Portada » Filosofía » Las Pruebas de la Existencia de Dios en Tomás de Aquino: Razón y Fe
Santo Tomás de Aquino es uno de los pensadores más influyentes de la Edad Media, cuyo objetivo principal fue armonizar la razón y la fe. Para él, la razón humana puede conocer el orden del mundo y demostrar que no es caótico, sino inteligible. A continuación, se exponen tres de sus célebres «Cinco Vías» para demostrar la existencia de Dios, relacionando cada argumento con los pilares de su filosofía y comparándolo con otros grandes pensadores de la historia.
La Quinta Vía se fundamenta en la finalidad observada en la naturaleza. Tomás de Aquino afirma que los seres naturales que carecen de conocimiento, como las plantas o los minerales, actúan siempre o casi siempre de la misma manera para alcanzar un fin que les es propio y beneficioso. Esta regularidad no puede ser fruto del azar.
Tomás parte de la experiencia y observa que los cuerpos naturales, aun sin poseer inteligencia, obran con una intención, dirigiéndose a lo que les conviene. Esa regularidad no puede deberse al azar, porque lo azaroso no ocurre siempre de la misma forma. Por ello, concluye que deben ser dirigidos por un ser inteligente, del mismo modo que una flecha no alcanza su blanco sin un arquero que la guíe. Esta afirmación refleja claramente la idea tomista de finalidad natural: todo ser creado tiene un fin inscrito en su esencia. La vía testifica lo que Tomás sostiene en su metafísica: el mundo posee un orden racional que la razón humana puede descubrir.
La Tercera Vía parte de la distinción entre seres contingentes —aquellos que pueden existir o no existir— y un ser necesario, cuya existencia no depende de nada. El argumento sostiene que si todos los seres fueran contingentes, habría habido un momento en el que nada existía, y de la nada, nada surge. Por lo tanto, debe existir un ser necesario por sí mismo, que sea la causa del ser de todos los demás.
Partiendo de la experiencia, Tomás observa que los seres nacen, cambian y mueren; por tanto, son contingentes y no tienen en sí mismos la razón de su existencia. Lo contingente no puede explicar su propio ser. Esta idea se conecta directamente con la metafísica tomista, especialmente con la distinción entre esencia y existencia. En los seres creados, la esencia no implica la existencia. En Dios, en cambio, esencia y existencia se identifican: su esencia es existir. Por eso, la vía concluye que debe existir un ser cuya existencia sea necesaria para explicar la de los demás.
La Cuarta Vía parte de una observación empírica: en el mundo encontramos distintos grados de perfección. Hay cosas más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos nobles. El argumento afirma que la existencia de estos grados implica la existencia de un ser que posea esa perfección en grado máximo, el cual funciona como referencia y causa de toda perfección en los demás seres. Ese máximo es Dios.
Tomás observa que realizamos comparaciones constantemente: algo es más bueno que otra cosa, más verdadero o más bello. En la filosofía tomista, esta gradación tiene un sentido profundo: indica participación. Ningún ser creado posee las perfecciones de forma absoluta, sino solo en parte. Por ello, debe existir un ser que sea la perfección en grado máximo y la fuente de las perfecciones limitadas de las criaturas. Esta conclusión coincide con la idea de Dios como plenitud del ser, del bien y de la verdad.
Las vías tomistas, ejemplificadas aquí a través de la tercera, cuarta y quinta, reflejan el núcleo del proyecto filosófico de Santo Tomás de Aquino: demostrar que la razón humana, partiendo de la experiencia del mundo sensible, puede ascender hasta el conocimiento de la existencia de Dios como fundamento último de la realidad. Cada argumento —basado en la finalidad, la contingencia o la perfección— no solo busca probar que Dios existe, sino que también revela su naturaleza como inteligencia ordenadora, ser necesario y perfección absoluta. Al integrar la metafísica aristotélica con la tradición platónico-agustiniana, Tomás construye un sistema robusto donde la fe y la razón no se oponen, sino que colaboran en la búsqueda de la verdad.
