Portada » Filosofía » Platón: Reminiscencia, Conocimiento Innato y la Supremacía de la Idea del Bien
La idea principal del texto es la constatación de que poseemos la **idea de igualdad**. Somos capaces de captar lo que se parecen distintos objetos de nuestro mundo. Sin embargo, la **igualdad** que se aprecia en los objetos no está al mismo nivel que el propio concepto de **igualdad**. Siempre en los objetos que se parecen falta algo respecto a la idea misma de **igualdad**. Platón pone en cuestión que el conocimiento provenga a través de los sentidos. Platón presenta la idea de **«lo igual en sí»** o la idea de igualdad. Esa igualdad en sí misma no es solo un concepto, sino que «subsiste», es decir, que existe realmente en el llamado **mundo de las ideas**. Además, tal concepto de igualdad no debe confundirse con lo que de igual tienen dos objetos físicos. Es cierto que las cosas pueden ser entre sí más o menos iguales, pero a lo que Platón se refiere es al concepto mismo de igualdad o de «lo igual».
El diálogo con Simmias corrobora que ambos saben de lo que están hablando. El concepto de igualdad es un concepto concreto, conocido y diferenciable de otros conceptos. Platón se pregunta si la idea de igualdad puede provenir de nuestra observación de objetos similares o más bien es algo que **intuimos** como existente a partir de la observación de objetos similares. Frente a esa alternativa, hay que tener en cuenta que los objetos materiales, como piedras o palos, pueden parecer más parecidos o más diferentes en distintas ocasiones, lo que implica que la igualdad perfecta no se encuentra en ellos. En último término, Platón está descartando que el conocimiento de una idea provenga de la observación del mundo en el que vivimos. El **conocimiento no proviene de los sentidos**. Si contemplamos el propio concepto de igualdad, es decir, lo igual en sí mismo, no tendremos nunca la experiencia de confundir igualdad con desigualdad. A los sentidos las cosas pueden parecerles iguales, pero al entendimiento la idea de igualdad es plenamente distinguible de la idea de desigualdad.
La idea principal del texto es el hecho de que las cosas que se parecen y que vemos en el mundo nos remiten al concepto de igualdad. Sin embargo, el parecido de las cosas visibles no llega a alcanzar el nivel de perfección que la propia idea de igualdad implica. Lo igual en las cosas es siempre deficiente respecto a la idea de igualdad. El hecho de que ver algo en el mundo te recuerda una idea más perfecta es denominado por Platón **proceso de reminiscencia**. Platón concluye que la igualdad que observamos en objetos no es lo mismo que la **«igualdad en sí»**, sugiriendo que las ideas abstractas son distintas de sus manifestaciones materiales. Asimismo, podemos concluir que la igualdad observada en el mundo material no coincide con la **igualdad pura**, es decir, con el puro concepto de igualdad. Sin embargo, la comprensión de la idea de igualdad sí puede venir a nuestra mente al observar cosas iguales. No son el mismo tipo de igualdad (la de las cosas y el concepto de igualdad), pero la observación de cosas iguales puede llevarnos a intuir la idea de igualdad pura. Con un ejemplo en otro ámbito, al ver una situación en nuestro mundo, recordamos un sueño que tuvimos. Ver cosas que se parecen nos recuerda el concepto de igualdad.
La pregunta subraya que la idea de igualdad puede surgir en nuestra mente independientemente de si los objetos son exactamente iguales o no. Se reconoce así que nuestra comprensión de igualdad no depende de la similitud precisa entre objetos. Platón introduce aquí explícitamente el concepto de **reminiscencia**, sugiriendo que **aprender es en realidad recordar** ideas que nuestra alma ya conocía. Todo el recorrido dialéctico de preguntas y respuestas sirve a Platón para concluir que el conocimiento es una forma de recuerdo o **reminiscencia**. Esta idea queda reforzada con la experiencia de que ese momento de recordar una idea, la de igualdad en nuestro caso, puede venir provocado tanto por la observación de cosas que se parecen como de cosas que no se parecen. Platón plantea la cuestión de si tenemos la misma experiencia o sensación cuando observamos dos objetos iguales en nuestro mundo y cuando pensamos en la propia idea de igualdad. La respuesta es que notamos que les falta algo para alcanzar la verdadera esencia de la igualdad. Los objetos materiales no logran capturar o representar completamente la idea de igualdad pura.
