Portada » Filosofía » La Visión Bíblica de la Historia y la Antropología: Creación, Sentido y el Reino de los Cielos
La Biblia entiende la historia de una manera distinta a la del mundo antiguo. Frente a la idea del eterno retorno, donde todo se repite sin principio ni final, la Biblia propone una visión lineal de la historia, es decir, una historia que avanza y tiene una dirección concreta.
En el mundo antiguo se pensaba que el universo era un cosmos perfectamente ordenado que giraba sin parar. Las estaciones, la vida y la muerte se repetían continuamente y no existía un destino final. En el hinduismo, por ejemplo, la persona se reencarna una y otra vez, lo que hace que la vida sea un ciclo sin una finalidad clara.
La Biblia rompe con esta forma de pensar y presenta la historia como un camino que va del alfa al omega, del principio al final. Como se dice en el Apocalipsis, Cristo es alfa y omega, y todo lo que sucede entre esos dos momentos forma parte de la historia. Por eso, la historia tiene sentido, finalidad y propósito, y no es simplemente una repetición sin rumbo.
Esto significa que Dios ha creado el mundo siguiendo un plan. La historia se va desarrollando poco a poco, como un proyecto que se construye con el tiempo. La meta de ese plan es el Reino de los Cielos, que no es un lugar separado del mundo, sino este mismo mundo llevado a su plenitud, tal como Dios lo pensó desde la creación.
Jesús explica el Reino de los Cielos con ejemplos sencillos, como una semilla que crece o un gran banquete al que todos están invitados. Cada persona tiene su sitio reservado y, además, este Reino incluye a toda la creación. Por eso se dice que todo lo creado ha sido redimido y participa de esa plenitud final.
La Biblia también une la historia con la creación. Desde el inicio del universo, la materia se va organizando y avanzando hacia un fin, hasta llegar a la aparición del ser humano. Dios no crea a la humanidad en general, sino a personas concretas, pensadas una a una, que reciben la misión de cuidar y continuar la creación.
Por último, la Biblia entiende la historia como una historia de personas y de libertad. Cada vida cuenta y forma parte del camino hacia el Reino de los Cielos. Sin embargo, el ser humano no puede alcanzar por sí solo esa meta: es Jesucristo quien da a la historia su sentido definitivo. Aun así, cada persona es libre para elegir si quiere colaborar con el proyecto de Dios y escoger la vida.
Del griego ánthropos (ser humano) y logos (razón y palabra). La antropología es el discurso razonado acerca de qué es el ser humano, en qué consiste ser hombre, qué tiene de particular y en qué se diferencia de los otros animales. Es la filosofía acerca del ser humano (EGO/ECO).
La Biblia, en su conjunto, ofrece una visión de lo que es el ser humano y de cuál es su puesto en el cosmos. Esta concepción antropológica no aparece tal cual en la Biblia, pero sí está presente en los relatos bíblicos y en sus diferentes libros.
La Biblia ofrece dos relatos distintos de la creación. Los dos son relatos poéticos o simbólicos que expresan una concepción del mundo, del hombre y de la razón de su existencia. Proceden de tradiciones distintas y, por ser complementarios, ambos se han reconocido como Palabra de Dios.
La Iglesia Católica enseña que es necesario interpretar la Biblia: al ser un texto inspirado, es necesario distinguir entre la esencia de su mensaje y el revestimiento cultural. La Iglesia Católica procura distinguir entre el sentido profundo y el revestimiento cultural. La inspiración sigue la lógica de la encarnación. Igual que Dios se encarna en una cultura y en una época concreta, la Palabra de Dios se encarna en épocas y culturas concretas. Cuando el cristianismo llega a otras épocas y a otras culturas, se encarna en ellas. A este proceso se le llama inculturación.
Una de las cuestiones más importantes de la antropología es el problema del mal. ¿Es el hombre malo por naturaleza? ¿Nace bueno y la sociedad lo corrompe? Los filósofos intentan solucionar estas cuestiones.
El deseo del autor no es tanto explicar cómo se creó el mundo, sino explicar que el mundo fue creado bueno y que el mal es algo sobrevenido que no pertenece a la esencia del mundo, sino que fue causado por la libertad humana y por intervención de Satán.
En el relato de la creación se repite, como un estribillo, la sentencia “y vio Dios que era bueno”. Dios creó la luz y vio que la luz era buena… y así, con esta afirmación, se concluye cada día de la semana creadora. Y todavía repite al final del capítulo 1: “vio Dios cuanto había hecho, y todo era muy bueno”. Por supuesto, también Adán y Eva son creados buenos.
Dios ha puesto en marcha el gran proyecto de la creación que culmina en el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es el mundo tal y como Dios lo soñó al poner en marcha la creación.
Doctrina de la Iglesia: La Iglesia enseña que todos nacemos con la mancha del pecado original. Es decir, nacemos inscritos en una historia de pecado y en unas estructuras perversas de las que no somos totalmente responsables, pero que nos mantienen sometidos al mal y con las que acabamos colaborando.
Hay dos historias bíblicas para entender el pecado original: la historia de Jacob y sus hijos, y la historia de Moisés y la libertad liberada. Si hemos nacido con el pecado original, ¿hemos nacido esclavos? ¿No somos libres? Si en nuestro interior aborrecemos el mal que hacemos, nos arrepentimos y desearíamos ser buenos, entonces nuestra libertad no ha sido aniquilada, pero tiene que ser liberada. Nuestra libertad tiene que ser liberada para ponerse en marcha hacia la Tierra Prometida, que es el Reino de los Cielos.
El Reino de los Cielos es el mundo tal y como lo soñó Dios. No es una vuelta al paraíso inicial, es la plenitud y el cumplimiento del plan de Dios. Lo que proyectó al comenzar la creación y la historia, y que pareció torcerse con el pecado y el mal, no fracasará. El plan de Dios de un mundo feliz se cumplirá.
¿Se puede ganar el cielo mediante las buenas obras? No, ningún hombre puede ganarse el cielo por sus propias fuerzas. Ser redimidos es pura gracia de Dios que, sin embargo, exige la cooperación libre del hombre, la cual es meritoria por gracia. La Iglesia entiende que no solo los cristianos pueden llegar al Reino de los Cielos. Según la Biblia y el Magisterio de la Iglesia Católica, el cielo no es un premio para los buenos, y el infierno no es un castigo para los malos; Dios quiere que todos los hombres se salven.
El cielo es una propuesta de Dios a la que el hombre puede responder sí o no. No es indiferente cómo vivamos. De nuestras decisiones cotidianas en favor o en contra del Reino de los Cielos, depende nuestra decisión definitiva.
EL INFIERNO SÍ EXISTE. Negar el infierno sería negar la libertad humana. En todas las parábolas del Reino de los Cielos, Jesús nos habla del infierno, de la posibilidad de quedarse fuera del Reino de los Cielos. En nuestra vida, con nuestras opciones cotidianas, vamos acercándonos o alejándonos del Reino de los Cielos.
Cuando uno muere puede ir al Cielo, al Infierno o al Purgatorio:
Podemos ayudar a los que están en el Purgatorio. Su objetivo es rogar por el difunto; pedirle a Dios que lo lleve al Reino de los Cielos y que su proceso de purificación en el Purgatorio se complete felizmente.
