para encontrar una auténtica certeza.
Este planteamiento solo se comprende plenamente si se relaciona con el método cartesiano y, concretamente, con sus cuatro reglas. En primer lugar, aparece la regla de la evidencia, ya que Descartes solo admite como verdadero aquello que se presenta con absoluta claridad, como ocurre con la certeza de estar pensando. Al mismo tiempo, se refleja la regla del análisis, puesto que el autor va descartando progresivamente todo aquello que puede contener falsedad —la información de los sentidos, la existencia del mundo externo e incluso verdades racionales— hasta quedarse con la idea más simple e indiscutible. Posteriormente aplica la regla de la síntesis, ya que desde esa primera certeza pretende reconstruir el saber siguiendo un orden lógico. Por último, también se observa la regla de la enumeración, debido a que revisa cada paso de su razonamiento para asegurarse de que no deja nada sin comprobar y así evitar el error.
La actitud crítica que muestra el texto surge directamente de la duda metódica, que en Descartes no es una duda sin esperanza, sino una herramienta para encontrar certezas firmes. Él desconfía de los sentidos porque a veces nos engañan; plantea el ejemplo del sueño, ya que no siempre podemos diferenciar con seguridad entre dormir y estar despiertos; y cuestiona incluso la razón, porque hasta en problemas matemáticos podemos cometer errores, lo que demuestra que lo que creemos evidente podría ser falso. Además, propone la idea del genio maligno, un ser capaz de hacernos aceptar como verdad cosas que no lo son. Todo esto tiene como finalidad eliminar cualquier error y descubrir una base completamente segura. Así, el fragmento deja claro que, aunque dudemos de todo, hay algo que no puede ponerse en duda: el propio hecho de pensar.
De este modo, Descartes llega al primer principio de su filosofía: el cogito, ergo sum (“pienso, luego existo”). Aunque la frase exacta no se encuentre en el fragmento, el razonamiento conduce claramente a ella. El cogito no es una conclusión derivada de otras ideas, sino una intuición inmediata: el hecho de pensar demuestra de manera necesaria que quien piensa existe. Por esta razón, se trata de una verdad evidente que sirve como base segura para todo conocimiento.
Del cogito, Descartes deduce que la esencia del yo se encuentra en el pensamiento, no en el cuerpo. El texto refleja cómo define al ser humano por su capacidad de pensar, dejando de lado lo físico. Esta separación entre mente y cuerpo constituye el dualismo cartesiano. Así, la persona puede conocerse a sí misma con certeza sin recurrir a la experiencia de los sentidos, mostrando que la razón es la herramienta principal para alcanzar conocimiento seguro.
Esta idea se comprende mejor al relacionarla con la noción de sustancia en la filosofía de Descartes. Según su metafísica, únicamente Dios es una sustancia absoluta, ya que existe por sí mismo. No obstante, también hay sustancias creadas que dependen de Él: la res cogitans, vinculada al pensamiento, y la res extensa, que corresponde al mundo material. En el fragmento, Descartes se enfoca en la res cogitans, cuya esencia es pensar, mientras que el cuerpo ocupa un lugar secundario y será definido más adelante como sustancia extensa.
El conocimiento de uno mismo surge a partir de ideas que se presentan con claridad y distinción, lo que conecta el fragmento con la teoría cartesiana sobre las ideas. Descartes distingue tres tipos: las ideas adventicias, que parecen venir del mundo exterior a través de los sentidos; las ideas facticias, que son producto de la imaginación; y las ideas innatas, que no se originan en la experiencia sino en la propia mente. Estas últimas son esenciales porque permiten demostrar la existencia de Dios por diferentes vías: el argumento cosmológico, basado en la idea de perfección; el argumento ontológico, que sostiene que un ser perfecto debe existir necesariamente; y una forma de razonamiento similar a la tercera vía de Tomás de Aquino, que señala que un ser limitado como el ser humano no puede ser su propia causa. El cogito pertenece a las ideas innatas, ya que surge del pensamiento mismo y no de los sentidos, mostrando así la perspectiva racionalista de Descartes, que considera la razón como fundamento de un conocimiento confiable.
