Portada » Economía » Fundamentos de la Ética, el Derecho y la Deontología Profesional en la Gestión Empresarial
El ser humano es un ser libre y responsable de sus actos. A diferencia de los animales, que actúan principalmente por instinto, la persona toma decisiones conscientes, elige entre distintas opciones y es dueña de su comportamiento. Por ello, sus actos pueden ser valorados moralmente como buenos o malos. A través de sus decisiones, la persona no solo se construye a sí misma, sino que también influye en la convivencia social.
Para poder orientar su conducta y vivir en sociedad de forma ordenada y pacífica, el ser humano dispone de distintos sistemas normativos que regulan su comportamiento. Entre ellos destacan la ética, la moral, el Derecho, la religión, los usos sociales y los códigos deontológicos. Todos estos sistemas cumplen una función orientadora, aunque no regulan lo mismo ni lo hacen de la misma manera.
El Derecho puede entenderse en un doble sentido:
Ambos sentidos están estrechamente relacionados, ya que los derechos subjetivos solo existen si están reconocidos por el Derecho objetivo, y este solo resulta eficaz si permite a las personas ejercer libremente sus derechos.
Dentro de los distintos tipos de normas que regulan la conducta humana, las normas jurídicas se diferencian del resto por una característica esencial: la coercibilidad. Esto significa que su cumplimiento puede ser impuesto de forma coactiva cuando no se realiza voluntariamente. El Estado dispone de medios legítimos para obligar a cumplir las normas jurídicas y para sancionar su incumplimiento mediante multas, penas o cualquier otra consecuencia jurídica prevista. Esta coercibilidad distingue al Derecho de otros sistemas normativos, como la moral, la religión o los usos sociales, cuyo incumplimiento puede generar reproche interno o social, pero no una sanción impuesta por los poderes públicos.
El ser humano necesita saber cómo debe comportarse y qué puede esperar de los demás para vivir con seguridad y tranquilidad. Por ello, la sociedad establece normas. El Derecho regula únicamente una parte mínima del comportamiento humano: aquella que resulta imprescindible para garantizar la convivencia pacífica. Junto a él conviven otros sistemas normativos igualmente importantes, como la ética, la moral, la religión y la deontología, que orientan aspectos más amplios de la conducta humana.
La ética es una rama fundamental de la filosofía que se ocupa del estudio de la moral, la virtud y la buena conducta. No se limita a describir las acciones humanas, sino que las valora, determinando si son buenas o malas. Solo son objeto de valoración ética los actos libres y conscientes, ya que no puede hablarse de moralidad cuando una acción es forzada o involuntaria. A diferencia de las normas jurídicas, las normas morales no son coercibles, es decir, no pueden ser impuestas por la fuerza.
La relación entre el deber jurídico y el deber moral ha sido uno de los grandes temas de la filosofía del Derecho. A lo largo de la historia se han dado distintas respuestas sobre cuál debe prevalecer en caso de conflicto. En la Edad Media se priorizaba la moral; posteriormente, se impuso la primacía del Derecho positivo; y en la actualidad se acepta, con carácter general, la prioridad del Derecho, aunque se reconoce que en ciertos casos excepcionales puede otorgarse preferencia a la conciencia moral individual, especialmente en los llamados “casos difíciles”.
Desde la Antigüedad, la reflexión ética ha ocupado un lugar central en la filosofía. En la Antigua Grecia, Platón reflexionó sobre la justicia y la ética política, y Aristóteles sostuvo que el fin último del ser humano es la felicidad, entendida como la realización plena de sus capacidades. En la Edad Media, la ética se integró con el pensamiento cristiano, destacando autores como San Agustín y Santo Tomás de Aquino. En la Edad Moderna, la ética se racionalizó, con pensadores como Descartes, Hume y Kant, quien fundamentó la moral en el deber. En la Edad Contemporánea surgieron nuevas corrientes, como el existencialismo y la teoría de los valores.
Entre las principales corrientes éticas destacan:
Los usos sociales son normas no escritas que regulan aspectos cotidianos de la convivencia y cuyo incumplimiento conlleva sanciones sociales, como la reprobación o la marginación, pero no sanciones jurídicas. La religión, por su parte, ha sido una constante en la historia de la humanidad y propone códigos morales que orientan el comportamiento humano, compartiendo con la ética y el Derecho ciertos principios comunes.
Aunque en muchas ocasiones se utilizan como sinónimos, ética y deontología no son lo mismo. La ética se refiere a la valoración personal e individual de la conducta, ya que se apoya en la conciencia moral de cada persona y orienta su comportamiento según lo que considera correcto o incorrecto. La deontología, en cambio, no se basa en la valoración individual, sino que establece un modelo de actuación común para un colectivo profesional, fijando lo que se debe hacer en el ejercicio de una profesión. Por ello, mientras la ética no suele recogerse en normas escritas, la deontología sí se plasma en reglas y códigos, situándose en un punto intermedio entre la moral y el Derecho.
En el ámbito profesional, la ética profesional puede entenderse como la búsqueda del bien social propio de una actividad concreta, mientras que la deontología profesional se encarga de concretar las obligaciones mínimas que deben cumplir quienes ejercen esa profesión.
