Portada » Griego » Montesquieu, Marx, Tácito y Tito Livio: pensamiento político e histórico esencial
Aristócrata, de noble linaje, fue presidente del Parlamento de Burdeos. En su pensamiento cabe destacar, entre otros, los aspectos siguientes: de un lado, su teoría de los climas; y de otro lado, su teoría de la separación de los poderes. En primer lugar, como importante propietario de viñedos en Burdeos y entendido en el comercio internacional, daba mucha importancia a los factores físicos, en especial a los climáticos. Todos estos elementos le sirven para explicar las diferencias y los cambios que se producen en las distintas sociedades.
Consideraba Montesquieu que la naturaleza humana no cambia, es decir, es inmutable, y por lo tanto el esquema histórico puede ser aplicable a cualquier sociedad de cualquier período: el hombre es siempre el mismo en todas las épocas, siempre que se mantenga en los mismos lugares; por consiguiente, el cambio social se produce como consecuencia de las migraciones y de los contactos culturales, favorecidos de forma especial por el comercio.
En su obra El espíritu de las leyes expone la naturaleza de las distintas formas de gobierno y las distintas leyes que se han dado los pueblos. Las leyes dependen y están relacionadas con el suelo, el clima y las formas de vida y costumbres de los pueblos; destaca con fuerza la importancia de las costumbres de cada pueblo.
La teoría de Montesquieu está apoyada en la fuerza de los contrapesos y de los poderes intermedios, como el parlamento y la nobleza frente a la monarquía absoluta. Gracias a Montesquieu, la división de poderes en la organización de las sociedades se ha convertido en una especie de dogma político e histórico: el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial son tres elementos de contrapeso del poder; no deben encontrarse en un solo hombre; por el contrario, han de gozar de independencia entre sí y ser ejercidos por personas distintas.
En su obra La grandeza y la decadencia de los romanos señala que existen unas causas generales que explican tanto la grandeza como la decadencia de un pueblo.
Karl Marx nació en Tréveris; era hijo de un abogado judío. En la universidad siguió a Hegel y con Feuerbach entró a formar parte de la corriente denominada izquierda hegeliana. Para Marx, lo primero y lo fundamental es la realidad material; en cambio, todo lo ideal —costumbres, derecho, religión, cultura— no son sino fenómenos derivados de la materia, las condiciones que determinan el modo de ver las cosas, de pensar y de obrar y, por consiguiente, todo el proceso de la historia humana tiene sus raíces en lo material. Declara la guerra a toda metafísica.
De igual modo rechaza todas las ideas religiosas como presupuesto para la creación de un mundo en el que el hombre sea el dueño de sí mismo, porque la religión es lo que más quita al hombre la conciencia de su miseria al consolarse con la esperanza de otro mundo mejor; por eso afirma que la religión es el opio del pueblo.
Conserva de la filosofía de Hegel la idea del eterno devenir y de la superación de los contrarios, el avance incesante hacia lo nuevo; es decir, mantiene los tres elementos de análisis hegelianos: tesis, antítesis y síntesis.
Concibió Marx su visión de la historia después de estudiar las revoluciones de su tiempo y de analizar con detenimiento la industrialización de mediados del siglo XIX. La industrialización había atraído a los obreros que procedían del campo y se habían incorporado a la ciudad y al trabajo en las fábricas. Su vida en la ciudad industrial volvía a situarlos en un trabajo duro y de jornadas largas que no les evitaba la miseria. El análisis de esta situación social, tanto del fracaso de las revoluciones como de la situación de los obreros industriales, está en la base del materialismo histórico de Marx y Engels.
En la sociedad, de un lado están los propietarios de los medios de producción, que forman un pequeño grupo, y de otro lado los obreros, los proletarios, que conforman una masa. Esta realidad social ha creado un grupo social muy grande, una clase social alejada de la propiedad privada de los medios de producción, ya que la propiedad está en manos de unos pocos. La industrialización (tesis) estaba dando ocasión a una nueva clase social, el proletariado (antítesis), que podía y debía, según Marx, convertirse en sujeto revolucionario. La revolución industrial, por tanto, lleva en sí misma la contradicción social que haría posible su propia transformación.
