Portada » Historia » Revolución Rusa, Stalinismo y el Ascenso de los Totalitarismos tras la Gran Depresión de 1929
El período previo a la Revolución Rusa se caracteriza por signos de descontento social a principios del siglo XX en un vasto imperio gobernado por el zarismo como un régimen autocrático y una monarquía absoluta. Pese al predominio agrario, el país experimentó una incipiente y tardía industrialización concentrada en grandes ciudades, lo que favoreció la aparición de nuevos partidos políticos y grupos sociales contestatarios, como la intelligentsia y un pequeño pero concentrado grupo de obreros. La tensión estalló en la Revolución de 1905, cuyo detonante fue el Domingo Sangriento de San Petersburgo en enero de ese año, cuando una manifestación pacífica de obreros fue reprimida violentamente por las tropas zaristas, en el contexto de la derrota en la Guerra ruso-japonesa.
Este evento provocó una oleada de huelgas políticas que se extendieron por las ciudades y el campo, con motines en el ejército y la ocupación de tierras por campesinos. Para calmar la situación, el zar Nicolás II promulgó el Manifiesto de octubre, que prometía libertades civiles y la creación de un parlamento consultivo, la Duma, llevando a una aparente y limitada transformación de Rusia en un Estado parlamentario (1906-1916).
La participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial supuso una prueba de fuego para el zarismo, evidenciando la corrupción e ineficacia del Gobierno y de la burocracia, así como la incapacidad de la autocracia para dirigir una guerra moderna. La escandalosa vida de la corte, dominada por la influencia del místico Rasputín (quien fue asesinado en 1916), agravó el descontento generalizado por la dirección fallida de la guerra. La situación se deterioró debido a las derrotas militares y a los problemas de desabastecimiento en las ciudades, que provocaron protestas y motines.
En febrero de 1917, estas protestas se intensificaron y, con la negativa del ejército a reprimir a los manifestantes, el zar Nicolás II se vio forzado a abdicar en marzo de 1917. Este vacío de poder condujo al establecimiento de un Gobierno provisional liderado inicialmente por liberales y después por Alexánder Kérenski, que decretó amnistía, sufragio universal y libertades, pero cometió el error de no retirar a Rusia de la guerra.
La inestabilidad del Gobierno provisional y el descontento popular favorecieron la Revolución bolchevique en octubre de 1917. Lenin regresó a Rusia del exilio y capitalizó el malestar con un programa claro y contundente: «Paz, tierra y pan», y el apoyo a los sóviets (consejos de obreros y soldados), que habían resurgido tras la revolución de 1905. Los bolcheviques, que controlaban los sóviets de Petrogrado, tomaron el poder en un golpe de Estado prácticamente incruento, forzando la huida de Kérenski.
En el Congreso de los sóviets se depuso formalmente al Gobierno provisional y se nombró un Consejo de Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin. Las primeras acciones del nuevo gobierno incluyeron la búsqueda de la paz inmediata con las Potencias Centrales en la Primera Guerra Mundial, culminando en el gravoso Tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918.
Pese a haber convocado elecciones para una Asamblea Constituyente, los bolcheviques, al perderlas, optaron por su disolución, estableciendo la dictadura del proletariado (un partido único), lo que desencadenó la sangrienta Guerra Civil (1918-1921) entre el Ejército Rojo (bolchevique) y el Ejército Blanco (contrarrevolucionario), apoyado por potencias extranjeras. Durante la guerra se aplicó el comunismo de guerra, un control total del Estado sobre la economía.
Tras la victoria bolchevique y la crisis económica subsiguiente, Lenin introdujo la NEP (Nueva Política Económica, 1921-1927), un compromiso temporal con elementos capitalistas —como el fin de las requisas agrícolas y el permiso para la pequeña empresa privada— para reactivar la economía. La muerte de Lenin en 1924 abrió una intensa pugna por el poder entre Stalin y Trotsky.