La idea principal del texto es que al observar objetos en nuestro mundo podemos remitirnos a una idea solo si ya conocíamos previamente esa idea. Esta comparación implica que el conocimiento de las ideas no procede de la **experiencia sensible**, sino que debe haberse adquirido antes. Al percibir cosas que se parecen pero que no son completamente iguales, recordamos una igualdad más perfecta que la percibida por los sentidos y que ha tenido que ser conocida anteriormente. Nuestro autor razona del siguiente modo: ver algo en el mundo sensible nos lleva a pensar en un **objeto real (las ideas)**. Además, hemos de tener en cuenta que lo que vemos es siempre inferior que la idea a la que las cosas del mundo remiten. Si podemos reconocer la idea perfecta al ver los objetos imperfectos, entonces es porque de algún modo hemos tenido que contemplar antes las ideas. En resumen, las cosas de este mundo nos remiten a las ideas en un proceso, un recuerdo de algo que ya conocemos. Podríamos afirmar que si no hubiésemos conocido una idea concreta, ninguna experiencia en el mundo sensible nos podría hacer pensar en esa idea.
Si nos detenemos en el ejemplo de la igualdad en sí misma, podemos afirmar que ver dos maderos que se parecen nos hace pensar en la idea de igualdad. La idea es lo verdaderamente real y los maderos son sombras o apariencias de la idea de madero. Además, la igualdad de los maderos entre sí no está al nivel del propio concepto de igualdad, puesto que en los maderos esa igualdad no es plena. Podemos corroborar, por tanto, que al ver los objetos imperfectos de este mundo pensamos en los objetos perfectos del **mundo de las ideas**. Platón defiende que debemos tener el conocimiento de igualdad pura temporalmente antes de experimentar cuán iguales son dos objetos en nuestro mundo, lo cual le permite sostener que las **ideas son anteriores a la experiencia sensorial**. El resultado nos lleva más lejos porque nuestro **conocimiento de la igualdad**, y por extensión de cualquier otra idea, **es innato**, es decir, nació con nosotros. Nuestra ignorancia se debe a que no hemos recordado todavía lo que ya sabemos. A su vez, señala que las percepciones sensoriales nos permiten recordar ideas innatas como la igualdad y no es posible de otra manera. Es decir, no podemos tener una idea si no partimos de una experiencia sensible que apunte a tal idea. Sin embargo, las sensaciones no crean la idea.
También afirma que nuestras percepciones siempre intentan alcanzar las ideas puras, pero no logran capturar su esencia perfecta. Las percepciones solo nos dan una versión imperfecta de las ideas. En el caso de la igualdad, ver el parecido entre los objetos nos remite a la idea de igualdad, aunque ese parecido nunca estará al mismo nivel que la propia idea. De fondo late la convicción platónica de que este mundo imperfecto apunta al mundo perfecto de las ideas.
La idea principal del texto es que, dado que comenzamos a percibir el mundo al nacer, las ideas deben haber estado en nosotros previamente. Platón señala que el proceso de percepción comienza al nacer y que en ese mismo instante ya somos capaces de **identificar la idea** a la que apuntan las cosas que vemos en el mundo. Por lo tanto, debemos haber tenido antes de nacer un **conocimiento de todas las ideas** previo a nuestro nacimiento. La teoría de la reminiscencia apunta a la **preexistencia del alma**. Platón hace uso de las ideas que ha ido presentando y afirma explícitamente que si los sentidos remiten a una idea, es necesario concluir que la presencia de las ideas en el conocimiento debe ser forzosamente anterior. Necesitamos de las experiencias sensoriales en este mundo sensible para que la mente pueda pensar en una idea. Sin embargo, eso no sería posible si la idea no estuviese presente ya en la mente, oculta u olvidada, pero presente. En resumen, primero hemos tenido que conocer la idea y que esté en nuestra mente; después las percepciones sensibles nos recuerdan esa idea. Finalmente, aprendemos-recordamos la idea que estaba en nosotros pero adormecida u olvidada.