Un papel esencial en la deontología profesional lo desempeñan los Colegios Profesionales, definidos legalmente como corporaciones de Derecho público, reconocidas por el Estado, con personalidad jurídica propia y plena capacidad para el cumplimiento de sus fines. Entre estos fines se encuentran:
La Constitución Española ampara su existencia y exige que su funcionamiento sea democrático. A pesar de las críticas recibidas —por el coste de las cuotas, la colegiación obligatoria o el visado—, el Tribunal Constitucional ha justificado la colegiación obligatoria como una garantía del interés general, al considerar que las profesiones tituladas prestan un servicio público y deben estar sometidas a controles que permitan exigir responsabilidad.
Los Colegios Profesionales realizan principalmente tres funciones:
La deontología profesional se basa en el principio de autorregulación, ya que las normas deontológicas no son impuestas por el Estado ni dependen únicamente de la conciencia individual, sino que son elaboradas por el propio colectivo profesional. Los profesionales son, al mismo tiempo, creadores, destinatarios y sujetos de estas normas. Esta autorregulación puede institucionalizarse mediante colegios profesionales o códigos deontológicos, aunque siempre con menor intensidad que en el ámbito jurídico. Su finalidad es delimitar buenas prácticas, prevenir conductas contrarias al bien común y fomentar valores que humanicen el ejercicio profesional.
El principal instrumento de la autorregulación son los códigos deontológicos, entendidos como documentos que recogen normas, criterios y valores elaborados por quienes ejercen una actividad profesional, con el fin de regular los aspectos esenciales de dicha actividad. Estos códigos cumplen una triple función:
En el ámbito empresarial, la legislación fomenta la elaboración de códigos de conducta y sanciona las prácticas engañosas relacionadas con su uso indebido.
La ética y la deontología empresarial son fundamentales para evitar que la actividad económica derive en prácticas deshonestas y para garantizar que la empresa contribuya al bienestar social. Desde una perspectiva deontológica, la empresa tiene responsabilidad tanto en su ámbito interno como externo. Debe preocuparse por el desarrollo de los trabajadores, la transparencia con clientes y proveedores, la competencia leal, el respeto a los derechos fundamentales y la protección del medio ambiente.
Entre los principales problemas éticos empresariales se encuentran:
La empresa no debe limitarse a la obtención de beneficios, sino que debe considerar el impacto de su actuación sobre todas las personas implicadas. Una empresa que actúa de forma ética incrementa la motivación y satisfacción de los trabajadores, refuerza la cohesión interna, genera confianza en el mercado y mejora su imagen corporativa, lo que se traduce en mejores resultados y mayor estabilidad.
Un ejemplo relevante de autorregulación empresarial es el Código Ético y de Buen Gobierno de la CEOE, que recoge valores como la honestidad, la integridad, la transparencia, el respeto a los derechos fundamentales, la libre competencia y la responsabilidad social. Este código regula aspectos como las relaciones personales en el entorno laboral, la confidencialidad de la información, la lucha contra la corrupción, las relaciones con proveedores, la reputación corporativa, la gestión económica responsable y el respeto al medio ambiente.
La deontología empresarial y los trabajadores están estrechamente vinculadas. Una gestión empresarial eficiente solo es posible si se respetan los derechos fundamentales de los trabajadores y se promueve su bienestar. La empresa debe garantizar la seguridad, un salario justo, la formación continua y el desarrollo profesional, evitando tratar al trabajador como un mero medio para alcanzar fines económicos. El bienestar del trabajador repercute directamente en la productividad y en el beneficio social.
En este contexto adquieren especial relevancia las teorías sobre la motivación y la gestión empresarial. El modelo clásico de Frederick Taylor, basado exclusivamente en el incentivo económico, ha quedado superado.
Elton Mayo fue el primero en cuestionar el modelo clásico, al señalar que los conflictos laborales no se deben solo a razones económicas, sino también a factores emocionales y sociales. Según Mayo, la productividad mejora cuando mejoran las condiciones laborales, el trato humano y el clima emocional dentro de la empresa, ya que la lealtad y el compromiso no pueden imponerse, sino que deben ganarse.
Abraham Maslow explicó el comportamiento humano a través de una jerarquía de necesidades, destacando que el trabajador no acude al trabajo solo por dinero, sino también para sentirse parte de un grupo, reconocido y realizado. Es importante subrayar que las nuevas generaciones han relativizado esta jerarquía, priorizando en muchos casos la realización personal, la creatividad y la libertad, incluso por encima de la seguridad económica.
Frederick Herzberg desarrolló la teoría de los dos factores, distinguiendo entre:
Esta teoría refuerza la idea de que la motivación auténtica es interna y duradera.
En el mundo actual, caracterizado por el cambio constante y la incertidumbre, la deontología empresarial proporciona un marco de referencia estable. Por ello, la empresa debe centrarse en crear un entorno que favorezca la motivación interna del trabajador, basada en la autonomía, la maestría y el propósito. Solo así puede lograrse una gestión empresarial ética, eficiente y socialmente responsable.
