Portada » Filosofía » La Filosofía Crítica de Kant y el Proyecto Ilustrado: Razón y Conocimiento
El debate metafísico moderno aborda de lleno el problema de la fundamentación de la metafísica como saber, es decir, establecer en qué condiciones la metafísica puede ser considerada un saber válido. Se trata de un conocimiento muy particular, pues pretende ser un saber absoluto acerca de la naturaleza última de la realidad, centrando su atención en los objetos trascendentes: alma, mundo y Dios. Para abordar esta cuestión, seguiremos el pensamiento de Immanuel Kant (1724-1804) y su filosofía crítica, esto es, su estudio de las posibilidades y los límites de la razón en el conocimiento.
Kant nace el 22 de abril de 1724 en Königsberg (actual Kaliningrado) en el seno de una familia extremadamente religiosa. Estudió Teología, aunque pronto se sintió atraído por la Física y las Matemáticas. Pasó gran parte de su vida como docente en la universidad de su ciudad natal, declinando ofertas de otras universidades. Publicó tardíamente sus grandes obras, como la Crítica de la razón pura, los Prolegómenos a toda metafísica futura que quiera presentarse como ciencia, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio. Falleció el 12 de febrero de 1804, poco antes de cumplir los 80 años.
Históricamente, la metafísica ha pretendido ser un saber radical y universal acerca del todo, proporcionando un conocimiento absoluto de la realidad que va más allá de la física y apunta a los fundamentos últimos de la realidad. Sin embargo, desde la Antigüedad (con los presocráticos y el concepto de arjé, o con Platón y su Idea de Bien), pasando por la Edad Media (con el trocamiento de esta idea en la idea de Dios), hasta la modernidad (con la idea de razón o conciencia), la metafísica ha tropezado con distintos problemas. Kant busca responder a la pregunta de si la metafísica puede entrar en el camino seguro de la ciencia.
La situación de la metafísica antes de Kant era inestable. A su juicio, se encontraba atrapada en disputas estériles sin posibilidad de solución. Cada filósofo creaba un nuevo método, pero no se lograba avanzar ni un solo paso. En sus Prolegómenos, Kant plantea si la metafísica es siquiera posible: si es una ciencia, ¿por qué no logra una aprobación general como las otras? Si no lo es, ¿cómo es que alardea con la apariencia de ciencia? Preguntar si la metafísica como ciencia es posible presupone determinar los límites del uso teórico de la razón, es decir, de la razón cuando conoce. Se hace necesaria una crítica de la razón pura, entendida como el ejercicio en el cual la razón se somete a sí misma a un examen para determinar aquello que puede conocer y aquello que queda fuera de su alcance, frente al dogmatismo, que es el proceder de la razón sin previo examen de sus facultades.
En este punto, es clave la influencia de Hume, quien despierta a Kant de su «sueño dogmático». Hume, a partir del problema de la inducción, había puesto en cuestión el principio de causalidad, advirtiendo que no tenemos ninguna impresión sensible de la conexión necesaria entre causa y efecto; solo la inferimos por el hábito o la costumbre. Para Kant, esta crítica es destructora para la metafísica, pues supone la imposibilidad de constituir un conocimiento a priori, necesario e independiente de la experiencia. Por ello, Kant tratará de legitimar el uso de conceptos no empíricos —entre ellos la causalidad— sin los cuales el conocimiento mismo sería imposible.
La otra gran influencia es Newton y el modelo metodológico de la física. La aplicación del método hipotético-deductivo ha supuesto un gran avance. De modo parecido, Kant propone su «revolución copernicana»: la idea fundamental es que el objeto se somete necesariamente al sujeto y no al revés. Anteriormente se pensaba que el conocimiento era una adaptación de la mente a los objetos. Kant descubre que la facultad de conocer es legisladora: tiene un papel fundamental en la construcción del objeto de conocimiento. Como dice el propio Kant: «Son los objetos quienes deben regirse por nuestro conocimiento». El único camino posible para la metafísica es transformarse en un saber acerca de las condiciones epistemológicas que los sujetos imponemos a los objetos, investigando cuáles son las condiciones de posibilidad de toda experiencia, que son a priori. Esto es el método trascendental.
