Portada » Filosofía » Fundamentos de la Filosofía Moderna: De la Reforma Protestante a la Epistemología de Hume y Descartes
La Reforma Protestante fue un fenómeno crucial que marcó el Renacimiento por tener profundas implicaciones filosóficas, sociales y religiosas. La venta de las indulgencias y la ostentación de la jerarquía eclesiástica generaron descontento entre los creyentes. La corrupción moral y financiera contribuyó a la insatisfacción, mientras que las luchas de poder entre el papado y los monarcas debilitaron la posición de la Iglesia.
El Renacimiento había traído un resurgimiento del pensamiento clásico y humanista. El descubrimiento de obras de Platón y Aristóteles fomentó una mentalidad crítica, la autonomía y un deseo de volver a las fuentes del cristianismo, apartándose de las interpretaciones dogmáticas. La invención de la imprenta facilitó la rápida difusión de estas ideas reformistas.
Martín Lutero, con sus 95 tesis, creía en la necesidad de reformar la autonomía del individuo frente al autoritarismo de la Iglesia. Abogaba por un retorno a la enseñanza bíblica original y la justificación por la fe. Tradujo la Biblia al alemán para que los fieles tuvieran acceso directo a las escrituras sin depender de las interpretaciones eclesiásticas.
La Reforma promovió la idea de la relación personal entre el individuo y Dios. La noción de la «sola fide» (solo la fe) sostenía que la fe personal en Cristo era suficiente para la salvación. Se buscaba fundamentar las creencias en las escrituras y no en las tradiciones. La ortodoxia católica, defendida por el papado, fue apoyada por el emperador Carlos I, rey de España, quien hizo todo lo posible para combatir las ideas luteranas.
La Iglesia católica emprendió su propio proceso de Contrarreforma, dando respuesta en el Concilio de Trento a las inquietudes de los fieles y al desafío teológico del luteranismo. Sin embargo, la Reforma desembocó en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), un conflicto devastador por la supremacía religiosa y política en Europa. Los estados católicos buscaban preservar la hegemonía, mientras que los protestantes defendían su autonomía y libertad religiosa.
La Paz de Westfalia de 1648 puso fin al conflicto, buscando preservar la paz y la tolerancia. Por otra parte, la preocupación por la salvación estimuló la actividad económica y el desarrollo del capitalismo. En resumen, la Reforma contribuyó a desarrollar una mentalidad centrada en el individuo que estimulaba la autonomía personal y el compromiso con la vida de carácter mundano.
David Hume (1711–1776) es considerado un filósofo, historiador y diplomático fundamental. Muy joven concibió los puntos clave de su filosofía y más tarde publicó su Tratado sobre la naturaleza humana, que no fue muy entendida por el público, por lo cual la reescribió y publicó como Investigaciones sobre el conocimiento humano.
Su filosofía se clasifica como empirismo radical. El conocimiento está formado por contenidos naturales basados en la experiencia, que denomina percepciones, las cuales se dividen en dos grupos:
Hume anuncia el principio empirista: una idea es verdadera si se deriva de una impresión. Si no es así, la idea no tiene fundamento y es fruto de la imaginación. Mediante la imaginación, se siguen tres leyes:
Hume distingue entre las relaciones de ideas (conocimiento independiente de los hechos) y las cuestiones de hecho (verdades extraídas de la experiencia). Afirma que el conocimiento se fundamenta en el hábito. La inducción no sirve al método científico de forma absoluta, ya que su verdad es solo probable.
Sostiene que el principio de causalidad es un mero producto de la imaginación producido por la costumbre. Al no existir una impresión de la «sustancia», afirma que esta es una idea ilegítima o ficción. Por tanto, la idea del mundo y de Dios carecen de fundamento racional. Al eliminar las sustancias, Hume niega la posibilidad de la metafísica, convirtiéndose en un fenómeno escéptico.
El Renacimiento (siglos XV y XVI) impulsó la renovación de las capacidades humanas. En la filosofía política, destaca Nicolás Maquiavelo, cuya obra analiza la sociedad desde un punto de vista práctico y realista, a diferencia de las descripciones idealizadas de pensadores anteriores.
Según Maquiavelo, el principal objetivo de un gobernante es afianzar y mantener su poder. Para ello, debe conocer las motivaciones humanas basadas en el egoísmo y la ambición. El líder debe emplear astucia y habilidad, utilizando incluso tácticas poco éticas, ya que el fin justifica los medios. Esta perspectiva separa la ética de la política, rompiendo con la tradición de Platón, Aristóteles y el cristianismo.
Maquiavelo aboga por la República como el modelo más adecuado, destacando la participación ciudadana similar a la antigua Roma, aunque reconoce la utilidad de un rey fuerte para establecer el Estado, advirtiendo que la monarquía puede volverse injusta si solo busca intereses privados.
En contraste, surge el pensamiento utópico influenciado por Platón:
En conclusión, la política renacentista marcó una transición hacia una perspectiva más realista y secular en la toma de decisiones.
René Descartes (1596-1650), padre de la filosofía moderna, buscó en sus Meditaciones Metafísicas un fundamento seguro para el conocimiento a través del método cartesiano, que consta de cuatro reglas:
Descartes aplica la duda metódica, que es intencional, teórica e hiperbólica. Duda de los sentidos, de la distinción entre sueño y vigilia, e incluso plantea la existencia de un genio maligno. Esta duda le permite llegar a la primera verdad indudable: el cogito, ergo sum (pienso, luego existo).
A partir del yo pensante, identifica tres tipos de ideas:
Para Descartes, Dios garantiza la existencia del mundo. Utiliza tres argumentos principales:
La demostración de Dios es el punto crucial que permite a Descartes fundamentar la realidad exterior.