A partir de esta certeza inicial, Descartes puede continuar su reflexión para probar la existencia de Dios. Aunque en el fragmento no se presentan todavía esos argumentos, la filosofía que desarrolla ya los asume, porque para aceptar plenamente las ideas claras y distintas es necesario demostrar que Dios existe y no nos engaña. Así, partiendo de la idea de infinito que surge en su mente, Descartes concluye que su causa solo puede ser un ser realmente infinito.
Una vez que se ha demostrado la existencia de Dios, Descartes puede confiar de nuevo en el conocimiento del mundo exterior y en la posibilidad de desarrollar la ciencia. Esto se relaciona con su concepción mecanicista de la naturaleza, en la que la materia funciona como una especie de máquina gobernada por leyes matemáticas. De este modo, el mismo método racional que permite conocer con certeza al yo también sirve para estudiar y comprender la res extensa, es decir, el mundo material.
En conclusión, el fragmento muestra un momento importante del pensamiento de Descartes: el hallazgo del cogito, como verdad absolutamente segura. Gracias a la duda metódica y el uso riguroso del método, Descartes establece la existencia del yo como sustancia pensante y sienta las bases de su visión dualista del ser humano. Asimismo, el texto se relaciona con su teoría de las ideas, prepara la demostración de la existencia de Dios y anticipa su enfoque científico de la naturaleza, orientado hacia la construcción de un conocimiento universal.
El fragmento a comentar pertenece a Descartes, filósofo racionalista, nacido en Francia en el siglo XVII, considerado el padre de la filosofía moderna y se inscribe en su obra Discurso del método. La idea principal de este texto es la necesidad de emplear la razón siguiendo el método cartesiano con el fin de alcanzar un conocimiento verdadero y seguro, siguiendo una serie de ideas de forma ordenada, evitando el error y permitiendo así el acceso a un conocimiento real y fundamentado.
Como podemos observar en el texto, Descartes nos da a entender la necesidad por encontrar un camino fiable hacia la verdad. El autor no acepta ni decir cosas sin pensar ni creer las ideas de la tradición filosófica sin cuestionarlas, ya que considera que estas no garantizan un conocimiento seguro. Frente a ello, propone un método racional que permita dirigir el pensamiento hacia la verdad certera e indudable, evitando todo tipo de falsas creencias.
En el fragmento, Descartes afirma que la práctica constante de su método le ha permitido desarrollar poco a poco su capacidad racional, habituando su entendimiento a captar las ideas con mayor claridad y distinción. Esta idea es importante, pues remite directamente a la primera regla del método cartesiano, la regla de la evidencia, según la cual solo debe aceptarse como verdadero aquello que se presenta a la mente de manera clara y distinta. Para Descartes, el propósito no es reunir opiniones diversas, sino establecer un criterio seguro que permita separar con rigor lo verdadero de lo falso. Por ello, insiste en que el progreso del conocimiento debe seguir un orden preciso, tomando como modelo el método matemático, y en particular, el álgebra, que cita como ejemplo de exactitud y rigor.
Este orden racional se fundamenta en las cuatro reglas del método cartesiano. Aunque en el fragmento no aparecen formuladas explícitamente, están presentes en la forma en que Descartes explica su modo de proceder. La segunda regla, la del análisis, se refleja en la idea de que el método puede aplicarse a cualquier problema, dividiéndolo en partes más simples para facilitar su comprensión. La tercera regla, la de la síntesis, se manifiesta cuando aparece en la defensa de un progreso gradual del pensamiento, que debe avanzar desde las ideas más simples hacia las más complejas. Por último, la cuarta regla, la de la enumeración o prueba, asegura que el proceso se ha completado y que no se omite ningún paso, reforzando así la certeza del conocimiento alcanzado.
