Portada » Historia » La Guerra Civil Española (1936-1939): Desarrollo, Fases Militares y Consecuencias Históricas
1. INTRODUCCIÓN: LA SUBLEVACIÓN MILITAR. 2. EL DESARROLLO DE LA GUERRA. 3. DIMENSIÓN INTERNACIONAL DEL CONFLICTO. 4. EVOLUCIÓN DE LAS DOS ZONAS. 4.1. ZONA NACIONAL. 4.2. ZONA REPUBLICANA. 5. CONCLUSIÓN: CONSECUENCIAS DEL CONFLICTO.
Digamos de entrada que las zonas industriales y mineras quedan en manos republicanas, pero las grandes zonas cerealistas pasan a manos de los rebeldes. Los sublevados encontraron facilidades en los medios económicos internacionales. El apoyo de muchos capitalistas es notable. Hay dos elementos que anularon la posible superioridad de los republicanos: el apoyo del Ejército de África a los sublevados y la intervención exterior. Existen diferentes etapas:
Esta primera fase constituye lo que se llama guerra de columnas y termina cuando los nacionales fracasan en la toma de Madrid. Después de cruzar el Estrecho, las tropas de África al mando de Yagüe avanzan hacia el norte y consiguen enlazar dos zonas rebeldes. En este avance, hay que reseñar la toma de Badajoz. Franco ocupó Toledo y puso fin al cerco del Alcázar, donde unos centenares de sublevados resistían con sus familias. Los madrileños se prepararon para defenderse. Miles de hombres y mujeres construyeron barricadas, cavaron zanjas y engrasaron sus armas bajo las consignas «¡No pasarán!» o «Madrid, tumba del fascismo». Tras los ataques aéreos de la Aviación Nacional, la capital resistió el ataque frontal que se produjo en noviembre y enero. A ello contribuyó la llegada de las Brigadas Internacionales y de la columna anarcosindicalista al mando de Durruti.
Esta nueva fase se caracterizó por la regularización de los ejércitos, especialmente la creación del Ejército Popular Republicano. Franco también militarizó los cuerpos voluntarios. Fracasado el intento inicial de conquistar Madrid, los sublevados realizaron dos maniobras envolventes para aislar la capital, que dependía para su supervivencia de la carretera de Valencia. Se produjo la Batalla del Jarama, de resultado incierto, pero que ambos bandos se adjudicaron la victoria. Al mes siguiente, los republicanos consiguieron su primera victoria significativa en la Batalla de Guadalajara. Franco decidió cambiar de táctica, abandonando la toma de Madrid y enviando al grueso de su ejército al norte, a la Franja Cantábrica. Comenzaron por Vizcaya, donde Mola inició la ofensiva en abril de 1937. Se produjo en ese mes la toma de Guernica; la Legión Cóndor y la aviación alemana arrasaron la población vasca. Guernica quedaría como símbolo de la barbarie. A pesar de que los republicanos realizaron sendas ofensivas en Brunete (cerca de Madrid) y Belchite (junto a Zaragoza) para aliviar la presión del norte, toda la cornisa cantábrica pasó a control de los sublevados y con ella toda la riqueza industrial y minera de Asturias y el País Vasco. En Málaga, el golpe de Estado había fracasado. El 7 de febrero, tropas españolas e italianas entraron en el casco urbano para realizar la Toma de Málaga, siendo bombardeados los habitantes por mar y aire.
Con el general Vicente Rojo, organizador de la exitosa defensa de Madrid, se reorganizó el Ejército republicano. Tras la reorganización, el Ejército republicano trató de tomar la iniciativa desencadenando varias ofensivas. La más importante tuvo lugar en la Batalla de Teruel. Los republicanos llegaron a tomar la ciudad, aunque tuvieron que abandonarla definitivamente en febrero de 1938, después de que Franco comenzara la campaña en Aragón que le llevó al Mediterráneo en Vinaròs. El territorio republicano quedó dividido en dos zonas: Cataluña por una parte, y Valencia, Murcia, Almería y parte de Castilla-La Mancha por otra. Los nacionales podrían, seguramente, haber culminado la conquista en Cataluña, pero Franco prefirió avanzar hacia el sur en dirección a Valencia, la capital republicana. Sus planes se paralizaron cuando el Ejército republicano, que había recibido buen armamento, desencadenó un poderoso ataque sobre el Ebro en Tarragona.
