Portada » Filosofía » Teorías de la Evolución y las Dimensiones del Ser Humano
Durante muchos siglos, la biología estuvo dominada por dos teorías científicas: el fijismo y el creacionismo. El fijismo sostiene que las especies biológicas que conocemos hoy día no han experimentado cambios desde su origen. El creacionismo defiende la idea de que todas las especies biológicas fueron creadas por Dios. También parte del supuesto de que estas han permanecido inalteradas desde su aparición hasta nuestros días.
En el siglo XVIII, algo empezó a moverse en el seno de la biología. Carl von Linneo diseñó un procedimiento para clasificar las especies biológicas. Cada ser vivo pertenecería a un reino determinado; dentro de este, a un orden, a una familia, a un género y a una especie. Nuestra clasificación es:
Linneo compartía las tesis fijistas, pero su clasificación permitía tomar conciencia de los parentescos que existían entre distintas especies biológicas. Este hecho —unido a la proliferación de expediciones científicas— promovió la aparición de nuevas ideas que acabarían por derribar definitivamente el fijismo.
El primero en proponer una teoría evolucionista con una base relativamente sólida fue el francés Lamarck a principios del siglo XIX. La propuesta de este científico, conocida con el nombre de transformismo, se basaba en dos ideas fundamentales:
Sobre la base de estos dos principios, Lamarck explica que los organismos más complejos han evolucionado a partir de formas de vida más simples, pues su tendencia a la perfección provoca que quieran adaptarse al medio modificando su propia estructura y funcionamiento. El propio Lamarck resumió esta idea con la siguiente expresión: «La necesidad crea el órgano».
Es decir, los individuos experimentan cambios orgánicos con el fin de adaptarse mejor a las exigencias del medio natural. Estos cambios se perpetúan al transmitirse hereditariamente de padres a hijos. La propuesta de Lamarck abrió una nueva vía de explicación. Sin embargo, presentaba defectos insalvables. La solución definitiva a estos problemas vendrá de la mano del naturalista inglés Charles R. Darwin.
En el siglo XIX, Darwin publicó El origen de las especies, en donde exponía las conclusiones de sus investigaciones que lo conducían a defender las tesis evolucionistas. El principio explicativo que propuso para dar cuenta del proceso evolutivo que afecta a las especies biológicas fue la selección natural (que explica el porqué de la evolución y del cambio de las especies).
De acuerdo con Darwin, toda especie biológica tiende a la superpoblación y, al tener que abastecerse de los mismos recursos, los individuos de esa especie entran en una lucha por la supervivencia de la que solo salen victoriosos los mejor capacitados. Esta victoria se traduce en una mayor longevidad y, consecuentemente, en una mayor oportunidad para dejar descendencia a la que transmitir hereditariamente sus propios caracteres.
De este modo, se seleccionan naturalmente las variaciones anatómicas (en la estructura o forma) o fisiológicas (funciones de los órganos internos) que resultan ventajosas y se extienden a toda la especie. En la propuesta de Darwin, los cambios que dan origen a la aparición de una nueva especie se producen al azar.
Había implicaciones importantes de la teoría de la evolución para las que no tenía una respuesta adecuada. Entre estos inconvenientes cabe destacar dos:
La solución la ofreció la teoría sintética de la evolución. Sus defensores sostuvieron que el gen es el material biológico básico en el que se producen las transformaciones que permiten la evolución de las especies. Toda especie está equipada con un conjunto de genes idénticos e invariables que constituyen su genoma. Puede ocurrir que uno de los genes experimente una mutación. Esa mutación quedará fijada en el genoma y se transmitirá a su descendencia.
En el siglo XIX, el biólogo austríaco Gregor Mendel propuso unas leyes que rigen la herencia genética. La síntesis de la teoría original de la evolución, las leyes de Mendel y el concepto de mutación conforman la teoría sintética de la evolución, actualmente aceptada por la comunidad científica.
La difusión de la teoría de la evolución provocó un enorme revuelo. En particular, generaron gran expectación las implicaciones relativas al origen del ser humano. Darwin fue consciente de ello y, en 1871, escribió El origen del hombre, en donde aplica los principios de la teoría de la evolución al ser humano y llega a la conclusión de que este procede de especies biológicas inferiores que están conectadas de un modo aún por determinar con otras especies biológicas.