Platón explicita que nuestros sentidos han estado activos desde el nacimiento y, por tanto, desde ese momento hemos tenido experiencias sensoriales. Esta afirmación sobre tener la idea de igualdad antes de que veamos cosas que se parecen en el mundo sensible adquiere más sentido si la vinculamos con la idea inmediatamente anterior. Podemos asumir que antes de que los sentidos perciban el mundo sensible hemos de tener ya en nuestro conocimiento cualquier idea. Es necesario el conocimiento previo, aunque olvidado, de las ideas para poder reconocerlas en nuestras experiencias sensoriales. Un ejemplo: no podría captar la *ataraxía* en el mundo sensible, si no tengo la idea de *ataraxía* en la mente. Dado que los sentidos empiezan a actuar en el mismo momento que nacemos, Platón concluye que debemos haber adquirido conocimiento de las ideas puras **antes de nacer**. Platón hace extensivo el conocimiento que tenemos sobre la igualdad a «todo lo de esa clase», es decir, al resto de ideas. Antes de nacer ya teníamos conocimiento de las ideas de igualdad, belleza, justicia… y ese conocimiento es superior a lo que en nuestro mundo sensible de ahora podemos conocer. Con nuestras preguntas y respuestas de ahora sobre la igualdad, la belleza, la justicia… no lograremos nunca alcanzar un conocimiento que sea «en algo más», es decir, mayor que nuestro conocimiento de las ideas de igualdad, belleza y justicia. Por lo tanto, si poseemos un conocimiento de las distintas ideas mayor que el que podríamos conseguir por la experiencia del mundo sensible, entonces debemos concluir que antes de nacer ya teníamos el conocimiento de tales ideas.
La idea principal del texto es que en el momento de nacer **olvidamos** todo lo que nuestra alma contempló en el mundo de las ideas. No nacemos con una mente vacía, sino con una mente borrada. La información sigue en la mente, pero no podemos acceder a ella abiertamente. Necesitamos que nuestra percepción sensible en el mundo nos haga recordar lo que un día ya supimos. **Aprender es, por tanto, recordar**. Platón insiste en que tenemos un conocimiento previo al nacimiento que por el propio hecho de nacer lo olvidamos. Si el nacimiento no tuviera estas repercusiones epistemológicas tan nefastas, podríamos hablar de continuidad entre aquello que sabemos desde antes de nacer y lo que aprendemos durante toda la vida. Nuestra falta de conocimiento al nacer no es propiamente una falta de conocimiento, sino un olvido de lo ya conocido. Platón concluye que aprender es en realidad recordar, ya que al usar nuestros sentidos en nuestro mundo sensible recuperamos conocimiento previo a nuestras experiencias sensoriales. El aprendizaje es, efectivamente, una forma de recordar conocimiento innato. La razón por la que perdimos ese conocimiento al nacer nos obliga a sostener dos afirmaciones. La primera es que el **alma existía antes de nacer**; la segunda, que en la **unión de alma y cuerpo** se produjo ese olvido de nuestro conocimiento previo. En otros diálogos, Platón presentará al **demiurgo** como el artífice de meter el alma en el cuerpo.
La idea principal del texto es la existencia de una realidad más elevada que las ideas de justicia o de cualquier otra, que es la **Idea de Bien**. El Bien es el **fundamento** que da valor y utilidad a todo lo demás, y por ello debe ser el **objeto de estudio más riguroso**. No conocer el Bien no se suple con ningún otro conocimiento, ya que solo lo bueno hace valiosos los objetos del mundo, todas las demás ideas, y todo el esfuerzo por comprender. Platón comienza este fragmento del Libro VI de *La República* preguntando en boca de Adimanto si hay algo mayor que la justicia y que el resto de ideas abstractas que en textos anteriores el autor ha considerado como lo real. Nuestro autor pone en boca de Sócrates una declaración que va a marcar todo el texto de este libro de *La República*: hay algo mayor que todas las ideas. Parte del diálogo entre Sócrates y Adimanto va a ir avanzando con el ánimo de reconocer el Bien como algo supremo y por encima del resto de ideas. El esfuerzo intelectual debe ir dirigido con mayor dedicación a conocer con la mayor exactitud y claridad la idea suprema del Bien.
Platón comienza a desgranar su pensamiento en torno a la idea del Bien remitiendo a que no es la primera vez que se detiene en ello. Es, por tanto, de sobra conocido que el Bien es el culmen del conocimiento, pero también que es lo que convierte en justas y útiles el resto de cosas. Tiene el Bien, por tanto, una **doble dimensión**: posee la mayor densidad **ontológica** y la mayor densidad **epistemológica**. Desde un punto de vista ontológico, el Bien es lo más preciado que podemos poseer, por encima incluso de la belleza y de la justicia. Desde un punto de vista epistemológico, el conocimiento del Bien es de mayor dignidad que cualquier otro conocimiento. El Bien da sentido y valor al ser y al conocer. ¿Pero qué es el Bien? Platón ha hablado del Bien, pero no lo ha definido.
