Portada » Filosofía » Dimensión afectiva, religiosa y propuestas educativas de Locke: sentido, madurez y hábito
La dimensión afectiva es fundamental en toda la educación. La afectividad es el sentido humano del valor. Es una forma peculiar de percibir la realidad en la que ésta se nos da como no indiferente, como algo que nos afecta.
La relación que tenemos con nuestros propios sentimientos es paradójica: son en parte algo nuestro y, en parte, algo ajeno. Esto se debe a que las cosas que sentimos no son enteramente controlables.
Los sentimientos tienen una estructura muy curiosa y son muy variables. Dependen de muchas cosas, como las transformaciones físicas. Los sentimientos no son entidades puras; por eso, a veces la persona siente una mezcla de sentires. Solo lo que yo elijo es mío; los sentimientos, al no elegirlos yo, no son enteramente míos.
Características destacadas de los sentimientos:
La madurez afectiva: los sentimientos, en la medida en que se van convirtiendo en maduros, son sentimientos más importantes y de mayor peso para la persona y la reflejan de manera más clara. Los sentimientos maduros son los que reflejan realidades que existen como tal. Cuando existe armonía entre los sentimientos y la realidad, es entonces cuando podemos hablar de madurez afectiva.
Para que alguien madure afectivamente necesita a otra persona ajena a sí mismo, porque él mismo no puede saber si sus sentimientos se corresponden con la realidad.
La madurez afectiva se corresponde con un proyecto vital anterior a los sentimientos. Cuanto más maduros somos, vamos siendo menos esclavos de lo que nos ocurre por dentro y por fuera. Un elemento fundamental para una madurez afectiva adecuada es el sentido del humor o la capacidad de reírse de uno mismo.
Crecer es salir de uno mismo y de la infancia, ya que de pequeños tendemos a vernos como el centro del universo, mientras que lo que nos rodea es una simple prolongación de nosotros.
Heidegger habla de libertad trascendental, refiriéndose a una apertura al mundo, tanto al otro como a los otros, tanto a nivel horizontal como vertical. Una fase de esta apertura es la maduración personal, que hace referencia al uso de la razón.
La existencia es algo gratuito, que se nos ha otorgado sin merecerla. Esta existencia íntegra comprende: la libertad, la idea de que somos personas humanas y el hecho de que yo soy. Las dos primeras se las debo a mis padres, ya que ellos me las han proporcionado y yo debo integrarlas y desarrollarlas. Por otro lado, la tercera característica es irreductible, ya que surge de la nada.
Esto hace referencia al fenómeno religioso en cualquiera de sus formas: la necesidad de rendir homenaje, alabanza y gratitud a un Dios creador por la deuda contraída con Él. Esta deuda es absoluta e incancelable, ya que nunca podremos devolverle lo que recibimos de Él.
La cuestión religiosa está ligada a la cuestión del sentido de la existencia. La persona comienza a madurar, disponiendo de los elementos intelectuales y morales necesarios. Para ello, es importante entender el «para qué» y el «porqué» de la vida, ya que no se puede saber adónde voy si no sé de dónde vengo.
Para estas preguntas hay respuestas variadas, ya que no es posible madurar sin responder a estas cuestiones con una respuesta convincente. Este asunto hace que la persona profundice y reflexione porque el relativismo es insuficiente.
Explicación de cómo se construyen en Locke y cómo influyen en lo educativo las nociones de: hábito, experiencia, cuerpo y espíritu.
John Locke es un autor del siglo XVII. El empirismo es la filosofía que defiende que no hay otra cosa más que la realidad tangible, a la que solo se tiene acceso por medio de los sentidos; eso es lo que se debe tener en cuenta al educar a una persona.
Locke tuvo mucha influencia en el conductismo (Pavlov y Skinner), quienes consideraban que lo importante en la persona es su conducta.
Locke niega la existencia de ideas innatas y valora lo sensitivo por encima de todo. Por lo tanto, la educación consiste en preparar las percepciones para que la persona, por dentro, se vaya conociendo.
Locke tiene una noción de la interioridad del alumno muy asociada a lo físico; por eso tiene una noción de hábito asociado a lo corporal. Para Locke, el hábito no está en el espíritu, sino en una naturaleza físicamente bien ordenada. Afirma que se debe educar a través de los hábitos. Los educadores deben seleccionar una serie de hábitos y ayudar a los alumnos a adquirirlos para así facilitar su acción y reducir el uso de la memoria. Todo esto debe hacerse teniendo en cuenta las características de cada persona.
El gran problema de Locke, según la crítica que se plantea aquí, es que no solo por lo físico una persona llega a cambiar interiormente (Locke pensaba que sí). Esta idea nos lleva a la pedagogía de las experiencias (como la de Montessori). Las experiencias están bien, pero no son suficientes para desarrollar el mundo interior.
«Mente sana, cuerpo sano» es, para Locke, una descripción del estado feliz. El hombre debe dirigir su espíritu y, para ello, necesita un cuerpo sano. A los niños hay que enseñarles a dirigir su espíritu por el camino correcto para que no se desvíen, pero también deben fortalecer el cuerpo para poder tomar ese camino.
Se debe partir del carácter original y natural del alumno, de lo que la naturaleza le ha dado para, a partir de ahí, conseguir otras cosas. El hábito tiene que estar asociado a los buenos sentimientos y también debe partir de la inclinación natural del alumno.
El problema de este planteamiento es que la motivación no puede ser la base exclusiva de la transformación de una persona; la voluntad juega un papel central como fundamento de la acción transformadora.
La educación integral requiere atender la dimensión afectiva, la dimensión religiosa y el desarrollo moral e intelectual. Las propuestas de Locke aportan énfasis en la experiencia sensible y los hábitos, aunque deben complementarse con recursos que permitan el desarrollo profundo del mundo interior y la voluntad del educando.
