Portada » Historia » Historia de España: Del Estatuto Vasco al Final del Franquismo
Tras la pérdida de los fueros en 1876, el nacionalismo vasco orientó su proyecto hacia el autonomismo, reforzado tras la I Guerra Mundial por el auge de los movimientos nacionalistas y los “14 puntos” de Wilson. Durante la Segunda República, el impulso autonomista se reactivó. El 17 de abril de 1931, José Antonio Agirre reunió en Gernika a alcaldes y concejales para iniciar la redacción de un estatuto, encargada a Eusko Ikaskuntza. El proyecto, apoyado por nacionalistas y carlistas, proponía un Estado Vasco formado por Bizkaia, Álava, Gipuzkoa y Navarra. Fue aprobado en Estella en junio de 1931, pero las Cortes lo anularon en septiembre por exceder competencias.
Tras la Constitución de 1931, se elaboró un nuevo texto, presentado en junio de 1932, más limitado y dentro del marco constitucional. Navarra se retiró del proceso, mientras que las provincias vascas lo aprobaron, aunque Álava lo rechazó en referéndum. El triunfo de la CEDA en noviembre de 1933 paralizó el proyecto, suspendido por segunda vez.
Tras las elecciones de febrero de 1936, el Frente Popular reactivó el proceso y el 1 de octubre de 1936 se aprobó el Estatuto. El 7 de octubre se formó en Gernika el primer Gobierno Vasco, presidido por Agirre. Su vigencia fue breve: entre 1936 y 1937 la caída de Álava, Gipuzkoa y Bilbao y el Pacto de Santoña (agosto de 1937) pusieron fin al autogobierno en plena guerra.
El franquismo se mantuvo durante décadas gracias a una combinación de apoyo social, indiferencia política y represión. Contó con el respaldo de los grupos vencedores de la Guerra Civil (grandes propietarios, ejército, Iglesia, falangistas, carlistas y burguesía), apoyo que se sustentó en un fuerte control social y una dura represión desde 1936. En las décadas de 1960 y 1970, parte de la población asoció a Franco con el desarrollismo económico, considerándolo garante del progreso, la mejora del nivel de vida y el acceso a la sociedad de consumo.
Junto a este apoyo, destacó la indiferencia política de amplios sectores sociales. La mejora económica, el fin del hambre y el auge del turismo favorecieron el desinterés por la política, promovido además por el régimen. Se consolidó así una sociedad consumista y un clientelismo apolítico que contribuyó a la estabilidad del sistema.
Sin embargo, también se desarrolló una creciente oposición:
A nivel internacional, el Congreso de Múnich (1962) denunció la dictadura y reclamó su democratización. Así, el régimen combinó apoyos y pasividad social con una oposición creciente.
A partir de 1969 se inició el declive del franquismo debido al envejecimiento de Franco, el crecimiento de la oposición y las divisiones internas del régimen. Ese año Franco designó como sucesor a Juan Carlos de Borbón, lo que abrió el debate sobre la continuidad del sistema sin el dictador. Surgieron dos posturas:
Ese mismo año estalló el escándalo MATESA, un caso de corrupción que evidenció el desgaste del régimen. En 1970, el Proceso de Burgos contra miembros de ETA provocó una gran protesta nacional e internacional. En 1973, Franco nombró presidente del Gobierno a Carrero Blanco, pero su asesinato por ETA ese mismo año aceleró la crisis.
Tras ello, Arias Navarro asumió el gobierno con promesas de apertura que no se cumplieron. Destacó el conflicto con la Iglesia (caso Añoveros, 1974) y el crecimiento de iniciativas opositoras como la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia Democrática. El 20 de noviembre de 1975 murió Franco, poniendo fin a la dictadura.
El régimen franquista, tras la Guerra Civil, tuvo como objetivo la total sumisión de los vencidos mediante una represión dura y sistemática.
Cerca de medio millón de personas abandonaron sus pueblos huyendo de la represión. Muchos llegaron a Francia, donde fueron internados en campos de refugiados. Con la ocupación alemana, algunos exiliados fueron perseguidos por la policía nazi, otros emigraron a América (México, Argentina y República Dominicana), y algunos acabaron en campos de exterminio como Dachau o Mauthausen.
En el interior de España, la represión fue extremadamente dura:
Instituciones como la Falange, el Ejército, la Guardia Civil y la Iglesia colaboraron en este sistema, mientras la sociedad quedaba dividida entre vencedores y vencidos, marcada por el miedo y una profunda ruptura social.
