Portada » Latín » La Oratoria en la Antigua Roma: Historia, Técnicas y el Legado de Cicerón
El arte de la palabra y el dominio de la expresión oral están muy ligados a la historia de Roma y al desarrollo de su literatura. La oratoria pública era, en la vida política de la República romana, un instrumento esencial para conquistar el prestigio y el poder en el Senado, en las asambleas ciudadanas y en los tribunales, perfeccionándose progresivamente bajo la influencia griega.
Todo buen orador debe dominar cinco facultades fundamentales:
Las partes de las que debe constar un discurso retórico son:
En el siglo II a.C. destaca la extraordinaria figura de Marco Porcio Catón, ejemplo paradigmático del romano enemigo de la corrupción política y moral. Se conservan de él unos 80 discursos escritos contra sus adversarios políticos. Frente a la influencia griega, Catón valoraba el dominio de la técnica jurídica y de los argumentos más que los recursos estilísticos.
En la segunda mitad del siglo II a.C. sobresalen como oradores los hermanos Cayo y Tiberio Graco, tribunos de la plebe y defensores de los derechos del pueblo frente a los abusos del patriciado.
De comienzos del siglo I a.C. data el primer tratado de retórica que se conserva: la Rethorica ad Herennium, atribuido erróneamente a Cicerón. A lo largo de este siglo se consolidan dos tendencias o escuelas:
Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) fue el más elocuente de los oradores romanos. Estudió en Roma retórica, derecho y filosofía con los mejores maestros de la época. Comenzó su actividad como abogado con las defensas de Quintio y Sexto Roscio Amerino, enfrentándose al orador más famoso del momento, Hortensio, y obteniendo la victoria en ambos casos.
Cicerón escribió varios tratados de retórica que coinciden en presentar al orador como un modelo de humanitas. Desde el punto de vista formal, adopta una posición intermedia entre la escuela asiánica y la aticista. Además de otros tratados de su época juvenil, compuso tres grandes obras retóricas de tipo teórico, destacando:
En esta obra, dos grandes oradores romanos, Antonio y Craso, dialogan sobre la figura del orador perfecto, quien no solo debe hablar bien, sino también poseer una completa cultura. Expone sus ideas sobre las facultades retóricas (inventio, dispositio, elocutio, actio y memoria), acomodando la exposición teórica al estilo más elaborado y preciso de toda su producción.