El materialismo histórico se define a partir de su propósito: transformar el mundo y de los medios que propone para llevar a cabo sus aspiraciones. La intención básica del marxismo es crear las condiciones necesarias entre el proletariado para hacer la revolución política contra el capitalismo y la burguesía.
Se desconocen casi todos los detalles referentes a su vida personal y existen dudas a la hora de establecer su currículum público. Puede fijarse de esta manera: “Vespasiano le hizo cuestor; fue nombrado edil o tribuno de la plebe bajo el reinado de Tito y pretor con Domiciano; tras la muerte de este, fue cónsul durante un año; hacia finales del reinado de Trajano fue nombrado procónsul de Asia”.
Era un aristócrata, no tanto por pertenecer a una familia de rancio abolengo, cuanto por formar parte de la alta clase media cuyo origen hay que buscarlo en el desempeño de altos puestos en la administración del Estado. Tácito fue, sobre todo, un abogado; su cliente era Roma. Fue el más grande de los historiadores de la antigüedad latina.
Tácito escribe una historia imperial en la que los acontecimientos del imperio aparecen con la importancia suficiente para contrarrestar el relato de intrigas, asesinatos y horrores que acontecían en la propia capital del imperio; Roma, la corte, se había convertido en el centro de intrigas, de murmuraciones y de todo tipo de conjeturas malévolas. Destacan sus relatos por el gran detalle con que trata los hechos. Tácito escribe al dictado de los acontecimientos de los que tomó parte directa o indirectamente; nos describe con gran detalle la vida de Roma, pero no elabora su obra conforme a un plan previamente definido.
Escribe para dejar constancia de las virtudes y de los vicios que en el orden político acontecieron en aquel tiempo, a fin de que tanto los lectores coetáneos como aquellos que lean sus páginas en la posteridad tengan la ocasión de aplaudir unas y despreciar otros; escribe para poner de manifiesto cómo el mal gobierno, bajo el reinado de los malos príncipes, su estado de ánimo y su humor cambiante, pueden determinar el acontecer histórico. Se ha elogiado su obra porque está llena de personajes, unos más y otros menos destacados, de aquella Roma.
Las fuentes de donde extrae sus datos son diversas y abundantes: la tradición oral y el rumor, los documentos y las obras editadas. En cuanto a la primera, ¿cómo verificar que las noticias orales o los rumores que le llegan se atienen a la verdad de los hechos? Cuestión de muy difícil solución. Usa numerosos documentos oficiales y con frecuencia cita los documentos que ha consultado para asegurar su argumentación. En cuanto a las obras de autores precedentes, adopta un método divergente: las acepta y reproduce; cuando dicen cosas distintas respecto de un hecho, incluye la diversidad y cita a los autores, aunque a veces manifiesta su perplejidad ante la divergencia encontrada en las distintas fuentes.
Nació en Padua aunque pasó la mayor parte de su vida en Roma. Escribió bajo el patrocinio directo de Augusto. Su obra revela que viajó poco y leyó mucho. Se propuso escribir la historia del pueblo romano desde los comienzos de la ciudad bajo el título Ab urbe condita.
Tito Livio deja claro que, en su opinión, el origen de una ciudad tan grande y el establecimiento de un imperio que sigue en poder al de los dioses se debió a los hados. Abundan en su obra los presagios y los prodigios de los dioses. Escribe como un romano para cantar la grandeza de Roma y para advertir a los romanos acerca de la colección de virtudes que habían hecho grande a Roma y enumerar los vicios que habían amenazado con su destrucción. La historia de Roma está llena de guerras.
Ab urbe condita está llena de discursos; hay más de cuatrocientos discursos en los treinta y cinco libros que han llegado hasta nosotros. Reunió los anales tradicionales de la antigua historia de Roma y construyó con ellos una narración unitaria. Tito Livio se encontró, por un lado, con un buen número de leyendas y, por otro, con los datos proporcionados por los anales citados y se planteó el dilema de la valoración de sus fuentes. Tenía tres salidas: repetir, rechazar o aceptar. A veces repite advirtiendo los aspectos legendarios; otras, los rechaza; en ocasiones, frente a la abundancia de materiales tradicionales en Roma.
