Portada » Historia » El Sistema Político de la Restauración Borbónica: Bipartidismo y Turnismo
Cánovas diseñó un sistema bipartidista basado en la alternancia entre el Partido Conservador y el Partido Liberal. En este contexto, distinguimos tres tipos de formaciones políticas:
Su líder principal fue Antonio Cánovas del Castillo, acompañado por otros líderes destacados como Silvela y Maura. Contaba con el apoyo de las clases altas y sus orígenes se remontan al Partido Moderado y la Unión Liberal. Su ideología se basaba en la soberanía compartida, el sufragio censitario, la confesionalidad del Estado, la censura de prensa y el proteccionismo económico, otorgando amplios poderes a la Corona.
Liderado por Práxedes Mateo Sagasta, contó con figuras como el Conde de Romanones y Canalejas. Recibía apoyos de la burguesía industrial y las clases medias urbanas. Sus raíces estaban en el Partido Progresista y los Demócratas. Su ideología defendía el sufragio universal masculino, el librecambismo y las libertades de imprenta, asociación y reunión, otorgando menos competencias a la Corona.
Los partidos dinásticos se alternaban en el poder a través del turnismo, un acuerdo tácito entre ambos para ocupar el gobierno de forma pacífica.
El sistema se mantenía gracias al apoyo de la alta burguesía (tanto rural como urbana), la indiferencia del campesinado —que comenzaba a acercarse al socialismo y al anarquismo— y el respaldo institucional del Ejército.
En teoría, la designación del gobierno se basaba en el resultado electoral, ya que no se podía gobernar sin mayoría. El Rey debía actuar como un árbitro neutral, sin manifestar hostilidad hacia los partidos no dinásticos.
Sin embargo, en la práctica se realizaba el turnismo: los partidos Conservador y Liberal se alternaban en el poder mediante un acuerdo mutuo previo, sustentado en el fraude electoral. El procedimiento habitual era el siguiente:
El cacique, con gran poder en su comarca, presionaba a los votantes mediante favores, la compra directa de votos o la coacción. Para garantizar los resultados, se recurría al pucherazo: la manipulación del recuento de votos en secreto o la inclusión en el censo de personas fallecidas (conocidos como lázaros). Además, hasta 1890 el sufragio fue censitario, por lo que el gobierno no representaba la voluntad popular. En definitiva, existía un desfase entre la España oficial (reflejada en la Constitución) y la España real, dominada por la oligarquía y el caciquismo.
Aunque el caciquismo existió durante todo el siglo XIX, fue especialmente relevante su persistencia tras la aprobación del sufragio universal masculino en el siglo XX. El turnismo aportó estabilidad política a cambio de marginar a los partidos opuestos al sistema. A partir de 1898, el caciquismo y la farsa electoral fueron denunciados por autores como Clarín y Galdós como uno de los males de la patria.
Consistía en que la administración colocaba a diputados cuneros (aquellos que no habían nacido ni tenían vínculos con el distrito por el que se presentaban). Este modelo fomentaba el enchufismo, el padrinazgo y la subordinación, corrompiendo la política en todos sus niveles. El caciquismo era más fuerte en el ámbito rural debido al analfabetismo; en las ciudades, donde la alfabetización era mayor, a veces lograban ganar los partidos no dinásticos.
En Andalucía destacaron tres tipos de caciques: el cunero (de procedencia urbana), el notable (con influencia provincial) y el cacique político. El sistema triunfó en esta región debido al predominio de los latifundios, la incultura, la pasividad política y el miedo de los campesinos a las represalias o al desempleo.
El primer objetivo de Cánovas fue pacificar la política interior mediante el apoyo del Ejército (que abandonó los pronunciamientos para someterse al poder civil) y de la Iglesia (recuperando la confesionalidad del Estado y su peso en la enseñanza). Su segundo objetivo fue poner fin a los conflictos bélicos:
Entre 1876 y 1898, el sistema funcionó con regularidad a través de seis gobiernos conservadores y cuatro liberales. Los hitos más destacados fueron:
En 1898, España perdió sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Las críticas a la Restauración alcanzaron su punto álgido con el Regeneracionismo de Joaquín Costa y la Generación del 98. El sistema entró en una crisis irreversible durante el reinado de Alfonso XIII, agravada por la desaparición de Cánovas y Sagasta y las divisiones internas en sus partidos. Finalmente, en 1923, Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado, iniciando una dictadura que perduraría hasta la proclamación de la Segunda República en 1931.
