Portada » Lengua y literatura » Evolución de la Poesía Española: De la Generación del 27 a los Novísimos
Claudio Rodríguez deslumbró en su primer libro, Don de la ebriedad, marcado por un estado de entusiasmo, amistad, amor, conocimiento o solidaridad. José María Castellet publica una antología titulada Nueve novísimos poetas españoles en la que agrupa a poetas nacidos después de la guerra; este grupo empezó a conocerse como Novísimos. Para estos, la poesía no podía cambiar la realidad y rechazaron los conceptos de compromiso, testimonio o solidaridad. En ellos influyen grandes poetas europeos donde aparece lo íntimo, la infancia, el amor, el erotismo y lo colectivo (antivitalismo), además de una crítica a la sociedad de consumo.
Marcado por un gusto extendido por la cultura clásica y los ambientes refinados y exquisitos, su estilo se caracteriza por una estética preocupada por lo formal. Sus representantes se agrupan en dos tendencias: culturalistas y surrealistas. Destaca Pere Gimferrer con la publicación de Arde el mar, donde sobresale el sensualismo, el irracionalismo, las imágenes sorprendentes y la continua evocación de artistas y de lugares, destacando Venecia. Antonio Colinas muestra en su libro una atracción por los misterios que rodean al ser humano: la muerte, el paso del tiempo, la belleza y una tendencia más coloquial, irónica y crítica relacionada con la poesía anterior. Manuel Vázquez Montalbán aporta un fuerte componente lúdico y un marcado prosaísmo. Leopoldo María Panero, joven seducido por la figura del poeta maldito, centra sus temas en la creación poética, la rebeldía, la fuerza opresora o la pérdida del paraíso infantil.
En el panorama literario español conviven los últimos retos del Modernismo, la concepción del arte puro que defiende el Novecentismo y algunos movimientos de vanguardia. La Generación del 27 surge como un grupo de escritores que asume la renovación expresiva propuesta por las vanguardias sin renunciar a la herencia de la tradición literaria, de la que eran profundos conocedores: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Federico García Lorca, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre.
Algunos críticos consideran que no cumplen todos los requisitos para ser denominados «generación literaria», pero sí poseen edades similares, comparten una formación intelectual semejante y estrechas relaciones personales. Participaron en actos colectivos propios y en las mismas revistas literarias. Cada uno de los poetas del 27 cultiva la poesía con una voz muy original; no obstante, todos ellos comparten cierta afinidad en rasgos comunes como:
Caracterizada por la poesía pura y deshumanizada, en la que se deja sentir el influjo de la vanguardia, de Góngora y de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez. En esta fase, prima la forma sobre el contenido.
La década de los años treinta supone un progresivo abandono de la poesía deshumanizada para recuperar contenidos humanos, sociales y políticos. Surge una poesía neorromántica fuertemente influida por el surrealismo.
El estallido de la Guerra Civil provoca la dispersión del grupo. Sus componentes evolucionan por sí mismos: García Lorca muere asesinado; Alberti, Salinas, Cernuda y Guillén continúan su obra en el exilio. En su poesía se establece la nostalgia de una patria perdida y la angustia tras el desastre de la guerra. El desarraigo de los que permanecen en España orienta su poesía hacia el existencialismo.
Pedro Salinas y Jorge Guillén actuaron como puente entre la estela de Juan Ramón Jiménez y el resto de los poetas del grupo. En su primera etapa, Salinas estuvo influido por el futurismo; se afirma que está considerado como el «poeta del amor». En su trilogía (La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento), explica el sentimiento amoroso, que aparece siempre intelectualizado. Jorge Guillén representa la encarnación de la poesía pura que une la herencia juanramoniana con la poesía francesa posterior al simbolismo. Mientras que Cántico es un canto al mundo, a la existencia y a la naturaleza, Clamor se erige como un grito de protesta ante los horrores de la guerra y el dolor.
La poesía que se escribe en España evoluciona y habla de los temas de la angustia y el sentimiento de desarraigo con un fuerte componente existencial. Vicente Aleixandre escribe poemas con influencia surrealista como Espadas como labios o La destrucción o el amor; en la posguerra cultiva la poesía humana con Historia del corazón. En Sombra del paraíso, recrea una especie de edén libre de sufrimiento y muerte, mostrando una desazón que enlaza con la caótica visión de la poesía desarraigada. Dámaso Alonso escribe Hijos de la ira, obra cumbre de la poesía existencial de quien entiende el mundo como un caos incomprensible poblado por el dolor, utilizando imágenes sangrantes para denunciar la crueldad y el odio, dirigiendo preguntas retóricas a la divinidad.
En Rafael Alberti destaca el neopopularismo de Marinero en tierra, que sigue la estela de la poesía cancioneril castellana evocando el mar y el paisaje de su infancia. Tras una crisis personal, llega un cambio radical y el reflejo de su angustia interior se materializa en Sobre los ángeles. Gerardo Diego se erige como representante español del creacionismo con Manual de espumas, aunque también es autor de obras en las que destaca la tradición y el clasicismo. Luis Cernuda recoge la influencia neorromántica y surrealista presente en tres de sus obras más representativas: Un río, un amor, Los placeres prohibidos y Donde habita el olvido.
En cuanto a Federico García Lorca, su obra poética se puede dividir en dos etapas. La primera mezcla la tradición popular y la experimentación vanguardista. Su Romancero gitano se caracteriza por la utilización de motivos y recursos de la poesía popular andaluza para tratar temas trágicos como la pasión, el dolor, la venganza o la muerte, elevando la representación de la raza gitana —marcada por el destino trágico— a la categoría de mito. En su etapa surrealista destacan Poeta en Nueva York y Sonetos del amor oscuro.
Lorca no fue el único que cultivó el teatro, pero es la figura destacada por su originalidad, calidad y sentido del espectáculo. Su producción dramática (dramas y farsas) recoge algunos de sus temas habituales: el amor imposible o la rebeldía ante la autoridad. Su teatro vanguardista, en gran medida irrepresentable y surrealista, posee un gran simbolismo. En sus tragedias y dramas concede una gran importancia al instinto, las pasiones, las raíces y la tradición: Bodas de sangre aborda una historia pasional entre familias rivales, mientras que La casa de Bernarda Alba es una crítica sobre las costumbres de su época que ahogan el ansia de libertad inherente al ser humano.