La Batalla del Ebro abre la última fase de la guerra, que supondría la definitiva derrota de la República. Empezó el 25 de julio de 1938 con el ataque republicano entre Mequinenza y Amposta, que constituyó una de las mayores operaciones militares de la guerra. En la primera acometida, los republicanos ocuparon Gandesa, donde lograron resistir unos meses. Franco envió un potente ejército con apoyo aéreo de alemanes e italianos y detuvo el avance enemigo. Siguió la campaña ocupando Tarragona y el Ebro en su desembocadura. El Ejército republicano quedó muy reducido.
Franco avanzó hacia el norte. Barcelona cayó sin resistencia. La conquista de Gerona supuso la salida hacia Francia de miles de republicanos, entre ellos el Gobierno de la República. En febrero de 1939, tomada Cataluña, la República solo conservaba la zona centro (Madrid, zona levantina, desde Valencia hasta Almería). Negrín, presidente del Gobierno, se había presentado en Madrid dispuesto a continuar la guerra con el apoyo de los comunistas. A finales de febrero, Gran Bretaña y Francia reconocieron el Gobierno de Franco. Azaña presentaba en París su dimisión como presidente de la República. A comienzos de marzo se produjo en Madrid una sublevación contra el Gobierno republicano dirigida por el coronel Casado, jefe de la defensa de la capital. Con el apoyo del socialista Julián Besteiro y de una parte de la UGT, creó una Junta de Defensa para negociar con Franco una paz honrosa basada en la generosidad del Caudillo. No tuvo ningún efecto; las tropas de Franco entraron en Madrid sin resistencia. Franco firma el último parte de guerra.
Los demócratas del mundo se pusieron de parte de la República, pero los gobiernos fueron más prudentes. En Gran Bretaña, los conservadores vieron con buenos ojos lo que significaba Franco porque lo consideraron un freno al comunismo. También la mayoría de los grupos católicos se pusieron de parte de los nacionales. La Unión Soviética y los partidos y sindicatos de todo el mundo se decantaron por la República. Los intelectuales también estuvieron divididos, pero en general escribieron y hablaron a favor de la República. Desde el primer momento del golpe, tanto los sublevados como el Gobierno solicitaron ayuda política y militar al exterior. El Gobierno de la República solicitó el apoyo de las democracias occidentales: Francia, Gran Bretaña y la URSS. Los agentes de Franco buscaron el apoyo de Alemania e Italia, regímenes de ideología totalitaria afines a sus planteamientos. Portugal, con un régimen fascista liderado por Salazar, Alemania e Italia apoyaron desde el primer momento al bando nacional.
Gran Bretaña se mostró partidaria de no intervenir. Francia, con un gobierno de izquierda, se vio atrapada entre su preferencia por apoyar a los republicanos y su alianza con Gran Bretaña. Finalmente se impuso el criterio británico y se creó el Comité de No Intervención, formado en Londres en agosto de 1936 por 27 países. Consideraron la Guerra Civil como un asunto interno de los españoles, perjudicando a la República. Mención aparte en el asunto de los apoyos a la República merecen las Brigadas Internacionales; llegaron más de 60.000 brigadistas solidarizándose con el movimiento antifascista. Participaron en la defensa de Madrid y en numerosas batallas; eran militantes de partidos de izquierda de 54 países. Los rebeldes fueron más favorecidos por el apoyo extranjero. Alemania envió su Legión Cóndor, probando nuevas armas, e Italia mandó el Corpo di Truppe Volontarie.