La exigencia de no aceptar nada que no se presente con evidencia lleva de manera natural a la duda metódica. En el fragmento esta duda no se desarrolla de manera explícita, pero se refleja cuando Descartes niega aceptar principios de la filosofía tradicional sin antes haberlos examinado. Esta duda no tiene fines escépticos, no busca negar la posibilidad de conocer, sino servir como instrumento que permite eliminar todo lo que podría ser falso y, de este modo, alcanzar una verdad completamente segura.
La aplicación de la duda radical conduce a Descartes al hallazgo del primer axioma: el cogito, ergo sum (“pienso, luego existo”). Esta afirmación constituye una verdad absolutamente segura, que permanece firme incluso frente a la duda más extrema, y a partir de ella Descartes reconstruirá el conocimiento. No obstante, para asegurar que esta verdad, que se presenta como clara y evidente, lo sea realmente, es necesario admitir la existencia de un Dios perfecto. Al ser perfecto, Dios no puede permitir que el ser humano se equivoque cuando percibe algo con claridad, ya que eso implicaría imperfección. Por este motivo, Descartes se centrará en demostrar la existencia de Dios, como explicaré a continuación.
Este descubrimiento tiene implicaciones metafísicas, sobre todo en lo que se refiere al concepto de sustancia. Para Descartes, la sustancia es aquello que existe por sí mismo, y únicamente Dios cumple plenamente esta condición al ser una sustancia infinita. No obstante, también existen sustancias finitas que dependen de Dios para su existencia: la res cogitans, que constituye la sustancia pensante, y la res extensa, que se refiere a la sustancia material. En el fragmento se percibe el predominio de la razón, ya que el método se centra en la capacidad del pensamiento como única vía segura de conocimiento, mostrando que la realidad mental tiene prioridad sobre la corporal en la filosofía cartesiana.
Para poder superar definitivamente la duda metódica y garantizar la verdad del conocimiento, Descartes desarrollará su teoría de las ideas, distinguiendo entre ideas adventicias, que proceden de la experiencia externa; ideas facticias, creadas por la imaginación; e ideas innatas, que son las que poseemos desde el nacimiento. A partir de ahí, Descartes justifica la existencia de Dios mediante varias pruebas: la cosmológica afirma que la idea de perfección o infinitud no puede venir de un ser limitado, por lo que debe proceder de Dios.
El argumento ontológico sostiene que si Dios es el ser absolutamente perfecto, entonces tiene que existir, porque la existencia forma parte de esa perfección. Por último, una versión de la tercera vía defiende que si yo soy un ser finito, no puedo ser la causa de mí mismo, así que debe existir una causa primera: Dios. El método lleva a reconocer aquellas ideas que se presentan con claridad y seguridad, y que no proceden de los sentidos, sino del propio uso de la razón. Así, el texto muestra de forma evidente la orientación racionalista del pensamiento de Descartes: es la razón y no la experiencia que obtenemos a través de los sentidos la que sirve como base del verdadero conocimiento.
A partir de esta base racional, Descartes puede avanzar hacia la demostración de la existencia de Dios. El método lo lleva a concluir que la idea de infinito no puede originarse en un ser limitado, por lo que debe provenir necesariamente de un ser perfecto. En el sistema cartesiano, Dios ocupa un lugar fundamental; al ser un ser perfecto, asegura la validez de todas las ideas claras y distintas.
En último lugar, la idea de un pensamiento ordenado que defiende Descartes también se aplica a su manera de entender la naturaleza. Para él, el mundo físico es una res extensa, gobernada por leyes matemáticas, igual que la razón sigue un método para pensar con claridad.
En conclusión, este fragmento marca el inicio del proyecto filosófico de Descartes, basado en la confianza en la razón que siga un método preciso. En él ya se perciben los elementos más importantes de su pensamiento: la duda metódica, el cogito como primera verdad, su concepción de la sustancia, la división de las ideas, la prueba de un Dios existente y el mecanismo de la naturaleza.
