Portada » Latín » Hispania Romana: Historia, Sociedad y el Legado de Roma en la Península
Nuestra sociedad actual ha heredado, tras ocho siglos de presencia romana en la península, un vasto legado que puede verse en la lengua, el sentido del derecho o la justicia. Este proceso se divide en cuatro etapas:
La primera etapa, la conquista de Roma, se divide en tres fases diferenciadas:
Se trata de la conquista del este y sur peninsular. Los cartagineses, que poseían importantes territorios en la península, atacaron Roma bajo el mando de Aníbal desde los Pirineos y los Alpes. En su camino, atacó Sagunto, aliada de Roma, en el 219 a.C. Aprovechando la salida de los cartagineses, los romanos desembarcaron en Ampurias un año después bajo el mando de Escipión, para hacer frente a estos y comenzar la conquista de Hispania. Carthago Nova, capital cartaginesa, caerá en el 202 a.C.
La segunda fase es la conquista del centro y el oeste de la península, que se producirá en el siglo II a.C. Roma siguió dos tendencias: consolidar las fronteras de los territorios conquistados y ampliar los territorios. La resistencia de pueblos en la meseta dio lugar a las guerras celtíberas y lusitanas. En el 139 a.C., Viriato fue asesinado, dando fin a las guerras lusitanas. Tras varios años de asedio, Numancia cayó en el año 133 a.C.; en el 137 a.C., Décimo Bruto abrió las rutas hacia el noroeste tras una incursión en el valle del río Miño; Cecilio Metelo conquistó las Baleares en el 123 a.C.
La última fase duró hasta el 19 a.C. Cuando las guerras civiles romanas llegaron a la península, como la que enfrentó a senatoriales y populares entre los años 79-73 a.C., estos trataron de utilizar a los indígenas como soldados, ofreciéndoles privilegios y derechos. Esto aceleró la romanización, y en el año 19 a.C., durante el gobierno de Augusto (nombrado el 27 a.C.), se produjo el dominio sobre cántabros y astures.
La romanización fue la asimilación de las formas culturales, económicas, sociales, lingüísticas, religiosas y artísticas de Roma por parte de la sociedad hispana. Este proceso se produjo lenta e irregularmente según los territorios. Diversos agentes intervinieron en la romanización:
En Hispania había una organización provincial y otra municipal. En la provincial hubo cambios significativos.
En principio, Hispania fue dividida en dos provincias en el año 197 a.C.: la Hispania Citerior, que abarcaba el este, y la Hispania Ulterior, que abarcaba el sur. Augusto divide la Ulterior en Bética, con capital en Córdoba, y Lusitania, con capital en Augusta Emerita. La Citerior pasa a llamarse Tarraconense. Al comienzo del siglo III, Caracalla divide la Tarraconense en Gallaecia Asturica y Tarraconensis. Con Diocleciano se añade una última provincia, la Carthaginensis. Así, Hispania tendría cinco provincias (Baética, Lusitania, Carthaginensis, Tarraconensis y Gallaecia), más la Baleárica y Mauritania. Las provincias más romanizadas, como la Bética, se llamaron senatoriales y dependían del Senado de Roma. El resto eran imperiales y dependían de un procónsul.
El populus era una demarcación situada en las áreas menos romanizadas. Las zonas más romanizadas tenían civitas, regidas por un ayuntamiento, con territorio y recursos propios. Augusto concedió títulos de coloniae a ciudades de nueva creación pobladas por romanos, y de municipia a las poblaciones indígenas que recibían la consideración de ciudad. En la época imperial, muchos populus pasaron a ser civitates.
En el escalón más alto de la sociedad romana en Hispania encontramos a los tres órdenes:
Después estaban los ciudadanos, con derechos políticos, civiles, sociales y militares. Más abajo, los libres no ciudadanos, que tenían derechos civiles pero no políticos. Los libertos eran esclavos que habían accedido a la manumisión, aunque no eran libres legalmente hasta la tercera generación. Y por último, los esclavos, que servían en casas y, sobre todo, como mano de obra para latifundios, minas, factorías de salazones, etc. Podían acceder a la esclavitud por ser prisioneros de guerra, por haber nacido de esclavos o por su propia autoventa para saldar deudas.
El sector agropecuario era fundamental, destacando:
La minería tenía gran importancia, especialmente con la plata de Cartagena. En artesanía destacaban las alfarerías, los vidrios, el vestido, el calzado y la industria del garum. El comercio interior se desarrolló gracias a la red viaria y al tráfico marítimo. Hispania exportaba aceite, trigo, garum, cerámica y esclavos; mientras que las importaciones consistían en estatuas, tapices, cerámica sigillata, vidrios, etc.
Roma admitió la variedad de cultos siempre que se venerasen los dioses oficiales romanos, la Tríada Capitolina (Júpiter, Juno y Minerva), así como el culto al emperador. Los flamines eran los sacerdotes que dirigían este culto. En el siglo I se introdujo el cristianismo, que en un principio fue perseguido hasta que, en el 313, Constantino decreta la libertad religiosa y reconoce el cristianismo. En el 380 pasa a ser la religión oficial del Imperio.
Durante la República, el latín fue la lengua oficial y con él se redactaban los escritos oficiales. A partir del Imperio, se introdujo más entre la población indígena. Florecieron grandes nombres de literatos, ensayistas, geógrafos y filósofos de procedencia hispana, como el poeta Lucano o el filósofo Séneca. El derecho romano simbolizaba las relaciones entre habitantes y Estado.
El arte romano fue heredero de la tradición griega, aunque introdujo novedades como el ladrillo, el arco y la bóveda. Perseguía tres objetivos: la utilidad, la perfección técnica y la propaganda del patrocinador. El edificio religioso principal era el templo. El teatro era semicircular, como el griego, y en Hispania destacan el de Mérida y el de Cartagena. El anfiteatro era la unión de dos teatros y estaba dedicado a espectáculos de lucha. Los romanos realizaron importantes obras de ingeniería, como la increíble red de vías militares, los puentes y los acueductos.
Aunque la romanización fue larga y desigual en toda la península, en mayor o menor medida alcanzó todos los territorios y dejó una gran influencia en Hispania, con elementos tan importantes como la lengua, el derecho, la religión o construcciones que hoy día siguen en pie, como teatros, puentes o acueductos. Ni siquiera con la llegada de los visigodos en el 409, motivados por la crisis del Imperio, desapareció la huella que los romanos habían dejado, pues Hispania la había asimilado como suya hasta tal punto que ha pervivido hasta nuestros días.