En este contexto de posguerra y revolución, Lenin declaró finiquitada la Segunda Internacional, considerada un fracaso por su incapacidad para evitar la guerra, y en 1919 convocó un congreso al que asistieron delegados obreros de diversos países para fundar la Tercera Internacional, también conocida como Komintern, con el objetivo central de construir el partido de la revolución mundial. Sin embargo, los procesos revolucionarios en Alemania, protagonizados por los espartaquistas (comunistas), fueron aplastados. Al no producirse la oleada revolucionaria esperada en Europa occidental, la meta de la revolución se convirtió en un objetivo a más largo plazo, mientras la Komintern quedaba controlada por el gobierno soviético para promover sus intereses a nivel global.
El triunfo de Stalin sobre Trotsky le permitió consolidar su poder, iniciando el período del estalinismo (1927-1953). Este régimen se basó en la planificación de la economía a través de los planes quinquenales, que establecieron una planificación central de toda la vida económica del país con los objetivos primordiales de la industrialización acelerada y la colectivización de la agricultura.
La rápida industrialización se llevó a cabo sin recurrir a préstamos exteriores, financiándose a costa de la agricultura y exigiendo enormes sacrificios a los campesinos. La colectivización forzosa de la agricultura encontró una fuerte oposición de los kulaks (campesinos con algunas posesiones), quienes fueron perseguidos y reprimidos brutalmente en un proceso de descampesinización. Políticamente, el estalinismo estableció un sistema de partido único con una burocracia centralizada.
La característica más sombría del régimen fue la represión y las purgas políticas a gran escala, especialmente intensas en los años treinta, que afectaron no solo a opositores y disidentes, sino también al núcleo de los viejos bolcheviques (la «Vieja Guardia») y a los escalones inferiores de la sociedad. Esto estrechó la dictadura de Stalin y concentró el poder mediante un terror crónico.
La Primera Guerra Mundial supuso una inmensa catástrofe demográfica, con un saldo de aproximadamente 10 millones de muertes y 30 millones de heridos, dejando tras de sí un gran número de viudas, huérfanos y mutilados. El conflicto, sumado a la posterior gripe que asoló Europa en 1919, provocó un significativo descenso de la natalidad y un acelerado envejecimiento de la población europea. Además del coste humano, la guerra causó una masiva devastación de edificios, campos, fábricas e infraestructuras en las zonas de combate, mientras que la interrupción del comercio europeo permitió que Estados Unidos y Japón ocuparan rápidamente los mercados internacionales que antes estaban dominados por las potencias europeas, y favoreció la expansión industrial y agrícola de los países neutrales. Todo esto contribuyó a una gran inestabilidad monetaria y a agitación laboral que se manifestó en la posguerra, especialmente entre 1919 y 1921.
Desde el punto de vista político, el final de la guerra supuso el triunfo de los valores democráticos en principio, con la desaparición de los imperios ruso, austrohúngaro y alemán. Hubo un notable avance del sufragio universal en países como Gran Bretaña, Holanda, Suecia y Estados Unidos. Sin embargo, este aparente triunfo de la democracia fue frágil, ya que importantes sectores de la población se inclinaron por soluciones autoritarias, especialmente en las naciones derrotadas o decepcionadas, como Alemania e Italia.
En Alemania, la nueva República de Weimar se enfrentó desde su nacimiento a grandes desafíos, como la rebelión de los espartaquistas (comunistas) en enero de 1919, que fue brutalmente reprimida y finalizó con el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. La República sufrió también un golpe de Estado fallido de carácter monárquico en 1920 (el putsch de Kapp). La crisis económica y la pesada carga de las deudas por reparaciones de guerra deslegitimaron constantemente al nuevo gobierno. Para paliar esta situación, se implementó el Plan Dawes (1924), que consistió en la concesión de créditos internacionales a Alemania para que pudiera pagar su deuda a los Aliados. Pese a estos intentos de estabilización, los extremismos persistieron, como demostró el fallido intento de golpe de Estado de la Cervecería en Múnich por Hitler y sus seguidores en 1923.
