Portada » Filosofía » Principios de la Doctrina Social de la Iglesia: Bien Común y Solidaridad
El bien común es uno de los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia. Afirma que toda sociedad debe organizarse buscando el bien de todos sus miembros, no el interés particular de unos pocos.
En toda formación social existen dos sujetos: el sujeto rector, es decir, quien gobierna, y el sujeto regido, es decir, quienes son gobernados. Ambos son protagonistas de la vida social. La autoridad no existe para servirse a sí misma, sino para conducir a la comunidad hacia su fin propio.
Según Santo Tomás, es necesaria una autoridad que dirija la sociedad hacia su fin debido. Por eso, el bien común es la razón de ser y de actuar de toda autoridad. La autoridad nace como una exigencia natural de la sociedad, pero debe entenderse siempre como un servicio.
La autoridad solo es legítima cuando busca el bien común. León XIII llegó a afirmar que el criterio del bien común puede incluso legitimar un poder de origen irregular. Sin embargo, los regímenes contrarios a la ley natural, al orden público o a los derechos fundamentales no pueden realizar verdaderamente el bien común.
La ley solo tiene auténtico carácter de ley cuando es conforme a la recta razón. Cuando una ley se aparta de la razón y del orden moral, puede considerarse una ley injusta. Según la encíclica Pacem in Terris, si los gobernantes proclaman leyes injustas o toman medidas contrarias al orden moral, esas disposiciones no obligan en conciencia.
El gobernado, por su parte, tiene el deber de obedecer a la autoridad legítima. Esta obediencia se concreta, por ejemplo, en pagar impuestos justos, votar y contribuir a la defensa de la nación. Sin embargo, cuando la autoridad se excede y oprime al ciudadano, este puede defender sus derechos y los de sus conciudadanos frente al abuso de poder.
El bien común debe beneficiar a todos los miembros de la comunidad política, aunque en grados diversos según sus funciones, méritos y condiciones. Además, exige una atención especial a los más necesitados, así como la protección de los bienes materiales y espirituales de la sociedad.
La solidaridad es un principio básico de la concepción cristiana de la organización social y política. En la Doctrina Social de la Iglesia significa la homogeneidad e igualdad de todos los hombres y de todos los pueblos, en todos los tiempos y lugares. Por ello, está muy relacionada con las ideas de fraternidad e igualdad.
Antes de Juan Pablo II, el término apenas aparecía en el Magisterio. A partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó a utilizarse con más frecuencia, especialmente en contextos de reivindicación social, donde se pedía a unos grupos que asumieran como propias las luchas o necesidades de otros. Juan Pablo II replanteó el término y lo convirtió en una categoría central dentro de la DSI.
Desde el punto de vista histórico, el latín clásico y el léxico jurídico romano no conocieron el sustantivo solidaritas. Sin embargo, sí existían términos como solidus y soliditas, que expresaban la idea de algo sólido, entero y unitario. En el ámbito jurídico romano, lo solidario hacía referencia a un conjunto homogéneo de bienes o personas que formaban un todo, cuyas partes eran iguales.
La visión cristiana asume esa idea de unidad, pero la aplica a toda la humanidad. Todos los hombres forman una comunidad fundada en un hecho originario, la Creación, y en una herencia común, el pecado original. Por tanto, la solidaridad expresa la unidad profunda de la familia humana.
“Se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de las relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, como virtud, es la solidaridad”.
Es decir, la solidaridad nace cuando la interdependencia entre personas y pueblos no se entiende solo como un hecho social, económico o político, sino como una exigencia moral. Por tanto, la solidaridad no es simplemente ayudar de forma puntual, sino una virtud y una actitud estable por la que cada persona reconoce su responsabilidad hacia los demás.
Aunque el término solidaridad se consolida sobre todo con Juan Pablo II, la idea ya estaba presente anteriormente bajo otros nombres:
Existen diversos elementos que obstaculizan este principio:
