Portada » Historia » La Formación de los Estados Nacionales: Procesos de Unificación en Europa
El nacionalismo es la ideología política que defiende el derecho de cada pueblo a configurar un Estado independiente. Es una ideología diversa y heterogénea que tiene su origen en dos corrientes de pensamiento diferentes:
El reino de Prusia fue el protagonista político del proceso de unificación de Alemania. Era el Estado más grande, con un mayor desarrollo económico y con un ejército más potente del conjunto de los Estados alemanes. Fue capaz de liderar un movimiento nacionalista, de raíces culturales medievales, que había surgido durante los años de la ocupación de las tropas napoleónicas.
El primer paso llegó en el año 1834 con la Unión Aduanera (Zollverein), que permitía la libre circulación de bienes y personas, y estrechaba las relaciones entre los distintos Estados de la Confederación Germánica.
En 1848 se formó el Parlamento de Fráncfort. Pero Prusia se negó a apoyar la vía democrática abierta por los revolucionarios e impuso su proyecto político, mucho más conservador. El artífice de ese proceso fue Otto von Bismarck, canciller de Prusia desde 1862.
En la década siguiente, aprovechó los éxitos militares obtenidos en tres conflictos sucesivos para lograr la integración de todos los territorios alemanes:
En 1871, el Palacio de Versalles fue el lugar elegido para proclamar a Guillermo I emperador del II Reich. Alemania se configuraba como una gran potencia continental, impulsada por su creciente industrialización, con una estructura confederal y una política autoritaria y militarista.
Los orígenes del nacionalismo italiano se remontan a la época de la invasión francesa. En la década de 1820, las aspiraciones soberanistas se extendieron a través del Risorgimento, que difundía las ideas democráticas de la «Joven Italia» de Mazzini. Pero la creación de una república popular quedó frustrada por el fracaso de las movilizaciones revolucionarias de 1848.
La iniciativa política la llevó a cabo el reino de Piamonte-Cerdeña, la región de mayor crecimiento económico e industrial, con una monarquía constitucional liderada desde 1849 por el rey Víctor Manuel II y dirigida desde 1852 por su primer ministro, el conde de Cavour.
En 1859, con el apoyo militar de Francia, el ejército de Piamonte derrotó a las tropas austriacas en las batallas de Magenta y Solferino. Milán y Lombardía se unieron al reino de Piamonte. El mismo camino siguieron, en 1860, Parma, Módena y Toscana, después de un referéndum, y los Estados centrales dominados hasta entonces por la Iglesia. Culminaba así la unificación del norte de Italia.
La incorporación del sur se consiguió gracias a Garibaldi, quien en 1860 desembarcó en Nápoles al frente de un ejército, los «camisas rojas», y consiguió el apoyo popular para derribar a la monarquía borbónica del Reino de las Dos Sicilias. En 1861, Víctor Manuel II era proclamado rey de Italia por un nuevo Parlamento reunido en Turín.
La última fase de unificación comenzó en 1866. La derrota de Austria frente a Prusia permitió la incorporación de Venecia. En 1870, las tropas italianas ocuparon Roma, convirtiéndola en la capital del nuevo Estado. El papa Pío IX, al no reconocer los hechos, inició un conflicto, la «cuestión romana», que no se solucionó hasta la firma de los Tratados de Letrán (1929) entre el Papado y el Gobierno fascista, que permitieron la creación del Estado del Vaticano dentro de la ciudad de Roma.