Kant considera que el modo adecuado para expresar el conocimiento científico es a través de los juicios sintéticos a priori. Antes, definamos los juicios analíticos a priori: en ellos, el predicado está contenido en el sujeto (por ejemplo, «Todos los cuerpos son extensos»). Son explicativos, no pueden ser refutados por la experiencia, pero no aumentan nuestro conocimiento. En cambio, los juicios sintéticos a posteriori incrementan el conocimiento porque el predicado no está contenido en el sujeto, pero su validez depende de la experiencia, por lo que es contingente. Por último, los juicios sintéticos a priori son los que utiliza la ciencia: son sintéticos porque incrementan el conocimiento (el predicado no está contenido en el sujeto), y son a priori porque no pueden ser refutados por la experiencia, es decir, su verdad y necesidad son universales e independientes de la experiencia. Por ejemplo: «La línea recta es la distancia más corta entre dos puntos» o «Todo lo que cambia tiene una causa». En estos juicios, la facultad de conocer encuentra su ley en sí misma, volviéndose autónoma. La pregunta clave es: ¿cómo son posibles? Esto equivale a preguntarse por las condiciones de posibilidad del conocimiento y sus límites.
Existen dos facultades intervinientes en el proceso de conocer: la sensibilidad y el entendimiento. La sensibilidad es la capacidad de ser afectado por un objeto a través de los sentidos. Kant sostiene que la sensibilidad impone una forma a la experiencia sensible, y esa forma tiene dos dimensiones: espacio y tiempo. Todas nuestras percepciones se nos presentan ordenadas en el espacio y el tiempo, pero estos no están en el objeto; son formas que ponemos como sujetos. Esto implica que nunca podemos conocer la realidad tal como es en sí misma (el noúmeno), sino solo tal como es percibida por nuestra sensibilidad (el fenómeno). El objeto se convierte en una construcción del sujeto sobre lo real.
El entendimiento, por su parte, organiza y sistematiza los fenómenos bajo conceptos para formular juicios con pretensión de objetividad. Los elementos a priori del entendimiento son las categorías, que Kant organiza en cuatro grupos: según la cantidad (unidad, pluralidad, totalidad), según la cualidad (realidad, negación, limitación), según la relación (sustancia, causa, comunidad) y según la modalidad (posibilidad, existencia, necesidad). Ni el entendimiento solo ni la sensibilidad aislada pueden producir conocimiento; se requiere una cooperación de ambos. Esto implica la imposibilidad de obtener conocimiento científico de ideas que no tengan correlato en la experiencia. La propuesta kantiana supone una superación de la oposición entre racionalismo y empirismo.
Kant ha legitimado el uso de las categorías, pero este uso queda reservado al ámbito de la experiencia posible. Ahora bien, existen términos con los que pensamos los objetos suprasensibles: son las ideas de la razón: alma, mundo y Dios. Su origen es subjetivo, nacen de un impulso connatural a la razón por buscar una explicación total de las causas últimas de la realidad. Son las tres grandes ideas trascendentales, necesarias pero que no pueden darse en la experiencia. Pretender que estas ideas se correspondan con objetos metafísicos es caer en la ilusión trascendental, es decir, referir las categorías a datos que no son de la experiencia. Cuando utilizamos estas ideas en el conocimiento se producen antinomias o paradojas de la razón.
Entonces, si las ideas no pueden emplearse para el conocimiento metafísico y las categorías se restringen a la experiencia, ¿qué queda de la metafísica? Kant cree que es posible hacer una metafísica que respete estos límites. La metafísica puede ser un saber sistemático y riguroso sobre la razón y sus usos teórico y práctico. Teórico, cuando conoce a partir del análisis de las condiciones de posibilidad del conocimiento; práctico, cuando actúa determinando los deberes de los seres humanos en cuanto seres racionales. Así es como la metafísica ingresa en el camino seguro de la ciencia, ocupándose de la clarificación de sus conceptos, aunque renunciando a su propósito original de ser un saber absoluto acerca de la naturaleza última de la realidad.
Llamamos Ilustración al movimiento cultural e intelectual que se desarrolla en Europa entre la revolución inglesa de 1688 y la francesa de 1789. También se la conoce como «el Siglo de las Luces», las luces de la razón, por su propósito de alcanzar y difundir el saber que iluminará a las personas y a la sociedad, sumidas en la ignorancia, la superstición y el fanatismo impuestos por la autoridad de la tradición y la religión. El filósofo Immanuel Kant definió la Ilustración con una metáfora: salir de la minoría de edad, es decir, ejercer la autonomía, pensar por uno mismo con la propia razón, libre de cualquier tutela. El movimiento ilustrado busca una transformación profunda de los individuos y la sociedad, apoyándose en una serie de principios e ideales optimistas.