La agitación social en Italia fue intensa entre 1919 y 1922, con numerosas huelgas, ocupaciones de fábricas y de tierras por obreros y campesinos, lo que generó un gran miedo en las clases propietarias. Esta inestabilidad fue aprovechada por el movimiento fascista liderado por Benito Mussolini, que culminó con la Marcha sobre Roma en 1922 y el ascenso de Mussolini al poder. La agitación social en Francia también se hizo notar, con altercados en la manifestación del 1 de mayo y la aparición de agitación fascista contra la democracia. En respuesta, las elecciones generales de 1936 dieron la victoria al Frente Popular, una coalición de izquierdas cuyo programa incluyó reformas sociales significativas como el incremento salarial, la jornada laboral de 40 horas, las vacaciones pagadas y la nacionalización de la industria de armas.
En Inglaterra, una de las principales consecuencias de posguerra fue la división de Irlanda en 1921: Irlanda del Norte permaneció como región autónoma del Reino Unido, mientras que Irlanda del Sur se convirtió en el Estado Libre de Irlanda (futura República de Irlanda), una división que fue rechazada por el movimiento nacionalista Sinn Féin.
Un evento de impacto mundial fue la Gran Depresión de Estados Unidos, la cual había sido precedida por una depresión de la agricultura en los años veinte, a pesar de la aparente prosperidad económica en otros sectores a partir de 1924. La crisis estalló con el hundimiento de la Bolsa de Nueva York en 1929 y la consiguiente caída del precio de las acciones, poniendo en peligro al sistema capitalista global y afectando gravemente al sistema financiero. Este colapso provocó la quiebra de numerosos bancos, un masivo crecimiento del desempleo y el freno a la mundialización de la economía, interrumpiendo el flujo internacional de capitales y poniendo fin a las migraciones internacionales hacia Estados Unidos. La depresión se extendió rápidamente por EE. UU. y pasó a Europa.
El republicano Herbert Hoover, presidente entre 1929 y 1933, fue derrotado por el demócrata Franklin D. Roosevelt en gran parte por negarse a dar subsidios directos a los parados. La salida de la crisis llegó con el New Deal (1933-1939), un ambicioso conjunto de políticas que aplicaron ideas keynesianas, centradas en atacar el desempleo con inversiones del Estado e inyectar dinero en el circuito económico. El New Deal se enfocó en la recuperación económica, el socorro a los parados y una legislación de reforma profunda. Incluyó el control de la banca (con seguro obligatorio para depósitos) y el control de la Bolsa de Valores. También fortaleció el movimiento obrero y la negociación colectiva, estableciendo un salario mínimo, la jornada de 40 horas semanales y la prohibición del trabajo infantil, además de la ley de seguridad social que creaba seguros de desempleo, vejez e incapacidad.
El fascismo es fundamentalmente una invención política del siglo XX, una ideología y un movimiento que surgió como una violenta reacción a las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Fue creado por Benito Mussolini en Italia y se distingue por una serie de características esenciales: la acción violenta como herramienta política, un profundo antiintelectualismo, el rechazo a las soluciones consensuadas propias del liberalismo y un virulento desprecio por la sociedad establecida. Su irrupción en la historia de Italia estuvo marcada por actos violentos, como el atentado contra el periódico socialista Avanti, que dejó un saldo de muertos y heridos, ejemplo de la intimidación y el terror que utilizarían.
Esta ideología no se limitó a Italia, sino que inspiró movimientos similares por Europa. El fascismo adoptó imágenes simplistas, como la del dictador omnipotente, y se caracterizó por su talante anticapitalista y antiburgués, aunque la presencia del antisemitismo fue más tardía o menos central en Italia que en Alemania. Intelectuales como Benedetto Croce y Thomas Mann manifestaron su rechazo a esta corriente.
La revolución fascista implicó una profunda modificación del ejercicio de la ciudadanía, reemplazando los derechos y deberes constitucionales del liberalismo por ceremonias multitudinarias como forma de expresión ciudadana válida. El fascismo estableció que el individuo no tiene derechos fuera de la comunidad (o del Estado), otorgó amplios poderes al Ejecutivo y liberó emociones agresivas en el cuerpo social.
