Portada » Filosofía » El Racionalismo de René Descartes: Método, Cogito y Dualismo
René Descartes nació en 1596 en Francia y es considerado uno de los principales filósofos de la Edad Moderna y el máximo representante del racionalismo. Vivió en una época marcada por profundos cambios científicos y culturales, donde las nuevas teorías cuestionaban el saber tradicional defendido por la Iglesia. Este contexto de tensión explica la prudencia de Descartes a la hora de publicar sus ideas, especialmente tras la condena de Galileo por el Santo Oficio.
Descartes aplica una duda metódica con el objetivo de encontrar una verdad indudable sobre la que construir el conocimiento. En primer lugar, duda de los sentidos porque en muchas ocasiones nos ofrecen información errónea. En segundo lugar, duda de la razón, ya que incluso en matemáticas podemos cometer errores. Además, plantea la posibilidad de que toda nuestra vida consciente sea un sueño, lo que refuerza su escepticismo.
Para llevar la duda al extremo, introduce la hipótesis del genio maligno, un ser capaz de engañarnos incluso en las verdades matemáticas. Sin embargo, hay una verdad que resiste todas estas dudas: el hecho de que mientras duda, piensa, y si piensa, existe. Este pensamiento, conocido como el cogito, es evidente, claro y distinto, y se convierte en el primer principio de su filosofía. De aquí se deduce la existencia de un yo pensante o res cogitans, independiente del cuerpo.
El problema del método en Descartes surge de la necesidad de encontrar un camino seguro para alcanzar conocimientos verdaderos. Para ello, sitúa la razón como fundamento del saber y desconfía de la experiencia, ya que los sentidos pueden engañar. Con este planteamiento inaugura la filosofía racionalista moderna, centrada en el sujeto.
El ideal de certeza lo encuentra en las matemáticas, donde el conocimiento se obtiene mediante intuición y deducción, sin recurrir a la experiencia. Las verdades verdaderas deben ser claras y distintas. En el Discurso del método formula cuatro reglas:
La aplicación del análisis conduce a la duda metódica. En un primer nivel, Descartes duda de los sentidos y de la imposibilidad de distinguir con certeza entre la vigilia y el sueño. En un segundo nivel, introduce la duda hiperbólica mediante la hipótesis del genio maligno, que pone en cuestión incluso las verdades matemáticas. A pesar de esta duda radical, descubre una verdad indudable: “pienso, luego existo”, el cogito, que revela al sujeto como sustancia pensante (res cogitans).
Desde esta primera certeza, Descartes analiza el contenido de la mente y distingue los siguientes tipos de ideas:
A partir de las ideas innatas, Descartes demuestra la existencia de Dios como ser infinito y perfecto, garante de la verdad del conocimiento y de la existencia del mundo material, la res extensa.
Descartes concibe al ser humano desde un dualismo antropológico: está compuesto por dos sustancias distintas, el cuerpo y la mente. El cuerpo es una sustancia material sometida a las leyes mecánicas de la naturaleza, mientras que la mente es una sustancia pensante. Esta separación plantea el problema de cómo se relacionan ambas sustancias tan diferentes.
Para explicar esta relación, Descartes recurre a Dios, que ha creado el mundo material de manera que sea comprensible para la mente humana. En algunos textos, afirma que la verdadera realidad del ser humano es la conciencia, considerando el cuerpo como un simple instrumento. En otros momentos compara el alma con un timonel que dirige un barco.
Descartes llegó a situar la unión entre alma y cuerpo en la glándula pineal, donde se unificarían las sensaciones procedentes de los sentidos. Sin embargo, más adelante matizó esta idea y afirmó que el alma está realmente unida a todo el cuerpo y no localizada en una parte concreta.
Esta concepción del ser humano se relaciona directamente con su ética. Para Descartes, la felicidad depende de que la mente, guiada por la razón, sea capaz de dominar las pasiones y deseos del cuerpo. Mientras desarrolla una ética definitiva, propone una moral provisional basada en unas normas elementales de conducta:
Por último, su visión del ser humano se enmarca en una concepción mecanicista del mundo, propia del siglo XVII, según la cual la naturaleza funciona conforme a leyes fijas y necesarias, como una gran máquina cuyos procesos pueden explicarse científicamente.