La muerte del general Sanjurjo, el 20 de julio de 1936 cuando volaba desde Portugal hacia España, dejó a la insurrección sin un líder claro. El 24 de julio tuvo lugar una reunión de los generales insurrectos en Burgos. Allí se acordó crear la Junta de Defensa Nacional, que se configuró como órgano provisional de gobierno de la zona nacional. Las medidas que adoptó fueron drásticas: se estableció el estado de guerra en todo el territorio, se suprimieron todas las libertades y se disolvieron todos los partidos políticos, excepto la Falange y los requetés carlistas. En esos momentos, la propaganda nacionalista acabó de configurar la justificación del golpe militar contra un gobierno democráticamente elegido. La insurrección militar ha sido en realidad un Alzamiento Nacional contra una República «marxista» y «antiespañola». La Iglesia Católica, duramente perseguida en la zona republicana, terminó de configurar la teoría que justifica la matanza que está asolando el país: la guerra es una Cruzada para liberar a España del ateísmo. Las medidas que se tomaron en el terreno económico fueron encaminadas en una doble dirección: cancelación de todas las reformas republicanas (el mejor ejemplo es la devolución a sus propietarios de las tierras repartidas en la reforma agraria) e intervención del Estado en la economía siguiendo los principios de la ideología fascista. Así, en 1937, se creó el Servicio Nacional del Trigo, que pasó a controlar el abastecimiento de pan de la población. Se aprobó el Decreto de Unificación. Falangistas y carlistas quedaron unificados en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, conocida como el Movimiento Nacional. El modelo de partido único del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán se imponía en la España franquista. La Ley de la Administración Central del Estado concentró en la figura de Franco los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. La Ley de Prensa estableció la censura en todo tipo de publicaciones y el Fuero del Trabajo puso fin a la libertad sindical y estableció el control del Estado nacional sobre las organizaciones patronales y obreras.
El fracaso del golpe militar desencadenó en la zona republicana una verdadera revolución social. Los comités de los partidos y sindicatos obreros pasaron a controlar los elementos esenciales de la economía: transportes, suministros militares, centros de producción. Mientras, el Gobierno se limitaba a ratificar legalmente lo que los comités hacían de hecho. En el campo, tuvo lugar una ocupación masiva de fincas: las grandes propiedades y, en algún caso, las medianas y pequeñas. En las zonas donde predominaban los socialistas se llevó a cabo la socialización de la tierra y su producción. En las zonas de hegemonía anarquista tuvo lugar una colectivización total de la propiedad. En algunos casos, se llegó incluso a abolir el dinero. En septiembre de 1936 se estableció un gobierno de unidad, presidido por el socialista Largo Caballero y con ministros del PSOE, PCE, Izquierda Republicana y grupos nacionalistas vascos y catalanes. En noviembre se incorporaron cuatro dirigentes anarquistas, entre ellos Federica Montseny, la primera mujer ministro en España. El gran desafío del nuevo gobierno era recuperar el control de la situación y crear una estructura de poder centralizada que pudiera dirigir de forma eficiente el esfuerzo de guerra. La tarea era enorme y difícil. El poder estaba en manos de miles de comités obreros y milicias que a menudo se enfrentaban entre sí, especialmente los anarquistas con socialistas y comunistas. Los gobiernos autónomos eran otro factor de disgregación. No sin dudas, el nacionalismo vasco había optado por apoyar la República y en octubre se aprobó el Estatuto vasco. José Antonio Aguirre se convirtió en el primer lehendakari o presidente del gobierno autónomo.
Cuando se habla de víctimas, tenemos que tener en cuenta diversos ámbitos: los combates, la represión durante la guerra, fusilados y exiliados. Durante los primeros meses hubo persecución indiscriminada en ambos bandos. Políticos como Melquíades Álvarez y José Antonio Primo de Rivera son víctimas del caos político y del odio de los primeros momentos. Se hicieron frecuentes los llamados paseos (detenciones de personas trasladadas a las afueras y ejecutadas). Pero hay una diferencia fundamental en la represión de ambos bandos. El Gobierno republicano intentó poner freno a los asesinatos incontrolados. En el bando nacional, la represión estaba planificada y corría a cargo del Ejército y las autoridades. Otro aspecto de la represión fue el exilio: durante la guerra, miles de familias republicanas tuvieron que abandonar sus casas ante el avance nacional. También los niños de guerra fueron protagonistas que se exiliaron a otros países.