El fascismo puede definirse como un modernismo reaccionario, que usa la tecnología moderna para fines antiliberales. A pesar de su naturaleza violenta, el fascismo se consolidó gracias a la complicidad de la gente corriente y al apoyo de las élites tradicionales, que vieron en él un freno al comunismo y al desorden social. Es crucial contemplar el fascismo como un proceso dinámico —más que un sistema filosófico coherente— que apeló a las emociones y rituales en lugar de la racionalidad.
El fascismo italiano utilizó la Marcha sobre Roma de octubre de 1922 como mito fundacional, aunque el acceso al poder no fue únicamente producto de una toma militar violenta, sino de una decisión política. Antes de la marcha, los fascistas ya habían intimidado, quemado, asesinado y tomado ciudades clave como Fiume, Bolonia y Cremona. La debilidad del parlamento italiano y el temor a la inestabilidad llevaron al líder liberal Giovanni Giolitti a tolerar alianzas con los fascistas.
Finalmente, el rey Víctor Manuel III decidió no declarar el estado de sitio y, en lugar de ello, nombró a Mussolini primer ministro en 1922. Una vez en el poder, los fascistas aseguraron su mayoría mediante la Ley Acerbo (1923), aplicada en las elecciones de 1924. La crisis política generada por el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924 por escuadristas fascistas fue aprovechada por Mussolini para dar un golpe de Estado preventivo y acelerar la conversión del régimen parlamentario en un Estado totalitario en los años siguientes.
Esto implicó la imposición de la censura de prensa, la restauración de la pena de muerte, la disolución de todos los partidos excepto el Partido Nacional Fascista y el monopolio de la representación obrera por parte de los sindicatos fascistas, quedando Italia convertida en una dictadura de partido único en 1927. En 1929, los Acuerdos de Letrán normalizaron las relaciones con la Iglesia Católica. El régimen se institucionalizó con la creación del Estado corporativo, donde la Cámara de Corporaciones sustituyó al Parlamento en 1939. El fascismo dedicó grandes esfuerzos a adoctrinar a los jóvenes y promovió la vuelta de las mujeres a la esfera doméstica, sublimando la maternidad con fines demográficos. La relación con los intelectuales fue compleja, buscando su adhesión al proyecto nacional.
El nazismo alemán se inspiró directamente en el modelo italiano, tomando la Marcha sobre Roma como referencia. Hitler intentó su propio golpe de Estado en Múnich en 1923 (el Putsch de la Cervecería), que le llevó a la cárcel, donde escribió su manifiesto ideológico Mi lucha. El movimiento nazi utilizó inicialmente la violencia selectiva contra sus oponentes políticos.
La crisis económica de 1929 se convirtió en la principal oportunidad para alcanzar el poder para los nazis, capitalizando el descontento popular y la crisis de legitimidad de la República de Weimar. Las élites conservadoras alemanas creyeron poder controlar a Hitler y le ofrecieron entrar en el gobierno, pero Hitler aplicó una estrategia del «todo o nada», exigiendo la Cancillería. Su cooperación con las élites conservadoras finalmente le abrió la puerta a la Cancillería alemana en enero de 1933. A partir de entonces, Hitler estableció rápidamente un Estado unipartidista.
Contó con el apoyo de la judicatura alemana y, de manera crucial, con la colaboración de médicos en el exterminio de los considerados indeseables a través de programas de eutanasia. La violencia se volvió omnipresente, manifestada en la creación de campos de concentración contra judíos, marxistas, homosexuales, gitanos y personas con discapacidades. La relación con los trabajadores se basó en el control total, combinando el terror, la división y ciertas concesiones puntuales, con la eliminación de todas las organizaciones obreras autónomas.
La ideología nazi se centró en la guerra racial y culminó en el Holocausto, el exterminio sistemático de millones de personas.
El periodo de entreguerras estuvo marcado por profundas transformaciones políticas, económicas y sociales: desde la radicalización revolucionaria en Rusia hasta la consolidación de dictaduras totalitarias en Europa, en un contexto agravado por la crisis económica mundial de 1929. La combinación de crisis, miedo al desorden y crisis económica favoreció el auge de regímenes que remodelaron la vida política y social del siglo XX.