El proceso de transformación evolutiva, desde los primeros homínidos hasta el Homo sapiens, ha presentado dos facetas claramente diferenciadas: la hominización y la humanización.
La hominización es el proceso biológico que explica las modificaciones anatómicas y fisiológicas que se transmiten genéticamente y que dan lugar a la aparición de nuevas especies de homínidos. La teoría de la evolución abrió un apasionante campo de estudio en torno al establecimiento de la línea evolutiva que condujo al ser humano actual.
La humanización es el proceso que describe los cambios experimentados en la conducta. Estas conductas se adquieren por procedimientos de ensayo y error, y se transmiten por imitación.
*Adquirido: que es aprendido y no pertenece a la naturaleza de un ser desde su nacimiento.
La hominización y la humanización se influyen y retroalimentan: los cambios anatómicos y fisiológicos posibilitaron la aparición de nuevas conductas y su desarrollo contribuyó a que se produjeran nuevos cambios biológicos. Sobre la base biológica que nos proporciona una apariencia humana, se construye una serie de comportamientos específicos que nos hacen verdaderamente humanos.
Durante el proceso de humanización fueron apareciendo conductas cuyo origen no se justifica si recurrimos únicamente a la herencia genética. Las técnicas para fabricar hachas o recipientes de barro no están impresas en el ADN de los homínidos. Por tanto, si queremos entender quiénes somos, no podemos quedarnos en el nivel puramente físico.
El ser humano, sobre la base de su condición natural, ha generado una realidad nueva, un mundo propio en donde habita y que llamamos cultura. Esta creación no es individual, sino que es fruto del trabajo organizado de grupos de individuos que forman una sociedad. Naturaleza, cultura y sociedad constituyen las tres dimensiones del ser humano.
De los múltiples elementos que integran toda cultura, algunos son peculiares de una sociedad concreta y otros se repiten en todas ellas. Los universales culturales son elementos comunes presentes en todas o en la gran mayoría de las culturas conocidas. Esta coincidencia no debe interpretarse en el sentido de una reproducción exacta. Los universales culturales se refieren siempre a realidades de carácter muy general que luego se concretan de una manera específica y diferenciada en cada cultura particular.
Todas las sociedades han desarrollado alguna forma de comunicación simbólica a través de él. La comunicación lingüística es muy importante en el seno de toda cultura: las posibilidades de que fluya la información, la expresión de emociones y sentimientos, el aprendizaje, etc., se ven enormemente potenciadas gracias a la mediación del lenguaje.
Encontraremos manifestaciones artísticas en todas las culturas. El arte parece estar vinculado a la aparición del pensamiento simbólico, convirtiéndose en una forma de canalizar la necesidad de representar la realidad.
Los mitos están presentes en todas las culturas. Su función principal es ofrecer narraciones fantásticas para suplir la carencia de explicaciones racionales de aquello que despierta la curiosidad de los integrantes de una determinada cultura.
Al igual que los mitos, la religión es un universal cultural en el que la divinidad juega un papel esencial. El principal objetivo de la religión es conectar directamente al ser humano con la divinidad. Además, los textos sagrados tienen carácter de verdad para sus creyentes. Los antropólogos distinguen varios tipos de religión, entre los que cabe destacar:
Los ritos son conjuntos de acciones que tienen un carácter simbólico y tradicional. Básicamente, se trata de repetir una serie de actos siguiendo una pauta establecida. Existe una estrecha relación entre religión y rito. De hecho, toda religión incorpora un buen número de rituales. Sin embargo, también cabe destacar los de carácter político, como puede ser la coronación de un rey.
Son las prohibiciones de carácter general que afectan a todos los miembros de una determinada cultura. Sin embargo, también cabe destacar los de carácter político, como puede ser la coronación de un rey. Los tabúes son las prohibiciones de carácter general que afectan a todos los miembros de una determinada cultura. Los tabúes adoptan múltiples formas. Toda cultura cuenta con diversos tabúes. De todos modos, los antropólogos parecen estar de acuerdo en la existencia de un tabú universal: la prohibición del incesto. En todas las culturas existe alguna restricción relativa a quiénes pueden ser compañeros sexuales.
