Portada » Historia » Transformaciones Demográficas y Económicas en la España del Siglo XIX: De la Sociedad Estamental a la Clase
En cuanto a la demografía, España durante el siglo XIX mantuvo un régimen demográfico antiguo, lo que significa que, aunque nacía mucha gente, también moría mucha. Por eso, nuestro crecimiento fue de los más bajos de Europa: pasamos de 10,5 millones de habitantes a principios de siglo a 18,6 millones en 1900. La esperanza de vida era bajísima, apenas 34,8 años, mientras que en países como Francia ya llegaban a los 45.
Esta alta mortalidad se explica por varios factores:
En cuanto a la distribución de la población, se acentuó el contraste entre un interior casi vacío (salvo Madrid) y una periferia mucho más poblada.
Se observaron dos flujos migratorios principales:
El crecimiento de las ciudades obligó a modernizarlas. Se derribaron las murallas medievales y se construyeron los Ensanches, que eran barrios planificados para la burguesía con calles amplias y trazado en cuadrícula (ortogonal). Los ejemplos más famosos son el Plan Cerdá en Barcelona (1860) y el de Carlos María de Castro en Madrid.
El gran cambio social fue la transición de la sociedad estamental a la sociedad de clases. Con el liberalismo, el factor determinante dejó de ser el nacimiento para ser la riqueza.
Un dato importante de esta época es la explotación de mujeres y niños en las fábricas, cobrando la mitad que los hombres, y la abolición definitiva de la esclavitud (1837 en España y 1886 en Cuba).
Durante el Antiguo Régimen, gran parte de las tierras no podían venderse porque pertenecían a la Iglesia, a los municipios (lo que se denominaba “manos muertas”), o estaban ligadas a mayorazgos.
A partir de 1836 se intentó liberalizar el mercado de la tierra mediante:
Las consecuencias fueron diversas:
En el siglo XIX España seguía siendo un país mayoritariamente agrícola; dos tercios de la población activa trabajaban en el campo y el trigo era el cultivo principal, pero la producción apenas creció porque las tierras no se modernizaron. A diferencia de otros países, no hubo una revolución agrícola previa a la industrialización, lo que ralentizó la transformación económica y social del país.
La industrialización fue lenta y limitada debido al estancamiento agrario, la debilidad del mercado interno y la escasez de capitales españoles. Comenzó en la Década Moderada, sufrió una crisis en los años cincuenta y se recuperó en el último cuarto del siglo XIX.
El comercio interior se unificó gracias a las mejoras en los transportes, y el comercio exterior creció pese a la pérdida de colonias, aunque España seguía exportando materias primas e importando productos industriales, aplicando aranceles para proteger la industria nacional.
El ferrocarril fue clave, impulsado por la Ley de 1855, que permitió crear sociedades anónimas, recibir subvenciones y la libre importación de materiales. Tras una fase de expansión rápida entre 1855 y 1866 con capital francés, la crisis de 1866 paralizó las obras, que se retomaron en 1876 y se completaron durante la Primera Guerra Mundial.
Las consecuencias del ferrocarril fueron mixtas:
La imagen es una fuente histórico-artística, concretamente una fotografía, situada a mediados del siglo XIX, durante el reinado de Isabel II. Se representa la Fábrica de la Constancia, ubicada en Málaga, donde se observan los altos hornos y las grandes chimeneas propias de la actividad industrial.
La imagen muestra los inicios de la Revolución Industrial en España y el surgimiento de la siderurgia moderna fuera de las zonas tradicionales del norte, destacando el papel que tuvo Málaga como uno de los primeros centros industriales del país.
La industrialización española del siglo XIX se desarrolló de forma desigual y en zonas muy concretas. Málaga fue un caso importante: entre 1830 y 1860 se convirtió en el principal centro siderúrgico de España, gracias a la iniciativa de familias de la alta burguesía, como los propietarios de la Fábrica de la Constancia.
Este desarrollo fue limitado en el tiempo por un problema fundamental: el uso de carbón vegetal, que era más caro y menos eficiente que el carbón mineral. Al no tener minas de carbón cerca, la siderurgia malagueña no pudo competir con los altos hornos de Asturias y del País Vasco, donde se utilizaba carbón mineral o se importaba fácilmente desde Inglaterra. A finales del siglo XIX, el eje industrial español se trasladó al norte.
Este proceso industrial estuvo unido al de la minería, que tuvo mucha expansión tras la aprobación de la Ley de Minas de 1868, que permitió la explotación del subsuelo por compañías extranjeras. El hierro extraído se exportó masivamente, sobre todo desde el País Vasco hacia Gran Bretaña, lo que proporcionó el capital suficiente para que la burguesía vasca impulsara una industria siderúrgica moderna.
La imagen simboliza el fracaso del intento de industrialización del sur frente al éxito del modelo industrial del norte. Mientras Cataluña se especializó en la industria textil, el País Vasco y Asturias se consolidaron como el núcleo siderúrgico de España, haciendo posible la construcción del ferrocarril y la fabricación de maquinaria, aunque con retraso en comparación a las principales potencias europeas.
