Portada » Psicología y Sociología » Paradigmas criminológicos: teorías, factores y prevención de la delincuencia
Hechos que caracterizan:
Este paradigma atribuye a los seres humanos la libertad de decidir delinquir o no. Se centra especialmente en los modos para disuadir a la población de la delincuencia. Su aplicación ha sido, tradicionalmente, el establecimiento de penas para quienes cometen delitos.
Defiende la existencia de factores individuales y sociales relacionados con la conducta delictiva. Son numerosas las teorías enmarcadas en este paradigma: algunas dan más peso a variables como las influencias sociales y otras a las predisposiciones agresivas.
Analiza la repercusión que tiene el hecho de etiquetar un comportamiento como delito, así como la influencia que tiene entrar en contacto con el sistema judicial en la agravación de la carrera delictiva de las personas que cometen un primer delito.
La escuela clásica propugna que las leyes deben ser claras y comprensibles para todos, que la justicia debe dar respuestas rápidas y que debe abolirse la pena de muerte. Jeremy Bentham lo resume en estos puntos:
La actual teoría de la disuasión, derivada de la escuela clásica, es la que guía el sistema judicial y penal en la mayoría de países. La prevención especial se persigue hoy día a través de la incapacitación, la maduración y las mejoras que supuestamente ha adquirido el recluso en prisión.
Las teorías que se agrupan bajo este paradigma destacan el papel de la marginación social como fuente de delincuencia.
La Escuela de Chicago, también llamada teoría de la desorganización social, propuso que la delincuencia, al igual que la enfermedad, puede ser contagiosa; las personas que viven en ambientes donde existen normas distintas al resto de la sociedad y donde se producen robos y violencia acaban “contagiándose” de estos comportamientos. Sus estudios determinaban que los delincuentes se diferenciaban de los no delincuentes fundamentalmente por la zona en la que vivían (zonas de transición), y no por otras características personales como la personalidad o la inteligencia.
Las áreas de transición se caracterizaban por numerosos edificios deteriorados, falta de servicios, drogadicción y prostitución, familias desestructuradas y pobreza. Evidenciaron que en estas áreas los valores y las normas son distintos, siendo la desviación y la delincuencia procesos habituales. Estos estudios han ejercido notable influencia en las políticas urbanas hasta hoy, siendo objeto de atención las áreas más degradadas de las ciudades.
La teoría del control social de Hirschi establece que la existencia de vínculos afectivos con personas socialmente integradas constituye el principal elemento que retiene a los jóvenes de implicarse en actividades delictivas. La delincuencia se concibe así como resultado de la ausencia de normas, creencias y vínculos sociales positivos.
Los elementos que unen a los jóvenes a la sociedad y les disuaden de cometer delitos son cuatro: apego, compromiso (quien tiene más que perder: trabajo, familia, reputación), participación (asistencia al colegio, al trabajo) y creencias (respeto a la vida, a la propiedad privada, etc.). Si se rompen estos mecanismos de control, es probable que aparezca la conducta delictiva.
Estas teorías enfatizan los valores predominantes en la sociedad, como la importancia de lograr un buen estatus, tener éxito y poseer riquezas, y las dificultades de muchos sujetos para lograr estos fines debido a la falta de medios legítimos para alcanzarlos. Esto genera sentimientos de frustración que llevan a la delincuencia.
La teoría general de la tensión explica cómo una serie de fuentes de tensión, que dificultan el logro de objetivos o suponen la pérdida de gratificaciones, generan emociones negativas que llevan al sujeto a realizar acciones con las que trata de aliviar esta tensión. Estas fuentes de tensión generan emociones negativas como ansiedad, depresión, miedo o ira. La emoción de ira es especialmente relevante para la comisión de delitos, ya que confiere energía a la acción.