La idea principal del texto es que el Bien no es fácilmente definible. Platón descarta que el Bien pueda identificarse con el placer, dado que hay **placeres malos**. Tampoco se puede **identificar el Bien con inteligencia** porque, si queremos explicarlo, hablar de inteligencia del Bien no es más que un juego de palabras. Platón descarta así dos opiniones comunes acerca del Bien. Antes de entrar en explicar qué es el Bien, Platón constata que muchas veces el Bien se confunde con el placer y en otros casos con la inteligencia. Frente a los que dicen que el Bien es inteligencia o conocimiento, Platón señala que se sitúan en una posición muy delicada, puesto que les será difícil responder a la pregunta sobre qué clase de inteligencia o conocimiento es el Bien. Si la respuesta es que el Bien es inteligencia o conocimiento del Bien, no habremos avanzado nada y caemos más bien en un **juego de palabras ridículo**. Platón rebate cierto *iluminismo* que viene a defender que si alguien no ha conseguido saber qué es el Bien es porque no ha conocido el Bien. El argumento que nuestro autor critica es **circular**: «no sabes decir qué es el Bien porque no tienes inteligencia o conocimiento del Bien». Sin embargo, seguimos estando en la misma situación: no tenemos una definición de Bien. Frente a los que definen el Bien como placer nos encontramos con la misma indefinición. Todo el mundo puede reconocer que existen placeres malos.
¿Cómo es posible entonces definir el Bien como placer? ¿Puede ser algo a la vez bueno y malo? Podríamos decir que hay cosas que tienen aspectos buenos y aspectos malos. Habría que decir, entonces, que hay placeres buenos y placeres malos. Sin embargo, no es esto lo que dicen aquellos que definen el Bien como placer. Definir el Bien como placer es identificar el Bien con el placer. Pero si se identifica el Bien con el placer y el placer ya hemos reconocido antes que puede ser malo, llegaríamos al absurdo de que el Bien puede ser malo. La reflexión en torno a qué es el Bien es una tarea abierta y enormemente discutida. Cierra aquí Platón la discusión sobre la definición del Bien como inteligencia o como placer.
La idea principal del texto es que conocer el bien es tan difícil como necesario. Platón apunta a que muchas personas se conforman con lo que parece bello o con lo que parece justo. Sin embargo, nadie se conforma con lo que parece bueno. **Parecerlo no es suficiente**. Los gobernantes que deben organizar la sociedad y que deben determinar lo justo y lo bello para la comunidad tienen la obligación de indagar en qué consiste el bien. Platón señala una diferencia entre las ideas de belleza y justicia, por un lado, y de Bien por otro. Las cosas que parecen bellas o que parecen justas pero que no lo son realmente pueden conformar a mucha gente. La apariencia de justicia deja conforme nuestro juicio, aunque en el fondo pueda esconderse algo deshonesto. Ante una votación manipulada, podemos mirar para otro lado. Por su parte, la apariencia de belleza provoca cierta sensación de gusto o disfrute, como en la copia de un cuadro o con una foto retocada. Sin embargo, dice Platón, respecto a lo bueno, **no nos conformamos con la mera apariencia**. Desde una persona que parece buena pero que no lo es, a una comida o a una acción. **Lo bueno se desea si es realmente bueno**.
Nuestro autor aúna ideas que ha ido mencionando con anterioridad. Una es que el bien es el motivo último que mueve nuestra acción. Si hacemos algo, lo hacemos porque en cierta medida consideramos esa acción como buena. Por otro lado, el Bien no es fácilmente definible y, por tanto, podemos intuir que algo es bueno pero sin saber expresarlo con claridad. A pesar de lo difícil que resulta su definición, la presencia continua del Bien impone una obligación: que los **políticos/gobernantes deben conocer el Bien**. Platón los denomina «los mejores en el Estado» y son quienes influyen en los planes que hacemos en la sociedad. De fondo resuena la idea platónica del **filósofo-rey**: el gobernante debe ser el filósofo que ha contemplado el Bien. Platón establece la necesidad de que las cosas que se reconocen como justas y como bellas sean también entendidas como buenas. Los políticos deben saber en qué medida son buenas las cosas que calificamos como justas y como bellas. En último término, conocer el Bien es una condición necesaria para poder llamar a las cosas justas o bellas. Se hace así **depender la justicia y la belleza del Bien**. Si no podemos decir de algo que es bueno, no podremos decir de ese algo que sea justo o que sea bello. La organización del Estado será perfecta si el que vigila, es decir, el gobernante, es capaz de decir en qué medida son buenas las cosas a las que llamamos justas o bellas. El gobernante debe ser alguien que conozca el Bien y sea capaz de captarlo en las cosas. Y a pesar de todo, Platón pone en boca del interlocutor de Sócrates la pregunta que queda pendiente y que no ha sido contestada anteriormente: ¿qué es el Bien? Si no es conocimiento ni tampoco es placer, ¿qué otra cosa es?
La cuestión fundamental a la que el texto responde es la **prevalencia de la idea de Bien** sobre cualquier otra idea. En su ontología y en su epistemología, Platón coloca en la cúspide la idea de Bien, que no solo es la idea más valiosa, sino también la que le da sentido y existencia al resto de ideas y, por extensión, al resto de la realidad. Todo depende de la idea de Bien, tanto en el mundo inteligible como en el mundo visible. La analogía del sol, el símil de la línea y el mito de la caverna apuntan al Bien como el elemento de mayor densidad ontológica y epistemológica en su filosofía.
La idea principal del texto es que el Bien es un tema enormemente complejo de abordar. Sin embargo, aunque llegar a comprender lo que es el Bien es difícil, no podemos conformarnos con meras **opiniones**, que en muchos casos son imprecisas y ciegas. Para hablar del Bien e indagar en qué es, puede ser útil **abordarlo de forma indirecta** e ir poco a poco. Platón ha descartado anteriormente que el Bien sea identificado con la inteligencia o con el placer; ha afirmado que es necesario que los que gobiernan la *polis* hagan por conocer el Bien. Sin embargo, todavía no se ha pronunciado sobre lo que es el Bien. Este momento del diálogo sirve como preámbulo para lo que en adelante pueda hablar del Bien. Platón, por boca del interlocutor de Sócrates, le reconoce a este la sabiduría de haber pensado en profundidad sobre el Bien. En boca de Sócrates, Platón denuncia que muchos de los que hablan del Bien lo hacen sin saber de lo que hablan, pero intentando aparentar que sí saben. Sócrates, en cambio, sí puede exponer un pensamiento valioso. Es cierto que Platón va a hablar del Bien desde sí mismo, va a exponer su doctrina personal, pero no puede ocultarse que ese pensamiento lleva detrás una seria y larga dedicación. En boca de Sócrates, Platón está reivindicando el valor de su teoría.
Platón sigue insistiendo en la necesidad de que lo que uno exponga no sea una simple opinión, sino que haya exigido un ejercicio de la **inteligencia**. La opinión por sí sola es poco menos que lamentable o, directamente, **ciega**, es decir, desorientada. Es llamativa la comparación de ceguera con opinión, puesto que nuestro autor reconoce que una opinión puede resultar casualmente correcta, es decir, que coincida en sus afirmaciones con las que se hacen desde un verdadero conocimiento. Sin embargo, el que opina sin saber y acierta, es tan poco fiable como el ciego que acierta por casualidad con el camino correcto. Platón vuelve a incidir en la necesidad de distinguir un discurso pensado y reflexionado de la mera ocurrencia que no sabe por dónde va y se pierde en disquisiciones ciegas. Nuestro autor ya ha dado muestras de que su discurso, su filosofía, no es el conjunto de meras ocurrencias y de que ha hablado, con sentido común, de la justicia o la moderación, entre otras muchas cosas. Lo que vaya a decir del Bien no serán ideas inconsistentes sino *ideas «claras y bellas»*.
Finalmente, Platón se decide a embarcarse a hablar del Bien, pero no lo hará de forma directa y clara. Nuestro autor pretende seguir deambulando en torno al tema del Bien, de manera que la idea que el lector vaya haciéndose del Bien sea un acúmulo de ideas sugeridas, simbólicas, metafóricas… Decide entonces Platón hablar de quien llama un **«hijo» del Bien (el sol)**. Aunque el Bien es una idea a la que se llega por la inteligencia y el sol es algo del mundo sensible a lo que se llega por los sentidos, ambos van a cumplir **funciones análogas**. Todo lo que puede decirse del sol en nuestro mundo podrá decirse del Bien en el mundo de las ideas. Nuestro autor está tan convencido de que este es el camino para hablar del Bien que amenaza a sus lectores con abandonar su discurso si no se sienten satisfechos con esta aproximación indirecta. El origen de la filosofía suele denominarse como el paso del mito al *logos*, pero en Platón sigue existiendo todo un mundo de símbolos, metáforas y analogías.
